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Sr. García .
Ramón y Cajal, científico y ajedrecista
Cuentos, jaques y leyendas

Ramón y Cajal, científico y ajedrecista

El Premio Nobel de Medicina, padre de la neurociencia, mantuvo una apasionada relación de amor y odio con el juego-ciencia

Manuel Azuaga Herrera

Domingo, 11 de febrero 2024, 00:55

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En 1749, el músico y ajedrecista francés André Danican Philidor publicó 'Análisis del juego del ajedrez'. Hasta la aparición de esta obra, los peones se habían considerado elementos insustanciales del juego. Pero llegó Philidor y nos dijo: «Los peones son el alma del ajedrez». A partir de esta nueva noción, el austriaco Wilhem Steinitz vio más allá y descubrió un gran número de conceptos estratégicos para, sin pretenderlo, con su mirada neopositivista, convertir el ajedrez en ciencia. En el campo científico, Santiago Ramón y Cajal fue el primero en darse cuenta –y demostrar– que las neuronas, a pesar de estar interconectadas entre sí, constituían unidades independientes. Y, como un Philidor de la neurociencia, Cajal describió a las neuronas como las «misteriosas mariposas del alma».

Santiago Ramón y Cajal fue un gran aficionado al ajedrez, pero, de tanto usarlo, que diría la Jurado, rompió su amor por el juego. Su pasión por las sesenta y cuatro casillas, como le ocurrió en tantas otras áreas del conocimiento, fue insaciable, al punto de que terminó por obsesionarse: «Fue este mi único vicio. Yo no he bebido ni fumado», escribió Cajal en su autobiografía 'Recuerdos de mi vida'. El caso de Cajal es un calco al que sufrió Miguel de Unamuno, quien confesó haber sido, en su juventud, un «maniático del ajedrez». El filósofo bilbaíno utilizó exactamente el mismo término: «Este juego, en efecto, llegó a constituir para mí un vicio, un verdadero vicio», admitió. Unamuno, bajo una locura a la que llamó «ajedrecismo», llegó a pasar más de diez horas al día delante del tablero. Hasta que logró dominarlo y, aliviado, se sinceró: «Hoy no lo juego sino de higos a brevas».

El trance del Dr. Bacteria

En agosto de 1883, en 'La Clínica', un seminario de Medicina, Cirugía y Farmacia que se publicaba en Zaragoza, apareció un extenso artículo bajo el título 'Las maravillas de la histología'. Aquel texto acerca de la ciencia que estudia el tejido orgánico de los seres vivos, la estructura microscópica de las células, venía firmado por el Dr. Bacteria, un pseudónimo que Cajal adoptó para contarle al mundo algunos de los secretos de su teoría celular. Por las tardes, una vez finalizaba su labor de investigación en el laboratorio que tenía en casa, Cajal se despedía de su mujer Silveria y acudía a las cafeterías de Zaragoza, más tarde a las de Valencia, en busca de una buena charla alrededor de un tablero.

Ponga atención, amigo lector, a lo que ahora sigue, así sea para que disfrutemos juntos de un valioso hallazgo de hemeroteca. Tras muchas horas de desvelo, he tropezado con una columna de prensa en la que se narra con tono lírico un extraño trance ajedrecístico que le sucedió al Doctor Bacteria, quiero decir a don Ramón y Cajal. Transcribo: «Allá por 1883, acostumbraba D. Santiago a concurrir a la tertulia de la trasbotica del Sr. Lúcia, en Valencia, farmacia conocida vulgarmente por Botica de la Morera, para jugar una partida de ajedrez. Se colocaban las piezas, se comenzaba la partida y, a las pocas jugadas, D. Santiago quedaba ensimismado, con la mirada fija en el rey o en la reina. Muchos creerían que se hallaba combinando alguna difícil y decisiva jugada, para obtener un inevitable jaque mate; hasta su contrario intentaba adivinar qué pieza sería la atacada y, cuando cansados de esperar, llamaban su atención, sufría como una conmoción que le volvía a la vida real, cesando la influencia de la idea que le sugestionaba. Con seguridad que el rey y la reina se le antojaban microscopios de aumento que él deseaba para estudiar el organismo y las funciones de los microbios, de las células que momentos antes estuvo observando».

El cerebro en el tablero

La Botica de la Morera, en la calle Barcas de Valencia, era el centro de reunión de la intelectualidad de la época. Ramón y Cajal, con el fin de tomar un respiro en su fatigosa labor micrográfica, se hizo socio del Casino de la Agricultura, donde conoció, como él mismo describió, «a personas cultas y agradabilísimas». En 'Recuerdos de mi vida', Cajal escribe: «De vez en cuando, y para descansar de pláticas y polémicas, me entregaba al noble juego del ajedrez, teniendo la honra de contender con el campeón valenciano Sr. Roselló». Y, renglón seguido, Cajal sorprende con una contundente reflexión: «Más adelante contaré cómo me desprendí de un juego que absorbía con exceso mis modestas fuerzas mentales. En él no se apuesta dinero, como dicen sus panegiristas, pero se apuesta algo más: el propio cerebro, el más grande de nuestros capitales».

En su célebre colección de pensamientos y aforismos 'Charlas de café', Ramón y Cajal retoma sin tibieza sus argumentos contra el ajedrez, con el que, en su opinión, se pierde «el tiempo y las ganas de trabajar». «Y no vale alegar que el noble juego posee alto valor educativo», persevera Cajal, «ya que, ejercitándolo, se fortalece y concentra la atención, se despliega la fantasía y se adquiere aplomo, paciencia y reflexión; porque todas estas ventajas se logran en más alto grado cultivando las ciencias, singularmente la lógica, la física y las matemáticas».

