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Iván Mata
Adelanto editorial: Lee un fragmento de la nueva novela de Arturo Pérez-Reverte

Adelanto editorial: Lee un fragmento de la nueva novela de Arturo Pérez-Reverte

Publicamos una parte de 'El problema final', donde el escritor homenajea a Sherlock Holmes, el detective más icónico

Arturo Pérez-Reverte

Viernes, 1 de septiembre 2023

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Un aparente suicidio en un hotel de Corfú y un inopinado investigador. Así comienza la novela con la que el escritor vuelve al género de la intriga y que llega el martes a las librerías

A primera hora de la tarde, los huéspedes nos sentamos con la señora Auslander en el salón —muebles de estilo nórdico y paisajes enmarcados de Corfú en las paredes–, donde la dueña del hotel expuso un informe detallado y muy sereno sobre el suicidio de Edith Mander. En términos cinematográficos, aquello podía considerarse una especie de 'establishing shot', o plano general preparatorio: además de mí estaban Pietro Malerba y la Farjallah, el doctor Karabin, Paco Foxá y el matrimonio Klemmer. Raquel Auslander se había puesto otra vez en contacto por radio con la comisaría principal de Corfú, nos explicó, y allí aseguraban que cuando el tiempo mejorase vendrían con un juez a hacerse cargo del cadáver. La actuación oficial se demoraría un poco, y lo razonable mientras la isla siguiera incomunicada era volver a la normalidad, o intentarlo.

Fue el doctor quien primero planteó el asunto. Acababa de dejar a Vesper Dundas en su habitación al cuidado de Evangelia, tras darle a la inglesa una dosis de veronal que la haría descansar el resto del día. Se rascó la barba, carraspeó ligeramente y tomó la palabra.

—Hasta que lleguen la policía y el juez, y como dueña de este lugar, usted, señora Auslander, es la autoridad aquí —nos dirigió una ojeada para asegurarse de que todos estábamos de acuerdo—. ¿No es cierto?

—Podríamos considerarlo de ese modo —respondió ella tras una corta vacilación.

Karabin hizo un ademán que incluía a Foxá, Malerba y a mí.

—En tal caso, ¿damos por cerrada nuestra pesquisa?

Raquel Auslander le lanzó una mirada suspicaz.

—Es excesivo llamarla así —volvió a dudar un momento—. Acudieron al pabellón más en calidad de testigos que de otra cosa.

—Naturalmente —Karabin se mostraba inseguro—. Sin embargo, tengo algunas dudas. Y quizá no sea sólo yo quien las tiene.

Incómoda, la dueña del hotel se tocaba las dos alianzas que llevaba en la mano derecha.

—No entiendo qué pretende decir.

El doctor parecía buscar las palabras adecuadas.

—Hay aspectos poco claros —dijo al fin— en el desdichado accidente del pabellón.

Emitió Pietro Malerba una risa vulgar. Tenía un vaso de whisky en las manos y entornaba los ojos con gesto agrio.

—¿Volvemos a que podría no ser un suicidio?

—Yo no digo nada, excepto lo que he dicho.

El productor gruñó, hastiado.

—Usted encontró en el pabellón lo mismo que los demás. Todo estaba a la vista.

—Menos lo que podría no estar —el doctor me señaló, preocupado—. Algunas observaciones hechas por este señor me inquietan un poco.

Soporté impasible el escrutinio general. De pronto, todos nos mirábamos cual si fuéramos sospechosos.

—En cualquier caso, es asunto de la policía —dijo Hans Klemmer.

Era corpulento, sanguíneo, con unos ojos azul claro idénticos a los de su esposa. Una cicatriz horizontal le cruzaba la mejilla izquierda: la inequívoca marca estudiantil de las antiguas universidades alemanas. Me pregunté, no sin malicia, qué habría hecho durante la última guerra.

—La policía —insistió con evidente fe germánica en las instituciones.

—Tardará días en llegar —objetó Karabin—. Además, por mucho que procuremos retrasarlo, el cuerpo de esa pobre mujer entrará en descomposición.

—Dios mío, no lo había pensado —gimió Najat Farjallah.

Se había puesto pálida. Malerba le dirigió una sonrisa de aliento.

—Leyes de la naturaleza, querida. Polvo al polvo, con una fase intermedia bastante desagradable.

—¿Y qué sugiere, doctor? —inquirió Foxá.

Karabin miraba a la señora Auslander.

—No soy médico forense, pero estoy capacitado para un estudio más minucioso.

—¿Autopsia? —preguntó ella.

—No llego a tanto, aunque podría comprobar algunos detalles complementarios.

