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Francisco, con su bata blanca y la acreditación, la única señal externa que le identifica como capellán, charla con Belén, su 'paciente' favorita del hospital Ramón y Cajal. Óscar Chamorro
La vida de un capellán de hospital: «He dado muchos últimos abrazos»

La vida de un capellán de hospital: «He dado muchos últimos abrazos»

Los curas de guardia están 24 horas a disposición de los pacientes y acompañan espiritualmente a los enfermos terminales en sus últimas horas

José Antonio Guerrero

Madrid

Sábado, 29 de junio 2024, 13:03

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Son las diez de la mañana y Francisco Iglesias (Cáceres, 59 años) inicia una guardia de 24 horas en el Ramón y Cajal de Madrid. Se acaba de despojar de la casulla con la que ha oficiado una misa exprés de 20 minutos en la capilla del hospital y se ha enfundado una bata blanca con la que empezará una larga jornada laboral que le llevará a ver pacientes en la unidad de oncología, trasplantes, urgencias, geriatría... Así vestido parece un médico más. Pero en vez del fonendo lleva colgada al cuello una tarjeta que le identifica como capellán. Entre tanto dolor y sufrimiento, este cura no cura pero sana a base de fármacos con los compuestos que se tejen en el corazón: bondad, humanidad y cariño.

Francisco no se separa del móvil, que guarda en un bolsillo de la bata junto a un minúsculo estuche que contiene aceite consagrado, con el que hoy bendecirá a media docena de enfermos. Suena el teléfono. Es un número corto que identifica con la planta de paliativos. Le piden que suba a la 611. Un hombre en sus últimas horas ha pedido verle. El paciente se llama Paco, como él, lleva una mascarilla de oxígeno, su estado se ha agravado, y quiere recibir la unción de los enfermos o extremaunción, como también se conoce. Francisco ha extendido el óleo santo en la frente y las manos de su tocayo, ha rezado en compañía de su mujer, una hija y dos nietas, y le ha acompañado en el trance con palabras de consuelo y esperanza. La muerte no es la última estación. Para los creyentes hay otro horizonte. «No podía hablar, pero con los ojos me ha transmitido alegría. Ha sido un encuentro muy hermoso», dice tras la despedida.

800 Capellanes en los hospitales

En España hay 800 capellanes desplegados en hospitales públicos y privados, según los datos facilitados por la Conferencia Episcopal (CEE). De ellos, 520 trabajan a tiempo completo y otros 280 a tiempo parcial. En 2022, acompañaron cada mes a casi cien mil enfermos e impartieron 160.000 sacramentos, como recoge la memoria de actividades de la Iglesia. El número de capellanes guarda relación con el tamaño del centro sanitario. Varía desde los 3 a 5 capellanes a tiempo pleno en hospitales de más de 800 camas a un único capellán a tiempo parcial en los de menos de 100 camas. Si pacientes de otra confesión solicitan acompañamiento, el capellán o la dirección del hospital se ponen en contacto con el pastor, el imán, el rabino o el sacerdote hindú para que acudan al centro.

Iglesias (el apellido ya apuntaba maneras) es uno de los seis capellanes a tiempo completo del Ramón y Cajal, una 'pequeña ciudad' de 850 camas y 5.400 trabajadores, y el responsable de que siempre haya un sacerdote en el hospital a todas horas y todos los días del año, incluidos la Nochebuena o el fin de año. Su «equipazo», así lo llama, hace guardias de 24 horas, como los médicos, aunque a ellos no se las pagan y el sueldo se ajusta a la asignación normal de un cura raso, 1.100 euros al mes.

En Bosnia y Afganistán

Su labor de acompañamiento espiritual, «y también físico porque en estas habitaciones hay gente que no tiene a nadie», es «absolutamente» vocacional. Entre los enfermos –algunos en fase terminal–, sus familiares –«que a veces sufren más que ellos»–, y el personal sanitario ha encontrado su lugar en el mundo. Ahí lleva once años. Aunque no siempre fue así.

