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Los niños Carlos González Morollón y Anastasia Russo tras una sangrienta travesura.
'Tin & Tina': He adoptado a dos niños diabólicos

'Tin & Tina': He adoptado a dos niños diabólicos

La ópera prima de Rubin Stein trasciende del género terrorífico de críos inquietantes y convierte en pesadilla el 'Súper Disco Chino' de Enrique y Ana y, por extensión, la España de los 80

Jueves, 30 de marzo 2023, 16:10

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'Tin & Tina' arranca fuerte. España, 1981. Una novia embarazada sale de la iglesia en su boda para recibir la lluvia de arroz, cuando su vestido empieza a teñirse de sangre en la entrepierna. En ese momento, Tejero entra en el Congreso de los Diputados. Ahí es nada enlazar un aborto espontáneo con el golpe de estado del 23-F.

Rubin Stein (Navalmoral de la Mata, Cáceres, 1982) debuta en el largometraje ampliando el corto homónimo que dirigió hace diez años, merecedor de 30 premios en festivales internacionales y que llegó a estar nominado al Méliès de Oro al mejor corto fantástico europeo. En apariencia, su ópera prima puede remitir al subgénero de niños diabólicos, que tantos peliculones ha proporcionado en el cine de terror: '¿Quién puede matar a un niño?', 'La profecía', 'El exorcista'... Sin embargo, la cinta va más allá. Subvierte los clichés con inteligencia y releva a un director con una mirada propia.

Tráiler de 'Tin & Tina'.

Milena Smit y Jaime Lorente encarnan a este matrimonio en la cuerda floja cuando los médicos le diagnostican a ella que nunca podrá tener hijos. La solución vendrá de la mano de las monjas de un convento, que acogen a niños abandonados o con problemas físicos y psíquicos. La pareja adoptará a Tin y Tina, los pequeños que tocan el órgano en la capilla y que parecen salidos de 'El pueblo de los malditos' (Carlos González Morollón y Anastasia Russo, una cría con más de 400.000 seguidores en Instagram, que empezó a colgar fotos suyas con cuatro años).

A pesar de su inquietante aspecto, fruto de su albinismo, Tin y Tina se revelan un cielo de niños. Disciplinados y obedientes, son incapaces de comer sin bendecir la comida y salpican sus juegos infantiles de citas bíblicas. Abandonados a la puerta del convento, se han criado con las religiosas. Su problema es que hacen una interpretación literal de los textos sagrados.

Milena Smit sin una pierna, como la Tristana de Luis Buñuel.

Ambientada casi en su totalidad en un caserón aislado en mitad del campo sevillano, la película desgrana el enrarecimiento en la relación entre los felices padres y sus nuevos hijos, cuyas 'travesuras' cada vez resultan más inquietantes. El padre, piloto de líneas aéreas, casi siempre está fuera. La que abre los ojos ante la realidad que tienen en casa es el personaje de Milena Smit, que logra una de sus mejores composiciones hasta la fecha.

Educación ultracatólica

Rubin Stein sabe que ya se han contado muchas historias sobre niños que dan mal rollo. Así que retrata a Tin & Tina como dos criaturas angelicales, «seres de luz», como se dice en la película, que nunca tienen conciencia de hacer mal. Sus actos son fruto de la educación ultracatólica recibida.

Otro aspecto que proporciona mucho juego al director es la época elegida, la España de los 80, que inunda la pantalla de referencias y observaciones sociológicas. Empezando por ese matrimonio con marido machista, que asistirá al nacimiento de la conciencia feminista en la que hasta entonces parecía la sufrida protagonista de 'La semilla del diablo', a la que la falta una pierna, como a la Tristana de Buñuel.

Teresa Rabal como la madre superiora de 'Tin & Tina'.

Los programas de televisión de aquel tiempo, con el 'Un, dos tres' a la cabeza, aportan el pellizco sentimental. Teresa Rabal, que llevaba ausente cuarenta años de la gran pantalla, aporta su presencia y maravillosa voz como madre superiora en lo que debería ser el reinicio de su carrera cinematográfica. Rubin Stein recupera asimismo a Luis Perezagua, Ruth Gabriel y Chelo Vivares, todos ellos actores de 'Barrio Sésamo'.

Qué mejor banda sonora para una pesadilla que el 'Súper disco chino' de Enrique Ana, que crispa los nervios en este cuento moral sobre el fanatismo religioso y el miedo, trufado de humor negro y mecido por la partitura de Jocelyn Pook, la compositora de Stanley Kubrick en 'Eyes Wide Shut'. Lástima de clímax alargado hasta la extenuación.

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