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BUENOS VECINOS
HORMIGAS
Ingenieras de ciudad
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Esto es lo que tienes que saber para dejar de ver a las hormigas como una amenaza

Bernardo Álvarez-Villar

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Si mañana desaparecieran las hormigas, los suelos serían menos fértiles, muchas plantas quedarían desprotegidas y numerosas especies animales perderían su principal fuente de alimento

Podemos construir rascacielos, gaseoductos, túneles de metro, autopistas de ocho carriles, modernos sistemas de alcantarillado o sincronizar los semáforos de toda la ciudad en la nube. La más puntera de las smart cities está condenada a convertirse en un páramo si carece de una tecnología que no consume energía ni materiales, que no figura en los presupuestos de cualquier concejalía de urbanismo, pero cuya complejidad y utilidad es mucho mayor que el de cualquier invento gestado en Silicon Valley: el trabajo silencioso de las hormigas.

Estos insectos han fascinado al ser humano desde hace siglos por distintos motivos. Su prodigiosa organización social es uno de ellos, pues seguramente se trate de una de las más avanzadas dentro del reino animal, tal y como recuerda la Fundación Endesa. Otra razón es la inmensa variedad de especies: más de 13.000, es decir, el doble de variedad que de mamíferos. Lo que es imposible calcular es la cifra exacta de hormigas que hay en nuestro planeta. Sí se sabe que están presentes en todo el mundo, en ecosistemas muy distintos, y se estima que suponen el 15% de la masa de organismos vivos terrestres de la tierra. Hay un dato que da vértigo: por cada ser humano sobre el planeta hay 2,5 millones de hormigas. Es decir, estaríamos hablando de 20.000 billones de hormigas en todo el mundo, según un estudio publicado por la Universidad de Würzburg en Alemania en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences.

José Manuel Vidal Cordero, entomólogo del CSIC y autor de numerosos trabajos e investigaciones sobre estos insectos, escribe en su libro Las hormigas que “la cantidad total de materia viva de estos individuos es mucho mayor que la de cualquier otro grupo de insectos”. Esto las ha llevado a mantener “numerosas relaciones con animales y plantas” y “una gran variedad de comportamientos”. Pese a ello, la mayoría de la población sigue sin saber gran cosa sobre ellas y sin entender hasta qué punto dependemos de estos minúsculos organismos. Nuestra alicorta mirada sobre las hormigas se limita a verlas “como organismos agresivos y molestos que entran sin permiso en nuestra despensa”. Y quizás debamos plantearnos lo contrario: ¿Habría alimentos en nuestra despensa si desapareciesen las hormigas?

Un mundo sin hormigas

El panorama no sería muy alentador. Gema Trigos Peral, investigadora en el Instituto de Zoología de Varsovia y vinculada a la Asociación Ibérica de Mirmecología, explica que la desaparición de las hormigas implicaría “perder el equilibrio de un ecosistema, pues las hormigas cumplen funciones muy especializadas dentro de los mismos”. Y todo sería una reacción en cadena, puesto que, en la naturaleza “no es que A afecta a B, es que la ecología es una red y todo depende de todo. Si tocas una cosa, todo lo que está conectado se va a mover”.

En el caso de una desaparición o de un descenso brusco en la población de hormigas, “el suelo sería bastante más duro, al no poder airearse, y no entraría bien el agua o el oxígeno, que es fundamental para los microorganismos y para las raíces de las plantas”. Lo que viene a continuación es evidente: “El suelo sería menos fértil, lo que afectaría a las plantas, tanto a las que sirven como lugar de anidamiento, como para las que son fuente de alimento para otros animales que, a su vez, son fuente de alimento para otros animales o para los humanos”.

¿Para qué sirven las hormigas, entonces? Pues para muchas funciones y muy distintas. Lo cuenta la propia científica: “Son aireadoras del suelo; descomponedoras de materia orgánica; depredadoras, por lo que tienen su parte en el control de plagas. Además de eso, dispersan semillas, son polinizadoras y cuidan de las plantas protegiéndolas de los ataques de algunos insectos que se comen sus pulgones. Por último, en un estudio que hemos hecho hace poco descubrimos que en los nidos en los que hay hormigas los polluelos tienen menos parásitos, gracias a que las hormigas se los comen”.

