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TOMÁS ONDARRA
Un asesino en serie en el Casco Viejo de Bilbao

Un asesino en serie en el Casco Viejo de Bilbao

Avance editorial. Lo nuevo de Dolores Redondo ·

En 'Esperando al diluvio', a la venta desde este miércoles, Dolores Redondo trae a la capital vizcaína en agosto de 1983 a un criminal escocés y un policía que lo persigue. Territorios ofrece el capítulo en el que el asesino llega a la Villa

dolores redondo

Sábado, 12 de noviembre 2022, 00:11

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Bilbao era Glasgow. John Biblia sonrió mientras obser­ vaba la calle Bidebarrieta, que se extendía ante sus ojos. Húmeda, sucia y amoral como Glasgow. Se respiraba ya cierto ambiente festivo, a pesar de que aún faltaban unos días para el comienzo oficial de los festejos de la Semana Grande. Casi a la vez que John, habían comenzado a llegar a la ciudad los feriantes, los mercaderes y los vendedores, los vagabundos que viajaban todo el verano de fiesta en fiesta y una caterva de medio punkis, medio hippies a los que la gente llamaba «pies negros». Dormían, follaban y defecaban en cualquier parte, escandalizando a la conservadora sociedad bilbaína, y mantenían a la policía local entretenida con sus numerosos altercados con el resto de la ciudadanía. Eran el tema de conversación en la calle, en los bares y los mercados, y cualquiera te diría que portaban tantos piojos y garrapatas que se rumoreaba que las autoridades estaban pensando en detenerlos solo para darles una ducha. Como en Glasgow, la prostitución, el menudeo y los robos de radiocasetes ligados a los toxicómanos copaban la atención policial, y, por si fuera poco, el clima político recogía el testigo de los enfrentamientos por «la guerra de las banderas» de otros festejos del País Vasco; cada tarde se provocaban altercados entre manifestantes y policía en la zona de las Siete Calles y los alrededores de la Ribera. John oyó sonar a lo lejos, cada vez más espaciados, los impactos de las pelotas de goma que lanzaban los antidisturbios. El enfrentamiento con la policía en unas calles contrastaba con el ambiente, casi de normalidad, del resto del Casco Viejo: cuadrillas 'txikiteando', parejas de novios cogidos de la mano, familias con niños pequeños que salían de cenar de los restaurantes...

Y las mujeres... John Biblia se detuvo ante el escaparate de una tienda, que a aquellas horas estaba cerrada, solo para contemplar su reflejo en el cristal. Le sentaba bien el cabello más corto y oscuro, realzaba su piel y el azul de sus ojos. Se preguntó por qué nunca se le había ocurrido llevarlo así. Le daba un aire más duro, más de marino y menos aniñado que su modo habitual de peinarse, pero sobre todo tenía que ver con el color. A pesar de que tanto en las descripciones que habían publicado los periódicos como en los retratos robot siempre mencionaban el pelo castaño rojizo, o pelirrojo, nunca se había decidido a cambiarse el color, quizá porque habría sido más llamativo y chocante que él no tuviera aquel castaño rojo del resto de su familia. John sabía que ser como todos era fundamental para pasar inadvertido, pero ahora podía permitírselo. Sonrió. Se gustaba a sí mismo, le gustaba Bilbao, pero sobre todo le gustaban las mujeres de aquella ciudad, y él les gustaba a ellas.

Dolores Redondo, en el Casco Viejo de Bilbao, escenario de su novela. YVONNE ITURGAIZ

Bilbao había sido una opción en su plan de huida; pero a menudo, llegado el momento de la verdad, todo se precipita, sucede demasiado rápido. Aunque confiaba como nadie en el destino, y en lo que el devenir le tenía reservado, le habían asaltado algunas dudas. En Bilbao sería un inglés en una ciudad española, porque allí todo el que venía de la Gran Bretaña era inglés. El dominio del idioma era un punto a su favor, y su aspecto, pulcro y fiable, siempre lo había ayudado; pero no estaba seguro de si eso encajaría en los gustos de las jóvenes vascas. Después, durante el viaje en el 'Lucky Man', aquel solitario marino había aparecido de modo providencial para completar el plan y disipar las dudas que le planteaba el porvenir.

