Sara Jakubiak y Dean Power, en 'Arabella'. / JAVIER REAL

El Teatro Real subsana una «laguna» al programar 'Arabella', de Strauss

La última ópera del músico, fruto de su colaboración con el poeta Hugo von Hofmannsthal, se presenta por primera vez en Madrid, 90 años después de su estreno en Dresde

Antonio Paniagua
ANTONIO PANIAGUA Madrid

«Un acontecimiento mayúsculo». Así califica Joan Matabosch, director artístico del Teatro Real, la representación de la ópera Arabella, de Richard Strauss, que se verá en el teatro Real del 24 de enero al 12 de febrero. Y no es para menos. Arabella ha tardado nueve décadas en llegar a Madrid tras su estreno en Dresde (Alemania). Es la sexta y última obra que escribieron juntos el compositor Richard Strauss y el dramaturgo Hugo von Hofmannsthal, unión de la que surgieron títulos como 'Elektra', 'El caballero de la rosa' o 'Ariadna de Naxos'. Con esta representación se subsana una laguna inexplicable en el acervo del Teatro Real.

La producción cuenta con la dirección musical de David Afkham, el director de la Orquesta Nacional de España, gran conocedor de la música de Richard Strauss, que dirigirá su segunda ópera en el Teatro Real, después de 'Bomarzo' en 2017. La dirección escénica corre a cargo de Christof Loy, que ha firmado ya en el coliseo madrileño cuatro prestigiosos montajes, dos de ellos de óperas de Strauss: 'Ariadna de Naxos' y 'Capriccio'. Loy lleva profundizando en la obra casi dos décadas, pues la producción que se verá en Madrid fue inicialmente concebida para su representación en Gotemburgo en 2006, y ha ido evolucionando desde entonces hasta el montaje actual. La obra, calificada por Matabosch como «comedia triste», cuenta la historia de un noble empobrecido por el juego y el despilfarro, que para salvar a su familia de la ruina ofrece la mano de su hija mayor, Arabella. La protagonista acepta este papel degradante con valentía, ocultando su vergüenza a través del juego de seducción de un rico provinciano ajeno a la hipocresía de la sociedad vienesa, que terminará en un agridulce «final feliz».

y serias, que profundizan en lo que subyace bajo los cánones de la comedia.

Para la puesta en escena de la obra, Christof Loy juega con dos niveles, un realismo casi cinematográfico en cuanto a la escenografía, donde el director alemán despoja el espacio de adornos, decoración palaciega y trajes engalanados, y transforma un lujoso hotel en un lugar diáfano concebido por el escenógrafo y figurinista Herbert Murauer, y otro nivel más psicológico, «como primeros planos de los personajes en los que nos olvidamos del entorno». «No se puede separar -añade- a los individuos de la sociedad en la que viven. Y esta puesta en escena no lo hace».

Bloques musicales

En cuanto a la partitura, David Afkman asegura que «musicalmente, la obra se entiende desde el texto, a diferencia de títulos como 'Elektra' o 'Salomé', que son bloques musicales en sí mismos».

La música de Strauss es rica en requiebros y dobles sentidos, va dando voz a un reparto de personajes caricaturescos, perfilados con sutiles leitmotiv que articulan y entrelazan valses, polonesas, melodías eslavas, partes cantadas y habladas, con una orquestación genial, cristalina y minuciosa, que alcanza vuelos de grandísimo ímpetu emocional.

Incluso en el tratamiento vocal de los personajes quiso Strauss crear símbolos, dice Joan Matabosch. Hay un personaje, Zdenka, hermana de la protagonista, a la que su familia quiere hacer pasar por chico: «En la competitiva sociedad vienesa era muy complicado educar y poner en el mercado de jóvenes casaderas a dos hijas, con todo lo que implica en gastos de vestidos, joyas, perfumes y galas», apunta Matabosch. Pero, irónicamente, Strauss no utiliza una mezzo para el papel, sino que le asigna una tesitura de soprano incluso más aguda que la de su hermana «con notas que parecen protestar a cada momento contra esos pantalones que le hacen llevar».

 

La ópera ha experimentado una creciente revalorización en los últimos años, gracias a interpretaciones musicales y dramatúrgicas más hondas

 

 

La ópera ha tenido un proceso de ensayos más largo de lo habitual, ya que comenzaron el 4 de diciembre. Según Mataboch, hay óperas que se pueden planear desde el papel, pero 'Arabella' ha de construirse necesariamente durante los ensayos. «Es casi más importante -añade Matabosch- la relación entre los personajes que las individualidades».

Los cantantes, actores y bailarines, ataviados en blanco y negro, se mueven como en una gran coreografía emocional, despojados de sus máscaras, en una lectura de gran hondura psicológica y meticuloso trabajo actoral, en el que destacan la soprano Sara Jakubiak y el barítono Josef Wagner como Arabella y Mandryka respectivamente. Los acompañan Sarah Defrise, Martin Winkler, Anne Sofie von Otter, Matthew Newlin, Dean Power, Roger Smeets, Tiler Zimmerman, Elena Sancho Pereg, Barbara Zechmeister, José Manuel Montero, Benjamin Werth, Niall Fallon y Hanno Jusek.

En paralelo a la representación de Arabella, el Teatro Real, en colaboración con el Museo Nacional de Artes Decorativas, el Museo del Romanticismo, el de Arte Contemporáneo y el Museo de Historia de Madrid, ha organizado actividades relacionadas con la obra y su época. Asimismo, Arabella se emitirá en directo en MEZZO el 9 de febrero a las 19 horas.