—¿Sobre el suicidio?

—Sobre lo que haya ocurrido.

Siguió una tensa pausa. Paco Foxá contemplaba una pared como si esperase ver aparecer en ella signos nefastos; los Klemmer se cogían de la mano; Malerba había sacado un cigarro y le daba vueltas entre los dedos sin decidirse a encenderlo; y junto a él, sentada en el borde del sofá que ambos ocupaban, la Farjallah miraba en torno con suspicacia.

  • 'El problema final', de Arturo Pérez-Reverte. Editorial Alfaguara. 328 páginas. 21,90 euros.

—¿En qué se basa, doctor? —quiso saber Foxá.

—No me baso en nada. Sin embargo, hay detalles...

Quiso dejarlo ahí, pero el otro insistió.

—¿Raros?

—No sé. Detalles, en fin. Cosas que no encajan —se dirigió a la señora Auslander apelando a su buen criterio—. Y que tal vez no sea lugar ni momento para plantear.

—Puede que no —comentó ella, prudente.

Demasiado tarde. El desconcierto del salón se había convertido en recelo.

—¿Insinúa usted...? —empezó a decir Klemmer, dando un respingo.

—No insinúo nada —Karabin movía la cabeza—. Sólo me ofrezco para reconocer más a fondo el cadáver.

—¿Y qué hacemos con eso? —inquirió Malerba—. ¿Cuál es la diferencia?

—Aconsejo...

—Quien aconseja no suele ser el que paga.

Reinó otro silencio incómodo. Fue Paco Foxá quien acabó rompiéndolo.

—La diferencia es saber si Edith Mander realmente se suicidó o si alguien más intervino. ¿Es lo que intenta decir?

—No con esa brusquedad —repuso Karabin.

El español sonrió con impertinencia. Me parecía el suyo un aire demasiado ligero, en tales circunstancias. Cual si la muerte de una mujer en el pabellón de la playa le pareciera un incidente menor.

—Pero se refiere a eso.

Ni el doctor ni ningún otro dijimos nada. Foxá nos miró a todos hasta acabar deteniéndose en la señora Auslander.

—La cuestión, en tal caso —señaló—, es que esperar de brazos cruzados el fin del temporal no sería conveniente —en este punto hizo una pausa más bien dramática—. Me refiero a si el responsable de la muerte fuese uno de nosotros.

Brotó un coro de protestas. A la Farjallah le temblaban las pulseras de excitación.

—¿Uno de nosotros? ¡Válgame Dios! —cristiana libanesa como era, se santiguó sin recato—. ¿Creen que es posible?

—Qué mal suena eso —coincidió Malerba, sarcástico.

—¿Un responsable? ¿Aquí dentro? —a Klemmer le había subido un golpe de sangre al rostro. Hizo ademán de levantarse, y volvió a dejarse caer en el sofá–. ¡Es absurdo! No podríamos dormir tranquilos.

—De eso se trata precisamente —argumentó con calma Foxá—. De dormir tranquilos o no dormir.

—Me parece disparatado —opinó el alemán arrastrando las erres, y su esposa asintió, solidaria.

—Quizá no sea un disparate lo que apunta el señor Foxá.

Fue la señora Auslander quien dijo eso, y nos volvimos a mirarla.

—¿Está diciendo...? —empezó a decir Klemmer, pero no siguió adelante, como si lo asustaran sus propias conclusiones.

—Sí. Eso estoy diciendo.

Se mostraba convencida, muy serena, cual si hubiera llegado al término de un largo y prolijo razonamiento.

—Haría falta un policía —sugirió alguien—. Un detective.

—Tenemos uno —dijo Foxá.

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Lo dijo vuelto hacia mí, y todos siguieron la dirección de su mirada. Desde el sillón en que me había mantenido inmóvil, callado y al margen, dirigí en torno un vistazo sorprendido al principio, irritado después o con apariencia de tal. En el fondo me sentía halagado; pero eso era asunto mío.

—¿Por qué me miran? —inquirí.

—Sabe muy bien por qué —respondió Foxá.

—Eso es ridículo... ¿Se han vuelto locos?

—Cuando se conoce una serie de hechos, cualquiera puede predecir el resultado. Otra cosa es, a partir del resultado, establecer los hechos.

—¿Y?

—Usted fue Sherlock Holmes.

Abrí la boca lo conveniente, como no dando crédito a mis oídos.

—Nadie fue Sherlock Holmes —tras un momento, descrucé las piernas y me ladeé un poco en el sillón—. Por Júpiter. Ese detective no existió jamás. Es una invención literaria.

—Que usted encarnó de modo admirable.