Observó a un grupo de chicas que pasaban riendo. Las bilbaínas eran generosas en sonrisas y en miradas admirativas cuando se cruzaban con él. Bastante más desinhibidas que las chicas de Glasgow. Ligar parecía el deporte de moda en aquella ciudad, y encontrar la mirada de una mujer dispuesta a reír, y a aceptar tomar una copa, era infinitamente más fácil que en Escocia. Bilbao era pura efervescencia en agua sucia; de faldas de volantes, de tops de color rosa fucsia, verde pistacho, amarillo canario. Las chicas llevaban los labios pintados de rosa y aros de colores neón colgando de las orejas, y los hombres las invitaban a sanfranciscos, cocolocos o champán... y mientras, a dos calles, la policía contenía los disturbios por la guerra de las banderas. Y tres bares más allá, los traficantes hacían su agosto sin que a nadie pareciera importarle. Al otro lado del río salían los trenes, y en Las Cortes las putas fumaban tranquilas a la puerta de los antros mientras esperaban a los caldereros y a los estibadores. Horas robadas a la noche, en la que la ciudad se transformaba. Al amanecer, las sirenas que llamaban al trabajo sonarían como las trompetas del juicio final y todos, como almas en pena, volverían a comenzar una jornada que solo tenía un propósito: que llegara una nueva noche.

Reanudó su paseo caminando tras un grupo de mujeres jóvenes para poder aspirar el aroma de la colonia de moda entre las chicas vascas; bergamota, mandarina y tomillo en el azur que usaban las más jóvenes, y lavanda y heno en las más mayores. Llevaba horas sin llover, y los perfumes de los que salían arreglados a vivir la noche bilbaína se mezclaban con los orines amoniacados de los borrachos de la noche anterior. Los apestosos grupos de punkis que comenzaban a llegar a la ciudad para pasar las fiestas, los alientos de los 'txikiteros' que apestaban a vino y los de los adolescentes que olían a menta de chicle Cheiw. A John Biblia le gustaba Bilbao, porque Bilbao era Glasgow. «No, era mejor que Glasgow, era el Glasgow de los sesenta, cuando aún no había perdido la esperanza», pensó. Bilbao presentaba las dos vertientes. Hay lugares donde sabes que has tocado fondo y otros donde puedes estar seguro de haber logrado el éxito. En los últimos años la ciudad escocesa se percibía entristecida y deprimida de un modo insoslayable. Todo aparecía cubierto de una pátina de fracaso, de tristeza contagiada por la aluminosis de los edificios, la humedad y el moho negro, que hacía difícil imaginar un futuro. El plan urbanístico que había llenado de solares vacíos lo que antaño fueron animadas calles, el índice de paro, los pisos cada vez más caros, los jóvenes hastiados y aburridos formando parte de bandas que se entretenían intimidando a las ancianas del barrio cuando salían a la compra o quedaban para golpearse entre ellos en los solares vacíos. Las prostitutas pálidas y famélicas, medio desnudas bajo abrigos pasados de moda que habían pertenecido a sus madres, se arremolinaban alrededor de hogueras alimentadas con basura. Definitivamente, prefería Bilbao. Era uno de esos extraños lugares tan cargados de oportunidades como de desdichas, todo dependía de tu habilidad y de tus dotes de observación, y John era un observador nato.

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Salió a la avenida y cruzó bajo la arboleda. Se apoyó en la barandilla sobre el río. Se fijó en una pareja de yonquis que se chutaban al cobijo del muro en una de las estrechas escaleras que bajaban hasta las aguas sucias de la ría y giró la cabeza, asqueado. La heroína estaba haciendo estragos allí lo mismo que en su país. De vez en cuando alguna drogadicta ofrecía sexo a cambio de lo que le costaba un chute, en Somera o en las inmediaciones de San Francisco; pero las profesionales del sexo estaban localizadas en Las Cortes, en la otra margen del río, y ejercían la prostitución en locales de alterne con su distintiva luz roja sobre la puerta o en discretos pisos de lujo en la Gran Vía de don Diego López de Haro. No le gustaban las putas, las odiaba y le daban miedo a partes iguales. Con su violento ofrecimiento, la voz quebrada y ese olor a perro mojado y semen rancio, le provocaban arcadas. En Bilbao, a pesar de todo, y de que era un hervidero inclinado al vicio, se había conseguido una suerte de equilibrio entre la miseria de los chabolistas recién llegados a la ciudad, las pensiones para obreros y los locales de lujo. Bilbao parecía regirse por estadios, como si de una gran gradería se tratase, una escalera con distintos niveles por los que, si eras listo, podías ascender rápidamente, porque lo que diferenciaba Bilbao de Glasgow era el dinero.

