Obituario

Antonia del Brío, una vida abriendo puertas

Esther del Brío, senadora del Partido Popular por Salamanca, recuerda a su hermana mayor recientemente fallecida

ESTHER DEL BRÍO Salamanca

Imaginen ser la hermana mayor y que tras de ti vengan otros seis hijos… No sé si da vértigo o es el mayor regalo de la vida, pero seguro que es una responsabilidad enorme. Esa responsabilidad le correspondió a mi hermana mayor, Antonia Mª, que ha fallecido este pasado domingo, tras casi tres años de un diagnóstico fatídico y muchos meses de lucha y de esperanzas rotas. Los hermanos mayores tradicionalmente nos van abriendo puertas; mi hermana nos abrió muchas, aunque con seis hermanos inquietos detrás estaba claro que alguno descubrió alguna puerta antes que ella. Fue decisiva para marcarnos el camino que seguiríamos después. De todos los grandes principios y enseñanzas que recibió de mis padres y mis abuelos ella eligió dos principios: la honestidad y la bondad; y dos hobbies: el cine y la literatura. Creo que esas cuatro palabras la describen en gran medida a ella y a casi toda la familia. Si ella hubiese tomado otro camino, ¿seríamos como somos el resto de hermanos?

Era Antonia una intelectual con mayúsculas, con la que te podías perder muy fácilmente en una conversación, no solo de medicina o psiquiatría, sino de historia, de política, de literatura, ¿cómo y cuándo era capaz de aprender todo lo que sabía? ¿Cómo podía conocer la palabra precisa, unas veces acariciadora, otras sofisticada, siempre atractiva? Nos transmitió a todos los hermanos su pasión por la lectura; es ella la culpable de que yo me siga colando en todas las librerías y de pasar noches en vela para leer el final de un buen libro. Ella admiraba por encima de todo a Javier Marías. Ahí diferíamos, y siempre bromeo diciendo que es la única persona que conozco que no solo comprende, sino que comparte la filosofía de Marías. Le dolió enormemente conocer la muerte del autor. Curiosamente retomó El Quijote en los últimos meses, convencida de que Cervantes entendió como nadie el sentido de la vida. Yo le volvía los ojos a Santa Teresa, cuyo libro sobre el doctorado honoris causa le he dedicado a ella, pero buscaba una teología más racional. Como literatura ligera, la pasada navidad le regalé la trilogía de la Reina Roja, de Juan Gómez Jurado, ya que comparte nombre con Antonia Scott, y le gustó ver a su avatar trepando y resolviendo misterios. Muchas gracias, Juan, por esos momentos.

Amante de su profesión

Un intelecto tan sobresaliente, con una capacidad de análisis tan precisa, fue probablemente lo que la llevó desde niña a querer conocer la mente y ser psiquiatra. Esa ha sido su profesión durante tantos años, primero como experta en alcoholismo (desde donde casualmente admiró el trabajo de Gonzalo Robles en el plan antidrogas) y en los últimos años formando parte de los Equipos de Salud Mental. Siempre fue optimista e inconformista, aportó ideas, posibilidades, buscando nuevos caminos e imprimiendo un enorme humanismo a su trabajo: transcendiendo los síntomas, humanizando el uso de la farmacología y demandando equipos multidisciplinares. Ha sido muy querida por sus pacientes y familias en Orense, Zamora y muchos se acercan estos días a nosotros con tristeza y agradecimiento. Fue también muy respetada por sus compañeros de profesión donde eran conscientes de su independencia y claridad de criterio.

A pesar de su amor por la psiquiatría y la literatura nunca fusionó ambas pasiones. Cuántas veces la habré animado a dejar por escrito su conocimiento y sus vivencias; ella decía que no era buena escritora. Siempre lo he dudado, porque un escritor es ante todo un buen lector y sinceramente no conozco mayor lectora que ella.

«Fue siempre la mejor compañera de viaje, la mejor compañera de camino»

Probablemente mirando atrás piense que su infancia fue uno de los mejores momentos de su vida, lo ha sido para todos los hermanos, que seguimos siendo «uno para todos y todos para uno». A la casa materna volvió en los últimos meses para retomar el cobijo y el calor de ese hogar que recordaba de niña bajo la protección de nuestra madre. Allí acudimos todos para ayudarla y acompañarla en estos duros momentos y devolverle su generosidad infinita, su respeto y su visión de las personas como lo que somos, todos iguales. Hemos aprendido lo dura e implacable que es la enfermedad y la fortaleza con la que puede llegar a enfrentarla una persona. Hemos aprendido cómo vive en Salamanca una persona con movilidad reducida. También hemos vivido momentos mágicos, compartiendo recuerdos, vivencias, recorriendo parques bajo el sol y centros comerciales bajo la lluvia; buscando entretenimientos que hicieran más breves y más alegres los días. Nos hemos dicho «te quiero», nos hemos enfadado cuando he intentado pedirle cosas que ella tristemente ya no podía hacer; nos hemos divertido probándonos sombreros y esmaltes de uñas de mil colores. Hemos redecorado la habitación con sabor art-decó y recuerdos de la Casa Lis, su lugar mágico desde la infancia, incluso antes de que el Ayuntamiento de Salamanca lo restaurase.

Me ha contado sus anhelos, sus ganas de sanar, de volver a viajar por el mundo, aunque fuese aquí cerca, a Portugal; no ha podido ser. Yo quería ir a Austria, donde ella ya había pasado momentos maravillosos, que recordamos comiendo bombones de Mozart. Fue siempre la mejor compañera de viaje, la mejor compañera de camino, dispuesta a escuchar y a ayudar a los demás.

Su muerte ha sido casi dulce después del enorme sufrimiento. Su cerebro, una vez más su parte dominante, dijo basta antes de verse postrada en la cama y perder sus facultades. Se ha ido y los que la queremos sentimos el vacío inmenso que deja y que tenemos que llenar con su enorme luz de amor.

Antonia del Brío, con su padre.

Ella, mientras tanto, estará por fin descansando muy cerca de mi padre, su padre; el hombre que más ha marcado su vida. Casualmente nuestro padre falleció hace doce años en un día, como este pasado domingo, en el que arrancaba el mundial de fútbol. De Sudáfrica a Qatar; dos países ajenos a nosotros y que de repente marcan nuestras vidas. El otro gran hombre de su vida ha sido su hijo que recibe como herencia esa enorme sabiduría y esa autoexigencia que hacen de ellos personas tan especiales.Uno de los mayores lamentos de mi hermana fue encontrarse enferma durante el confinamiento y todas las restricciones COVID que han venido detrás. Quiero que el suyo sea el testimonio de tantos enfermos que además de la enfermedad se encontraron con días de restricciones, de inmovilidad, de puertas cerradas y alas cortadas y han tenido que sufrir esa enorme limitación al final de sus vidas. También quiero expresar en su nombre el agradecimiento a la Asociación Española contra el Cáncer, por su enorme generosidad y el papel inmenso que realizan en Salamanca. Hacen falta más recursos y nuevos paradigmas en la investigación del cáncer y es obligación de todos, más aún de los responsables públicos, abrir esas puertas. Quizás sea esa la última puerta que mi hermana pueda ayudarme a abrir. Descanse en Paz.