—Eso fue en el cine —me recosté de nuevo y encogí los hombros—. Nada tuvo que ver con la vida real.

—Hiciste quince películas sobre el personaje —apuntó Malerba, divertido.

—¿Y qué, Pietro? Otros actores lo interpretaron también: Gillette, Clive Brook, Barrymore... Hasta Peter Cushing, aunque es bajo y nervioso, acaba de hacerlo. Al menos hubo una docena.

—Pero nadie lo hizo como usted —terció Foxá—. Todos lo recuerdan con su rostro, sus gestos y su voz.

Moví una mano en el aire como para apartar una mosca o una idea.

—Eso no tuvo nada de particular. Me eligieron porque en Hollywood nadie hablaba correctamente el inglés excepto Ronald Colman, David Niven y yo; y sobre todo porque me parecía a las ilustraciones de 'The Strand Magazine', donde Conan Doyle publicó sus relatos.

—Pocos recuerdan esas ilustraciones —comentó Hans Klemmer—. Las ediciones modernas no suelen traerlas.

—Tenemos una edición facsímil en la sala de lectura —dijo la señora Auslander–. En el estante más alto de la librería, junto a las novelas de Remarque y Colette.

—Novelas o películas —insistió Foxá—, el hecho obvio es que el rostro que se asocia con unas y otras es el suyo, Basil.

Yo había recobrado la flema.

—Nada hay más engañoso que un hecho obvio —dije.

Tras decir eso arrugué la frente, como sorprendido de mi propio comentario. Después me removí en el sillón, aparentando incomodidad, antes de cruzar las piernas de nuevo. Mis zapatos de ante marrón aún tenían adheridos granos de arena.

—¿Ves?... No puedes evitarlo —se echó a reír Malerba—. Te guste o no, eres el detective por excelencia.

Negué con la cabeza.

—Te equivocas —dije con la aridez adecuada—. Sólo aparenté serlo durante cierto tiempo.

—Casi veinte años.

—Quince, para ser exactos: los transcurridos entre 'Un escándalo en Bohemia' y 'El perro de Baskerville'... Precisamente porque me harté de parecerlo, o se hartó el público, o nos hartamos todos, se fue apagando mi carrera.

—Puede que se hubiera apagado igual —opinó Malerba con ecuánime crueldad–. Vivimos otros tiempos.

—Sí, es posible.

Permanecí callado, consciente de sus miradas. Pensando en lo que acababa de decir. Es imposible expresar lo que siente un intérprete encasillado al que atan a la espada y al caballo; o, en mi caso, a la pipa, la lupa y el elemental, querido Watson. Ansioso de recordar al mundo que, ante todo, es un buen actor.

Nadie apartaba los ojos de mí.

—Se equivocan conmigo —dije al fin.

Sonrió Paco Foxá, cortésmente irónico.

—¿Está seguro de eso?

—Por completo. Cuando ven a un personaje en la pantalla, en realidad no lo ven a él, sino a un actor haciendo lo que mejor sabe hacer, que es actuar.

—Lo observé cuando estábamos en el pabellón —dijo el español—: cómo estudiaba el cadáver, la cuerda rota, las huellas en la arena... Y en ese momento no tenía una cámara cinematográfica cerca. No estaba actuando. Sin embargo, se comportaba como Sherlock Holmes.

—Es cierto —confirmó Malerba, que lo pasaba en grande.

—Ridículo —repetí.

—No, en absoluto —volvió Foxá a la carga—. ¿Vio La ventana indiscreta?

—¿La de Hitchcock?

—Ésa. El protagonista mira, ve, reacciona. Un proceso mental que parte de elementos visuales. Se vuelve detective sin pretenderlo.

—¿Y a dónde quiere ir a parar con eso?

—A que ignoro cuánto caló en usted el detective de sus películas, ni de qué manera influyó en su personalidad. O tal vez fue usted quien marcó al personaje... Pero eso no importa ahora. Quien hace unas horas se encontraba en el pabellón no era el actor Hopalong Basil, sino el detective del 221B de Baker Street: el hombre que nunca existió y nunca murió.

Paseé la vista por el salón. Me contemplaban admirados, y lo cierto es que yo mismo estaba empezando a entrar en situación, como si acabaran de encender los focos y oyese el suave rumor de la cámara rodando. La idea me suscitó una sonrisa que pude reprimir a tiempo. Mi proverbial flema británica. Aun así decidí mantenerme silencioso, cruzados los dedos bajo la barbilla, para prolongar el efecto de aquel agradable estímulo. No había disfrutado tanto, lo confieso, desde el rodaje de 'El perro de Baskerville'.

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