Borrar
Biden atiende a la prensa antes de subirse al Air Force One para viajar de Maryland a Washington. REUTERS
Un discurso para probar la vitalidad de Biden

Un discurso para probar la vitalidad de Biden

El presidente aprovecha la sesión sobre el estado de la Unión para hacer campaña y disipar la percepción de que es demasiado viejo

Mercedes Gallego

Corresponsal. Nueva York

Jueves, 7 de marzo 2024

Necesitas ser registrado para acceder a esta funcionalidad.

Opciones para compartir

Horas después de que su país se convirtiese en el miembro más reciente de la OTAN, el primer ministro sueco Ulf Kristersson estaba anoche sentado en el palco de invitados de la primera dama de Estados Unidos, Jill Biden, mientras su marido daba en el Congreso uno de los discursos más importantes de su vida.

«Vine a este cargo decidido a guiar al país a través de uno de los períodos más difíciles en la historia de nuestra nación. Y lo hemos logrado», proclamó.

La disertación sobre el Estado de la Unión se produce todos los años. Para Joe Biden, la de este jueves era la tercera, pero al ocurrir ocho meses antes de las elecciones se convirtió en un alegato en favor de su candidatura, que empieza por un balance de su gobierno y una batería de regalos electorales. Todo estaba calculado para favorecer su caso, incluyendo la entrada de Suecia en la OTAN y la fecha del discurso, dos días después de que se consolidasen las candidaturas de Biden y Trump, tras los resultados del supermartes y la retirada del demócrata Dean Phillips y la republicana Nikki Haley.

Es una de las ventajas de estar en la Casa Blanca, a cargo de la agenda de gobierno al mismo tiempo que se apela a un segundo mandato. Es también una de las razones por las que el presidente en turno rara vez pierden la reelección. Este año se encuentra con el caso inédito de enfrentarse a otro presidente en busca de la reelección, que dispone de su misma aura de poder y popularidad, pero no de la capacidad para dirigir la agenda de gobierno. Trump lo contrarrestó con una respuesta en tiempo real a través de su red social Truth Social.

Biden era el único de los dos que anoche podía anunciar la construcción de un puerto temporal en Gaza para paliar la miseria de este pueblo y la indignación de los jóvenes por el papel de EE UU en la masacre. A ratos ya no era el presidente omnipotente, sino el hombre de la calle que empatizaba con las penurias de la clase trabajadora. El mandatario reconoció que el precio de la vivienda es demasiado alto y anunció legislación para proporcionar deducciones fiscales de hasta 10.000 dólares para quienes compren o vendan su primera casa, además de otras medidas para abaratar alquileres, construir, renovar y refinanciar hipotecas. Entre sus planes está también reducir el precio de los fármacos, invertir en energías renovables, elevar la tasa fiscal corporativa al 28% para revertir los recortes fiscales de Trump en 2017 y ejercer mayor control fiscal sobre los millonarios «para asegurarse de que los ricos no se escapan con hacer trampa en sus impuestos», explicó su consejero económico Lael Brainard.

Papel mojado

Todo papel mojado, porque salvo lo que pueda implementar por orden ejecutiva, el Congreso actual no aprobará nada que pueda favorecerle de cara a las elecciones. Lo que los congresistas allí reunidos escrutaban, con interés los republicanos, y aprehensión los demócratas, era la puesta en escena de ese discurso, para el que se anticipaba una audiencia de entre 35 y 40 millones de personas. El doble que los 18.7 que vieron el año pasado la ceremonia de los Oscar, y apenas la cuarta parte de los 123.7 que tuvo la final de la Superbowl el mes pasado. Entonces la Casa Blanca dejó pasar la oportunidad de una entrevista que le ofreció CBS, en tácito reconocimiento de que teme más los lapsus del presidente que las ventajas de comunicación que pueda traerle.

El proteccionismo de su imagen funciona a la contra, porque cuanto menos se le ve, más se milimetra su actuación. Además de no meter la pata ni confundir nombres o países, anoche el mandatario de 81 años tenía que demostrar la energía de un hombre de 70 para probar que la percepción generalizada de que es demasiado viejo para gobernar otros cuatro años, según dijo el 73% del electorado al New York Times, está equivocada.

Los conservadores querían ver a un mandatario inclusivo que apelase a todos los sectores, pero sus asesores saben que nunca podrá convencer a quienes se han sumado ya al movimiento trumpista de Make América Great Again (MAGA). Sólo le queda apelar a las bases con esas promesas huecas, tratar de disuadir la amnesia que ha hecho olvidar el caos del mandato de Trump y luchar contra la percepción de que la mala economía es un efecto óptico a superar en cuanto se asienten las aguas de la inflación pospandémica.

Un espectáculo oratorio de una hora para el que el presidente se estuvo preparando a conciencia el fin de semana pasado en la residencia vacacional de Camp David. Además del primer ministro sueco contó con otros figurantes que apoyaban su narrativa, como Kate Cox, la mujer de Texas que tuvo que recurrir a los tribunales y finalmente dejar el estado para poder abortar a un feto condenado a muerte que ponía en peligro su vida, Jazmin Cazares, hermana de la niña de 9 años asesinada en la escuela de Uvalde (Texas), activista contra las armas, o Shawn Fain, el presidente del sindicato de trabajadores automovilísticos de Detroit (Michigan), que celebró al primer mandatario de EE UU en unirse a los piquetes de una huelga. Una veintena de actores de la vida real para la obra más importante de Biden, que se enfrenta al riesgo de que diez segundos virales arruinen toda la superproducción.

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Reporta un error en esta noticia

* Campos obligatorios