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Funeral del soldado ucraniano Denys Eduardovich Cochenko, de 22 años, en Bajmut. Miguel Gutiérrez Garitano
Los últimos de Bajmut

Los últimos de Bajmut

Los escasos 7.000 habitantes que quedan en la localidad ucraniana sobreviven en el subsuelo, enfrentados al miedo por el futuro de sus hijos si entran los mercenarios rusos

Miguel Gutiérrez Garitano

Domingo, 5 de febrero 2023, 07:09

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La multitud que se congrega en la plaza de la catedral de Sloviansk asiste silenciosa al enésimo funeral celebrado en los últimos días. En esta ocasión se trata de un soldado -Denys Eduardovich Cochenko, de 22 años- perteneciente a una brigada médica que ha sido aniquilada por la artillería rusa mientras trataba de auxiliar a los últimos habitantes de Bajmut, la aldea por la que se baten a muerte los soldados de Ucrania contra los mercenarios rusos del Grupo Wagner. El cadáver llega en un camión frigorífico de la Cruz Roja adornado con banderas ucranianas. Es transportado sobre un corredor de rosas depositadas por la multitud. Tras el oficio religioso, suena el himno, que no consigue acallar el desgarrador llanto de la madre del caído; ésta se aferra a su cuerpo rígido y besa sin parar la cara tumefacta hasta que, en un gesto de amor y piedad, los familiares la agarran y la separan del cadáver.

La batalla por Bajmut se ha convertido en el choque simbólico que define el momento presente -de estancamiento y encarnizamiento de los combates- de una guerra que promete durar largo tiempo. La población, perteneciente al óblast o región de Donetsk, que antes de la guerra tenía 70.000 habitantes, guarece ahora a unos cientos de civiles y a miles de soldados ucranianos que se baten uno contra diez contra las tropas rusas. Los bombardeos con artillería, morteros y cohetes no cesan ni un instante, ni de día ni de noche. Las bajas por ambas partes se cuentan a diario por decenas, tanto que cunden las dudas sobre la necesidad de mantener la resistencia en un enclave que los aliados de la OTAN consideran de poco valor estratégico, por más que por él pase la línea del ferrocarril.

«Los rusos -cuenta un voluntario sobre el terreno que declina identificarse- envían cada día de diez a cincuenta convictos de Wagner contra las líneas ucranianas. Apenas van armados, son balas humanas. Su sentido es otro: cuando son abatidos por las mejores tropas de Ucrania, estas quedan localizadas y es entonces cuando los rusos machacan las posiciones con su artillería. Ni siquiera esperan a que se vayan sus efectivos de allí. Les da igual. Rusia pierde miles de convictos que ya no tendrá que alimentar ni mantener, mientras Ucrania ve morir a decenas de hombres bien entrenados. Esto, en términos de ajedrez, es cambiar peones por damas».

Llegar a Bajmut no es sencillo. Por el norte, las tropas de Wagner conquistaron el martes la aldea de Blahodatne, muy cerca de Soledar, que cayó en enero. Y desde allí, atacan y amenazan la carretera M03, que viene desde Sloviansk. En esa misma zona desaparecieron el 6 de enero los voluntarios británicos Andrew Bagshaw y Cristopher Perry; después se supo que murieron cuando trataban de evacuar a los últimos civiles de Soledar.

Por el sur, los rusos están cerca de la carretera que une Bajmut con Kostiantynivka, y la barren de continuo con fuego de mortero. En este tramo fallecen soldados y voluntarios cada día tratando de mantener viva la resistencia en torno a una población que ya es uno de los símbolos de esta guerra. El único cordón umbilical que le queda a Bajmut es una pequeña pista llena de baches y socavones, que parte desde la aldea de Chasiv Yar. Aún así hay quien califica la ruta como extremadamente peligrosa. Tras salir de un bosque, los vehículos deben pasar por un campo abierto, antes de bajar a Bajmut, que está en una hondonada. Es entonces cuando hacen aparición los drones rusos, que localizan a los vehículos, que son después acribillados por la artillería.

Lo mejor es llegar «en un día nublado para minimizar la capacidad de drones y satélites de localizar los coches», aconsejan los residentes. El mando ruso aseguró el miércoles que Bajmut había sido totalmente cercada, pero ese día todavía fue posible entrar en la localidad. Lo cual no resta peligro a las tentativas: El 10 de enero fueron gravemente heridos dos voluntarios polacos y, esta misma semana, ha sido castigada con dureza una Brigada Médica del Ejército ucraniano. Cada día que pasa, el acceso es más peligroso y complicado, y el pueblo, conocido por sus famosas minas de sal, corre ya un riesgo cierto de ser embolsada por las tropas rusas.

