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Los votantes de Gwinnett Count, en Atlanta, ejercen su voto en un pabellón deportivo.

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Los votantes de Gwinnett Count, en Atlanta, ejercen su voto en un pabellón deportivo. Reuters

Biden se enfrenta a dos años de inmovilismo ante la casi segura pérdida de la Cámara Baja

Las primeras prospecciones apuntan a un triunfo republicado que frenará la agenda del presidente y hasta la ayuda a Ucrania

mercedes gallego

Corresponsal. Nueva York

Martes, 8 de noviembre 2022, 22:34

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Si se cumple la inexorable cita de la historia con las urnas, el partido en el poder habrá perdido hoy al menos el control de la Cámara Baja. El 3 de enero, cuando los legisladores salidos de estas elecciones juren su cargo, Kevin McCarthy tendrá un nuevo puesto y podrá «golpear en la cabeza» con el mazo a Nancy Pelosi, como dijo en un mitin el verano pasado, antes de que un enajenado convirtiera la frase en profecía en la testa del esposo de la veterana política demócrata.

Lo tenía fácil. Cada vez que un presidente llega a las elecciones de medio mandato con una popularidad menor al 50%, los votantes castigan a su partido retirándole la confianza. Biden tiene menos del 40%. Si siempre se paga un precio por hacer campaña en verso y gobernar en prosa, la crisis energética surgida de la invasión de Ucrania y la presión inflacionaria que ha dejado la pausa productiva de la pandemia eran la receta segura para cabrear al electorado.

El Partido Demócrata partía con malas cartas, porque las elecciones de 2020 le dieron la mayoría más ajustada de los últimos noventa años. La oposición solo necesitaba una ganancia neta de cinco escaños para arrebatarle el puesto a la portavoz del Congreso. La redistribución de los distritos electorales aseguraba que incluso en Estados como California fuera fácil apuntarse nuevos escaños.

La única duda que tenían ayer los expertos es si la nueva mayoría republicana será por más o menos de quince escaños, que es el margen que permitiría al nuevo líder de la Cámara Baja gobernar cómodamente sin tener que acomodar a los extremistas de su partido. David Weisseman, analista de Cook Political Report, estimaba que cuando acabe el conteo la ventaja para los conservadores será de entre quince y treinta asientos.

Ha llegado la hora de la venganza, el plato favorito de Donald Trump. Los legisladores republicanos tratarán de complacerle en estos dos años que faltan para las presidenciales. Con la presidencia de los comités a su cargo, se acabaron las investigaciones de la insurrección del 6 de enero o cualquier otra que ponga en un brete al expresidente.

Por el contrario, los republicanos buscan pagar con la misma moneda. Biden puede esperar que se investiguen los negocios de su hijo Hunter Biden en China, la desastrosa retirada de Afganistán y hasta el papel que tuvo Biden Jr. en Ucrania. Llevado al extremo, se habla de impeachment, cuyo éxito dependerá de las manos en que quede el Senado. Trump sufrió dos juicios políticos que no prosperaron porque su partido le guardó las espaldas en la Cámara Alta.

Freedom Caucus

Si el margen de la victoria republicana es ajustado, Mccarthy tendrá que hacer concesiones al Freedom Caucus, poniendo al frente de comités tan transcendentales cómo el judicial a personajes como el diputado Jim Jordan, que según el historial de llamadas telefónicas habló con el presidente Trump durante diez minutos la mañana del 6 de enero de 2021, poco antes de que se produjera el asalto al Capitolio. Jordan defendía que el entonces vicepresidente, Mike Pence, tenía autoridad legal para detener la certificación de los resultados electorales que dieron la victoria a Biden.

Otro rostro a contemplar será el del político de Kentucky James Comer, cuyo nombre se baraja para el Comité de Supervisión y Reforma. Bajo su mirada el nuevo Congreso no solo sería obstruccionista de la agenda de Biden, sino que incluso amenaza con deshacer algunos de sus logros más importantes, como la Ley de Infraestructura o la de la Inflación, que financian la inversión en el país. Comer es un 'chinocentrista' que quiere pasar factura al gigante asiático por haber desatado la pandemia y pide que se retiren los fondos a la Organización Mundial de la Salud por su papel en la crisis.

El personaje más temido es la congresista Marjorie Taylor Greene, a la que los demócratas expulsaron de sus funciones en los comités por difundir comentarios inflamatorios y teorías conspiracionistas. De ella partían las ideas de que el tiroteo del instituto de Parkland era «un montaje» para justificar una nueva campaña de control de armas por parte de los demócratas. Greene borró varios vídeos que colgó en Facebook acusando a la líder demócrata Nancy Pelosi de «haber cometido traición» y pedir para ella en consecuencia «la pena de muerte».

Incluso antes de saber qué papel tendrá en el nuevo Congreso, Greene ha prometido que con su partido en el poder «Ucrania no verá un céntimo más de Estados Unidos». Según dijo, ha llegado el momento de que los europeos «arrimen el hombro». McCarthy, que todo el mundo ve como el próximo portavoz del Congreso, no es tan radical, pero ya ha dicho que la ayuda de Estados Unidos al Gobierno de Zelenski no es «un cheque en blanco».

En esto de la vendetta, Greene y sus acólitos del Freedom Caucus pedirán que lo que se le hizo a ella se le aplique a las congresistas más señaladas del ala izquierdista del Partido Demócrata: Ilhan Omar, Rashida Tlaib y Alexandria Ocasio-Cortez. Las tres renovaron este martes su mandato en las urnas sin dificultades, pero en los próximos dos años tendrán que cuidarse más de criticar «las atrocidades» de Israel o las de su propio país en Afganistán.

A Estados Unidos le aguardan dos años de inmovilismo que el Partido Republicano aprovechará para desgastar la imagen del presidente Biden, aspirante a la reelección en lo que sería un auténtico 're-match' de Biden contra Trump, si ambos candidatos cumplen sus intenciones de seguir representando a sus partidos en las urnas para 2024.

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