En Bilbao sobraba el trabajo. Las acerías, las fundiciones, los astilleros, el puerto y las exportaciones daban sustento a miles de hombres que salían cada noche a la ciudad con el bolsillo lleno de «pasta» caliente, que gastaban con alegría de marinero borracho. Bilbao estaba pensada para satisfacer las perversiones y antojos de todos los gustos y bolsas; pensiones y hoteles de cinco estrellas; bingos, loterías, taxis y coches de alquiler; restaurantes para tomar el menú del día o los platos más caros y selectos; bares, pubs, colmados, ultramarinos, suministros náuticos y ropa de trabajo junto a tiendas elegantes en las que comprar la moda de París o Londres, los bolsos más caros; el menudeo de hachís y probablemente la mayor entrada de heroína de Europa, junto con Galicia. Iglesias, ermitas, licorerías, ejecutivos y estibadores, armadores y herreros; niñas de papá y chicas del servicio, todas confluían en los mismos lugares: las discotecas. Había comprobado que las salas de fiestas y los pubs donde ponían música alta y las chicas acudían cada noche a bailar proliferaban por toda la ciudad. Ya las había recorrido casi todas. Arizona, Chentes, Ovni, La Jaula, Garden...

Era temprano, así que esa noche visitaría al menos un par. Bilbao era un perfecto territorio de caza, pero todavía no le brindaba un modo seguro de deshacerse después de «lo sacrificado». No conocía suficientemente la ciudad y tenía aún que explorar todas sus posibilidades. Volvién­ dose de nuevo hacia el río, aspiró el tufo viciado del agua, que con la subida de la marea traía notas de sal y olía a sentina. En la otra orilla percibió el rastrero movimiento de las ratas que campaban a sus anchas entre la basura que se descomponía en la playa de vías, cerca de Abando. La colza y el caldo pestilente que rezumaban de los vagones, detenidos durante días bajo el sol, habían teñido el suelo, que se veía ennegrecido de un modo que le recordó al limo de la orilla del lago Katrine. Los metales pesados, la grasa y el óxido, arrastrados por la ría durante años, se habían ido posando en las orillas espesando los márgenes en una especie de sedimento reseco y compacto que hacía imposible cavar en él. Las aguas de la ría bajaban hoy lentas y tan inmundas que cualquier objeto lastrado habría sido invisible y con el tiempo habría quedado sepultado en el fondo lodoso o quizá arrastrado hasta su desembocadura en Santurce. Pero el constante tráfico marino del río removía los fondos y las aguas y habría hecho flotar los cuerpos.

Solo en sus inicios había sido tan imprudente como para abandonarlas en mitad de la calle. Con el tiempo se dio cuenta de que alguien como él no tenía necesidad de correr el riesgo de dejar una pista con cada una de ellas. No era uno de aquellos asesinos depravados de los que hablaba la prensa norteamericana. Retrasados, impulsivos y desconocedores de lo que la ciencia podría hacer con las huellas, los pelos, la saliva o la sangre. Pero, sobre todo, no lo necesitaba. No tenía nada que demostrar, nadie a quien retar. «Más vale ser paciente que ser valiente, dominarse uno mismo que conquistar ciudades.» John había aprendido a ser valiente cuando entendió que tenía un propósito, que el deseo impulsivo que lo había movido inicialmente se debía a un mandato superior. Esa era la razón por la que jamás lo habían capturado, por la que había ido sabiendo en cada momento qué debía hacer, cómo debía obrar. Su guía superior en su infinita sabiduría le había mostrado cómo debía actuar. Alzó la mirada al cielo buscando la señal y, a pesar de la contaminación lumínica de la ciudad, pudo ver brillar alguna estrella. No había rastro de nubes. Apenas habían caído cuatro gotas la mañana anterior, el cielo no daba pistas de que fuera a llover pronto, y el río bajaba demasiado lento. Debía esperar. El resplandor de las luces azules a su espalda le hizo volverse hacia el Casco Viejo. Las furgonetas de la policía se retiraban cruzando el puente frente al Arriaga. Las farolas iluminaban el Arenal con sus halos anaranjados, y la ciudad bullía con las ganas de fiesta. Vio pasar otro grupo de chicas y se giró hacia ellas aspirando el aroma con el que perfumaban la noche bilbaína. Echando un último vistazo al cielo se conminó a no preocuparse más, él le daría la señal cuando fuese el momento indicado; mientras tanto, el lugar donde ellas esperaban aún tenía capacidad para unas cuantas más.

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