Ignacio López Chaves, / S.H

Ignacio López Chaves: un ganadero risueño y leal

Los amigos más cercanos del joven fallecido resaltan su buen corazón y sus tres grandes pasiones

L.L

Cabezón, sociable, trabajador, con un corazón enorme, generoso y lo que más le definía, leal. Así hablan de él tres de las personas que mejor le conocían, amigos íntimos de Ignacio López Chaves, o 'Ina' como ellos mismos le llaman, el joven ganadero fallecido a los 20 años. Quienes tenían una estrecha relación con él, coinciden en que era una persona risueña, cercano y «el típico que se llevaba bien con todo el mundo». En realidad, aún hablan de él en presente porque no son capaces de recordarle en pasado. Así le han recordado con un minuto de silencio en el partido de Unionistas.

Varo le conocía desde los cinco años cuando empezaron a entrenar al fútbol. Después, el colegio les hizo inseparables y desde entonces no había un día que no se vieran. Si no era dando una vuelta, era entrenando a un equipo de prebenjamines, y ahora la ausencia le pesa aún más: «a ver cómo se lo digo a los niños de siete años». El joven era especialmente cercano con los más pequeños, tanto que su mejor amigo reconoce riéndose que «a pesar de ser yo el primer entrenador, no me dejaba hacer nada».

Apasionado del fútbol, de los toros y de la ganadería, de la que hizo su trabajo. La admiración a su progenitor Ignacio López Chaves, ganadero de toro bravo y a su tío Domingo López Chaves le unía aún más al ambiente taurino. Sin embargo, por quien sentía verdadera devoción era por su hermana pequeña, su «ojito derecho». «A su hermana le adoraba, desde siempre le ha inculcado sus valores, el fútbol y la tauromaquia», señala Lucía. Ese era su mundo y con lo que más disfrutaba, sobre todo después de que empezara a trabajar con su padre. «Siempre ha sido un cabezón, y aunque su padre quería que siguiera estudiando, se le metió en la cabeza que quería trabajar con él y lo consiguió», apunta Varo.

Persistente con lo que quería, consiguió hacerse un hueco en el mundo que le apasionaba aunque no dejó nunca de lado lo que más le llenaba: estar con su gente. «Era incapaz de enfadarme con él», reconoce Lucía, que conoció a Ina en tercero de primaria y forjaron una amistad irrompible. «Por muy poco trato que hubieras tenido con él, le conocías y pensabas: este tío es genial», recuerda la joven. Tal era su capacidad de hacer amigos, -buenos amigos-, que Varo asegura que si en el grupo no estaba él «era como que faltaba algo, y ya cuando venía estábamos completos».

Esa sensación que conseguía trasladar a los demás y que se hacía aún más intensa en el Campamento Jucayba, que tanto Lucía como Pepo compartieron con él desde la infancia y consiguió reforzar aún más su amistad. De hecho, este último año Lucía lo recuerda como uno de los más especiales porque pese a que Ina pretendía quedarse solo dos días, acabó alargando su estancia para estar más tiempo con los suyos. «Yo era monitora de algunas niñas, y cuando me preguntaban '¿Quién es Ina?', yo les decía: 'el mejor moni'.»

Una sonrisa eterna

Ahora temen no volver a conseguir esa plenitud, aunque sostienen que siempre le recordarán por su sonrisa. «Siempre se estaba riendo y animando a los demás, cuando pienso en él le veo así», añade Lucía. Una alegría que contagiaba a aquel que estaba cerca de él y que hoy impregna el recuerdo de sus amigos. También su generosidad, en todos los sentidos, era una de las grandes virtudes de Ignacio que hoy despiertan las anécdotas de sus allegados. «Cuando tenía dinero, le encantaba gastarlo con nosotros, igual nos pagaba la comida a todos», comenta Varo.

Una generosidad que se traslada también al ámbito más personal. Gracias a él, Pepo, otro de sus amigos más cercanos, consiguió hacer un grupo en Ledesma. «Si ahora tengo un grupo de amigos allí es porque él me presentó a sus amigos, yo soy de una urbanización alejada del pueblo y no conocía a nadie», recuerda. Las fiestas del municipio eran también una excusa para que Ina ofreciera todo lo que tenía y Pepo recuerda que «siempre se quedaba a dormir en su casa con su familia».

La lluvia de momentos con él inundan ahora su cabeza, y sirven de consuelo para asimilar lo sucedido. En el caso de Varo, la sonrisa en la cara cuando se despidieron la tarde antes de su fallecimiento es el retrato que guardará para siempre. «Nos reímos muchísimo ese día, me acuerdo que me dijo: 'vaya tarde hemos pasado, me duele la mandíbula de reírme'». Esas carcajadas serán la banda sonora de un recuerdo que, por muchos años que pasen, no se verá jamás difuminado.

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