Lo anterior, dicho por alguien de la talla mental de Cajal, suena lúcido y aplastante, pero deberíamos encuadrarlo en su casilla histórica, en su contexto, pues se pronuncia en una época, principios del siglo pasado, en la que aún estábamos muy lejos de otear, siquiera en el horizonte, las potencialidades educativas que el juego-ciencia nos podía brindar como herramienta transversal en las aulas. Estudiar ajedrez (o jugarlo) no es un fin pedagógico en sí mismo, no implica un valor educativo, como decía don Santiago. En eso estamos de acuerdo.

La paradoja cajaliana

Mi hipótesis es que el desafecto de Cajal hacia el ajedrez tiene causa, paradójicamente, en la pasión incondicional que sentía por el juego. Me baso, fundamentalmente, en su carácter polímata, propio de los genios, y en el factor común que hace sinapsis y conecta la experiencia cajaliana con la de otros nombres ilustres. Vladímir Nabokov necesitó «mil y una noches de insomnio» para componer sus exquisitos problemas de ajedrez. El artista Marcel Duchamp perfeccionó tanto su nivel que representó a Francia en cinco Olimpiadas. Durante años, no hacía otra cosa que jugar al ajedrez: «Juego noche y día sin parar, y nada en el mundo me interesa más que encontrar la jugada perfecta». Frank Marshall, campeón de Estados Unidos durante 27 años consecutivos, dormía con un ajedrez de bolsillo. Así, si soñaba con alguna jugada, Marshall podía colocar fácilmente las piezas en el tablero y, al despertar, analizar la posición con la suave luz de la mañana.

Al Cajal ajedrecista le sucedió exactamente igual que a Frank Marshall: «Mis sueños eran interrumpidos por ensueños y pesadillas, en las cuales armaban frenética zarabanda peones, caballos, reinas y alfiles», cuenta en sus memorias. A menudo, cuando en la víspera perdía una partida, Cajal se despertaba sobresaltado «durante las primeras horas matinales, con el cerebro enardecido y vibrante», y entonces gritaba: «¡Torpe de mí! Había un jaque mate en la cuarta jugada y no supe verlo». Después, apenado, comprobaba sobre el tablero «la tardía clarividencia» de su inconsciente.

Paludismo en el tablero

Pocos años antes del trance ajedrezado de Cajal en la Botica de la Morera, el científico superó un episodio muy violento de expectoración de sangre y esputo. Ocurrió en Zaragoza, mientras jugaba una partida con su amigo Francisco Ledesma, en el café de la Iberia. «Cuando más absorto estaba meditando una jugada», cuenta Cajal, sufrió una hemoptisis que a punto estuvo de terminar en asfixia. Era paludismo. La enfermedad le dio la cara en el medio juego, aunque, por fortuna, todo quedó en un desagradable jaque.

En 1887, Ramón y Cajal llegó a Barcelona como catedrático de Histología Normal y Patológica. Su fama de buen ajedrecista motivó que lo invitaran a hacerse socio del Casino Militar, lugar de encuentro para los aficionados. «En mi necia vanidad», recuerda Cajal, «llegué a jugar cuatro partidas simultáneas». También jugó partidas que duraron dos o tres días. Y disputó algunos duelos a la ciega. El biógrafo Santiago Lorén describió la atmósfera del casino en su libro 'Ramón y Cajal: historia de una voluntad': «Hay cada día más un ambiente de asombro y de expectación alrededor de la mesa donde juega el aragonés. Algunos vienen porque han oído hablar del nuevo fenómeno del tablero cuadriculado».

Sin embargo, a pesar del baño de cumplidos y alabanzas que recibía cada tarde, Cajal guardaba bajo llave una jugada maestra, la de abandonar por completo el ajedrez: «Demostrada, eventual o casualmente, mi superioridad, el diablillo del orgullo sonrió satisfecho. Y, temeroso de reincidir, me di de baja en el Casino, no volviendo a mover un peón durante más de veinticinco años».

Aunque debo contarles que Cajal, hombre de moral intachable, no cumplió, por una vez, con su palabra. Sabemos que cayó en la tentación mucho antes, como demuestra una fotografía tomada en Miraflores de la Sierra, en el verano de 1898. En ella lo vemos jugar contra su buen amigo Federico Olóriz Aguilera, catedrático de Anatomía de la Universidad de Granada. De aquel mismo año también se conserva el registro completo de otra partida, esta vez la de Cajal contra el doctor zaragozano Bruno Solano.

Por un extraño impulso, muestro la victoria de Cajal contra Solano en redes sociales y, sin desvelar el nombre de los protagonistas, pregunto: «¿Qué diríais del juego de las blancas?». El entrenador y maestro internacional David Martínez, más conocido como El Divis, responde: «Menos la jugada alfil por 'h6', diría que la partida es muy buena». De otro lado, Paco Vallejo, el mejor jugador español de todos los tiempos, exclama: «¡Parece un 'bullet' [duelo ultrarrápido, a menos de tres minutos] de Alireza!». Vallejo se refiere al francés Alireza Firouzja, sexto jugador del mundo, para que se hagan una idea aproximada del nivel que tenía Ramón y Cajal, hace más de cien años.

Reviso de nuevo la partida. Clavo mi pensamiento en el romántico sacrificio de alfil en 'h6'. ¿Calculó toda la secuencia?, me pregunto. No lo sé. De lo que sí estoy seguro es de que la destreza de Cajal como ajedrecista estuvo presente, de forma directa, en su labor científica porque, como él mismo decía, «no basta con examinar, hay que contemplar: impregnemos de emoción y simpatía las cosas observadas, hagámoslas nuestras, tanto por el corazón como por la inteligencia. Sólo así nos entregarán su secreto».

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