Iglesias se ordenó sacerdote con 24 años con la idea de enrolarse en la Armada, como hizo tras estudiar Filosofía y Teología en Salamanca. El páter ha navegado en fragatas, corbetas, en el desaparecido portaaviones 'Príncipe de Asturias' y en el buque escuela 'Juan Sebastián Elcano'; ha servido en misiones en Bosnia, en Kosovo y los talibanes le bombardearon en Afganistán. Había consagrado su vida a la Marina –ascendió a capitán de fragata, el equivalente a teniente coronel–, pero un día le llamaron para decirle que su madre había sufrido un infarto en Madrid. «Estuvo ingresada cincuenta días en el hospital militar Gómez Ulla, y allí tuve tiempo de conocer a muchos soldados, pero ya no les trataba como militares sino como enfermos, me acerqué a su sufrimiento para tratar de acompañarles y eso me cambió la vida». Decidió entonces pedir la excedencia de las Fuerzas Armadas y entregarse a los enfermos, primero en hospitales pequeños y desde 2015 en el Ramón y Cajal.

Ataviado con su indumentaria blanca, el exmilitar nos recibe en su pequeño 'cuartel general', un despachito contiguo a la capilla donde repasa los servicios prestados el día anterior por el compañero al que acaba de dar el relevo. No hubo fallecidos, impartió cinco unciones y ofició misa para 26 personas, «pero el domingo vinieron 50», sonríe mostrando una libreta donde lo apunta todo, incluyendo los nombres de los recién ingresados porque le gusta pasar por las habitaciones a presentarse a los 'nuevos'.

«Una noche me sonó el móvil a las dos de la mañana; era un enfermo que quería verme porque sus hijas no le dejaban»

La agenda del día incluye la visita a quienes llevan semanas o meses encamados, pero no hay jornada en que no salte por los aires con alguna llamada urgente que reclama la unción a pacientes con un soplo de vida o ante una intervención quirúrgica. «Hay gente que se va a operar y me la pide porque siente que le dará fuerzas para que todo salga bien. Y oye, eso también es una muestra de fe», observa este hombre grande de tamaño, barba descuidada, afable no, lo siguiente, y que habla a la velocidad del rayo.

De arriba abajo: Francisco, en el área naranja de Urgencias donde ingresan los pacientes en estado más crítico; en la habitación del hospital donde descansa las noches de guardia; y oficiando la misa matinal en la capilla del Ramón y Cajal de Madrid. Óscar Chamorro
Imagen principal - De arriba abajo: Francisco, en el área naranja de Urgencias donde ingresan los pacientes en estado más crítico; en la habitación del hospital donde descansa las noches de guardia; y oficiando la misa matinal en la capilla del Ramón y Cajal de Madrid.
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Imagen secundaria 2 - De arriba abajo: Francisco, en el área naranja de Urgencias donde ingresan los pacientes en estado más crítico; en la habitación del hospital donde descansa las noches de guardia; y oficiando la misa matinal en la capilla del Ramón y Cajal de Madrid.

Curtido en mil batallas, cree que el Señor le envió al Ejército a baquetearse con fuego real para poder desempeñar su actual labor. «En Afganistán pasé miedo, pero en el hospital nunca lo he tenido». Y dice que tampoco en la pandemia, cuando contaba por decenas los muertos diarios y no paraba de repartir 'extremaunciones' y abrazos de cariño y despedida. De aquellos meses recuerda momentos conmovedores, como el último abrazo que dio a un chaval de 20 años, ateo, al que su madre no pudo despedir en el lecho de muerte por las drásticas restricciones en el régimen de visitas ante la falta de 'epis' y un virus descontrolado. «La madre me pidió que fuera a verle porque no la dejaban pasar. Lo último que me dijo su hijo es que jamás pensó que su último abrazo se lo daría un cura. Al menos no murió solo».

Tampoco olvida los rostros de impotencia de médicos y enfermeras, su agotamiento físico y mental ante una extenuante batalla que perdían cada hora. «Me acuerdo de un intensivista de la UCI... lloramos mucho los dos en la máquina del café. Todos necesitábamos desahogarnos».

Llamada a escondidas

Paño de lágrimas para enfermos y sanitarios, Francisco sostiene que ser capellán de hospital le ha hecho mejor persona y le ha regalado un extra de confianza en Cristo. «En un sitio como este es difícil trabajar si no crees en Dios. El sufrimiento ha hecho madurar mi fe», se sincera.