«La desaparición de las hormigas implicaría perder el equilibrio de un ecosistema»

De todas sus funciones, una de las más llamativas e importantes para el medio ambiente es su labor como “ingenieras de ecosistemas”. No solo con sus túneles y galerías contribuyen a articular el subsuelo y a que circulen agua, aire y nutrientes. También aportan a la creación de estos nutrientes con sus propios desperdicios. De este modo tan ecológico producen calcio, fósforo, zinc, manganeso o hierro y ayudan a bacterias y hongos a la descomposición de la materia orgánica. Una especie de compostadora mini -del tamaño de una hormiga- y gigantesca -del tamaño del planeta- al mismo tiempo.

La ciudad, ¿zona hostil para las hormigas?

El problema que enfrentamos ahora en las ciudades, aclara la científica, no es exactamente que estemos perdiendo poblaciones de hormigas. Hay hormigas de muchas clases y adaptadas a hábitats muy distintos: unas a zonas descubiertas, otras viven en árboles, algunas en arbustos, en zonas de césped… Si una ciudad tiene parques con una amplia variedad de microhábitats, la variedad de especies de hormigas será también amplia y cada una podrá cumplir su función.

Se estima que hay 2,5 millones de hormigas por cada ser humano

Revista Proceedings of the National Academy of Science

“El problema”, explica Trigos, “es que la mayoría de los parques están pasando a tener la forma de grandes extensiones de césped, pero no tienen zonas que estén más o menos abandonadas, sin mantenimiento y sin que se corte el césped todo el rato, en las que puedan brotar plantas autóctonas. Entonces, al homogeneizar el hábitat, homogeneizamos también la comunidad de hormigas y la biodiversidad y, por tanto, se pierde el equilibrio”. Una amenaza asociada es la introducción de especies exóticas de plantas ornamentales, “pues son susceptibles de traer especies invasoras que empobrecen a la comunidad de hormigas nativas”.

No es este el único problema, pues la propia estructura y ordenación de nuestras ciudades es poco asequible para el establecimiento de las hormigas. Además, por supuesto, del uso de pesticidas y otros potentes químicos, Trigos cita “la fragmentación del hábitat, es decir cuando la degradación de un hábitat hace que se divida en dos o más fragmentos impidiendo que las especies de los alrededores lleguen a las zonas verdes en el centro de las ciudades. Si creas una ciudad muy compacta, con zonas verdes muy separadas entre sí y sin corredores naturales (zonas del territorio que sirve para conectar áreas naturales que comparten características ambientales similares) entre ellas, no produces conectividad y esas especies no pueden llegar a esos parques urbanos”.

«Al homogeneizar hábitats como los parques, homogeneizamos también la comunidad de hormigas y la biodiversidad y, por tanto, se pierde el equilibrio»

Estrechamente relacionado con la anterior, y también con el cambio climático, está el llamado “efecto isla de calor”. La científica nos lo explica: “Se da en ciudades muy grandes y muy compactas. En la zona del centro, al haber poca fluidez de aire y al estar todo cubierto de pavimento, la temperatura no baja por la noche y el centro de la ciudad es como un horno”. Aunque hay especies de hormigas que pueden vivir perfectamente en zonas de altas temperaturas, las que no sean capaces serán desplazadas, lo que nos lleva de nuevo a la homogeneización de las especies de hormigas.

Y entonces, ¿los suelos sellados, las grandes extensiones de asfalto y pavimento, impiden la aparición de hormigas? Pues depende, explica la investigadora. De esas 13.000 especies de hormigas, las hay “capaces de cavar donde sea, hasta en los cimientos de una casa o en el pavimento, pero volvemos a lo mismo: habrá hormigas de ese tipo, pero será un problema para todas las demás especies”. Esto es, las ciudades favorecen a las especies de hormigas más adaptadas a esos lugares, lo que a su vez “limita las funciones que pueden cumplir estos insectos y genera un ecosistema más pobre”.

Para revertir esta situación Trigos propone, en primer lugar, cambiar nuestra forma de ver a las hormigas: “Resulta que nos entra un bichito en casa y es un escándalo. Pero lo primero que tenemos que pensar es que esos bichitos nos ayudan a que el ecosistema no esté tan mal como estaría si estuviese solo en nuestras manos”. Por eso, propone “más educación ambiental en los colegios, para que los niños no vean a las hormigas como una amenaza, sino como unos insectos que son fundamentales para que haya una buena calidad ambiental”. Porque convivir con las hormigas es posible… y necesario.

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