Unos 10.000 habitantes resisten como pueden en el subsuelo, protegidos por miles de soldados que pelean contra el invasor desde trincheras heladas y pernoctan en búnkeres inundados a la luz de las velas. El combate cuerpo a cuerpo es casi siempre de noche. Pero los bombardeos no cesan ni un momento.

La muerte llega a su cita una y otra vez, sin que nadie pueda augurar qué casa será destruida o a quién le citará la parca. En las calles, como fantasmas, de tanto en tanto, se ve a algún habitante que trata de sobrevivir al trance, como la anciana que corta leña en un parque céntrico, la joven que fuma asustada en la puerta del refugio asida a un trineo con el que acarrea los víveres, o el hombre acuclillado contra un muro mientras acaricia a su perro, como tratando de darle una esperanza que, dada su expresión, no parece guardar para él.

En un sótano, lo que antes era el club de boxeo local se ha transformado en uno de los que el presidente Zelenski denomina «puntos de invencibilidad». Dos enormes estufas de leña dan calor al amplio espacio donde un sacerdote oficia una misa cantada con una guitarra. Un puñado de voluntarias ofrece sopa caliente cerca del rincón donde los silenciosos habitantes de Bajmut cargan sus teléfonos móviles. El cuadrilátero donde se dirimían las peleas pugilísticas lo ocupan ahora tres o cuatro niños que juegan ajenos a todo. «Hay -dice un voluntario ucraniano- unos quinientos infantes en los subterráneos de Bajmut. Por eso tenemos que resistir. Imagina lo que puede ocurrir si llegan aquí los asesinos y violadores que forman parte de Wagner».

Sin embargo, no todos los habitantes de la localidad recurren a los discursos patrióticos. Algunos de los más mayores, por el contrario, muestran ciertas inclinaciones prorrusas. Una mujer le dice a un atónito periodista que los cohetes rusos que caen frente a nosotros, son, en realidad cosa de Ucrania. Vaclav, un anciano tocado por un sombrero ushanka, asegura que el pueblo «se llama Artemiusk» (nombre ruso de Bajmut) y afirma que en el pasado fue soldado de la Unión Soviética. «Resulté herido en la invasión de Checoslovaquia en la década de 1960», recuerda.

«La mayoría de los habitantes apoyan a Ucrania, pero han huido a zonas más seguras. Entre los que quedan hay ancianos, algunos de los cuales aún tienen conexiones afectivas con la URSS. Incluso sospechamos que algunos sean espías», comenta un voluntario con larga experiencia en la zona.

Un lugar sin valor estratégico

Los expertos estrategas occidentales creen inminente la caída de Bajmut. Le confieren, no obstante, escaso valor estratégico, por más que sea un nudo ferroviario y un paso más hacia las ciudades vitales de Sloviansk y Krammatorsk. Rusia ha empezado a sustituir a los mercenarios del Grupo Wagner por soldados del Ejército convencional, que son parte de los 300.000 reclutas que fueron movilizados hace meses y que han sido entrenados y armados para la ocasión. Y es 'vox populi' que una gran ofensiva por parte de Putin parece inminente, tal vez, según fuentes oficiales europeas, «para el primer aniversario de la guerra, el 24 de febrero».

De cumplirse esta predicción, será mucho antes de la llegada de los deseados tanques Leopard y Abrams prometidos por los aliados occidentales. Por ello, el presidente estadounidense, Joe Biden, ha insistido estos últimos días a su homólogo Volódimir Zelensky que abandone Bajmut y concentre sus fuerzas en el frente sur, estratégicamente mucho más vital.

Pero el líder ucraniano por ahora no cede. Y es más, ha enviado a su mismísima guardia presidencial a pelear en este «Stalingrado del siglo XXI» tras reconocer que los enfrentamientos son «encarnizados». Las bajas diarias de ambos bandos se cuentan por decenas. ¿Caerá Bajmut tras ser embolsada en los próximos días como una segunda parte de Azovstal? ¿O resistirá contra todo pronóstico como lo hicieron antes Kiev y Jarkov? Nadie lo sabe. Pero lo que está claro es que Bajmut es ya un infierno en la Tierra cuyo recuerdo perdurará.

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