En este tiempo ha vivido situaciones extraordinarias. Una vez su móvil sonó a las dos de la mañana. Era un enfermero de oncología. «Padre, hay un paciente que quiere hablar con usted». «¿A las dos de la mañana?». «Sí padre, venga que es urgente». Se levantó del camastro que los capellanes de guardia tienen en la séptima planta –un austero dormitorio junto a la habitación del urólogo de guardia– y se dirigió a ver al misterioso hombre que reclamaba sus servicios. «Llego allí y me encuentro a un hombre mayor que me dice que sus hijas no le dejan ver al capellán, se me abraza y me dice todo contento que ya está salvado. Se confiesa, comulga y me pide que no diga nada porque no quiere enfrentarse a sus hijas. Le seguí visitando cada día y como iba con la bata blanca sus hijas pensaban que yo era el médico. Salíamos a pasear, charlábamos, me contaba sus problemas... nos hicimos amigos. Le trasladaron a otro hospital y un día recibo una llamada de su teléfono. Era una voz femenina, la de una de las hijas. Antes de que me dijera nada le pido que no me echara la bronca. 'No padre, le llamo porque mi padre se está muriendo y me gustaría que viniera a verle'. Le di la unción y se murió esa misma tarde. Las hijas, que no eran nada religiosas, me pidieron que celebrara el funeral. Me conmovió mucho».

También ha sido testigo de conversiones «impresionantes», como la de una mujer que compartía habitación con una amiga del cura a la que llevaba la comunión. «Rezábamos un poco y la señora corría la cortinilla porque no quería saber nada. Pero un día va y se pone a rezar el padrenuestro con nosotros, abre la cortinilla y me pregunta si podemos hablar un ratito, entonces me suelta '¡Me acabo de convertir!'. Me hizo gracia y le digo pero cómo es eso mujer. 'Sí, sí... llevo 14 años sin hablar con el Señor. Estaba enfadada porque perdí a mi hijo, pero hoy cuando os he escuchado rezar el padrenuestro me ha dado un vuelco el corazón. No sé qué ha pasado, he cambiado'».

A Francisco le gusta hablar de sus cinco compañeros capellanes como un 'all star' «muy bien avenido». Hace unos meses, el «equipazo» hizo feliz a un pequeñín ingresado en el Ramón y Cajal después de caer al suelo de los brazos de su madre asesinada por su pareja. Se recuperaba de las heridas físicas y emocionales, y los seis capellanes le cogieron mucho cariño y le regalaron la equipación completa del Real Madrid.

Belén, la 'debilidad' de Francisco

Entre todos sus 'pacientes', («en cada guardia hablo con más de 150 personas»), siente debilidad por Belén, la joven sevillana de la 717, que se ha ganado el corazón de toda la séptima planta. Lleva ingresada desde enero por un cáncer de médula sin posibilidad de trasplante que le ha dejado inmovilizada. Acaba de cumplir 31 años, se iba a casar en mayo, y derrocha fe por los cuatro costados.

Acompañamos al páter a ver a Belén a su habitación, convertida en un pequeño santuario con un altarcito de figuras e imágenes de la Virgen y decenas de cintas de 'La Pilarica' amarradas a la barra de su cama. Se las envían desde todos los rincones de España al conocer su historia por su Instagram, donde tiene una legión de seguidores, 134.000, a los que traslada su optimismo vital a prueba de bombas, tumores y lo que sea.

«Yo tengo cáncer, no tengo movilidad y paso momentos complicados de dolor. Me esfuerzo todos los días por estar bien, pero he decidido abandonarme en el Señor y confiar en Él. La enfermedad ha hecho crecer mi fe, vivo mi situación en paz; los capellanes vienen cada mañana a traerme la comunión, me confieso con ellos, charlamos, están en los momentos difíciles y en los buenos. Y Francisco», precisa Belén sobre su amigo sacerdote, «siempre lleva la sonrisa puesta. Con él tengo una relación muy especial, muy bonita… me ha enseñado a ser agradecida con la gente que me rodea y me ha ayudado a ser mejor persona y a estar en paz conmigo misma».

Entonces el cura de guardia le coge la mano, clava sus ojos vidriosos en los de la chica y le dice: «Belén, tú me alegras la vida».

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