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Afectados por el volcán de La Palma. P. Cobos / R. C.
Siete historias que se cruzan a los pies de un volcán dormido
Un año después

Siete historias que se cruzan a los pies de un volcán dormido

Con desilusión y optimismo se afronta la reconstrucción de La Palma. «Verás a la gente babeándose toda, como en las películas de zombies», vaticina un agricultor

Lunes, 19 de septiembre 2022, 00:16

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Los que viven en el costado herido de La Palma ven la cima de su nuevo volcán, que se alza 1.200 metros por encima del nivel del mar, con resquemor. En una de las casas de modulares donde se han realojado un centenar de personas que perdieron su hogar viven, por ejemplo, dos niñas, de 12 y 7 años, que prefieren los días nublados: la niebla tapa el volcán, omnipresente desde el sofá de la televisión y el jardín. Otros prosiguen la observación científica para desentrañar su evolución y desmentir bulos: es falso que persistan los ríos de lava bajo algunos metros de la superficie. O bajan la mirada para ver cómo reformar la casa que siguió en pie o revivir la platanera mustia donde algunos tallos intentan reverdecer. Estas son sus voces, lo que dicen bajo la sombra del Cumbre Vieja:

Fran Simón y Ana Luna, con su perro Colo, en su casa de Las Manchas. Pablo Cobos

Ana Luna y Fran Simón. Las Manchas. 69 y 68 años

El abuelo de Fran Simón construyó su hogar en el camino de Las Manchas hace más de cien años, al pie de lo que sería el volcán de Cumbre Vieja. Su padre emigró a Venezuela en la década de los cuarenta y no volvió. Pero sí Fran con su esposa, Ana Luna, y sus dos hijos. Farmacéutica ella, ahora con 69 años; y asistente de farmacia, él, hoy con 68, probaron suerte en Barcelona y luego decidieron marchar a La Palma en 2019, donde al menos tenían esa vieja casa de techos altos, herencia de la madre de él. La arreglaron y comenzaron a ganarse la vida con pequeños trabajos y el alquiler del frente de la vivienda, donde había una tienda.

Con el volcán «nuestra vida cambió totalmente», asegura Luna. «Yo nunca hubiera ido a vivir donde hay un volcán, y ya ves. Pero hemos subsistido y te haces más sensible como persona», dice él. Desalojados durante siete meses, la casa se mantuvo en pie, con la puerta abierta por el peso de las cenizas de metro y medio de alto. «Estaba tan caliente que quemó hasta los colchones, rompió los vidrios», recuerda ella. Pero la tienda no volvió a abrir, debido a que este poblado es uno de los más aislados por los caminos imperfectos de la isla.

Beneficiados con ayudas del ayuntamiento, el cabildo y la Cruz Roja, Simón, aficionado a la carpintería, instaló enchufes, puertas y ventanas, arregló muebles que le regalaron y limpiaron a fondo. Decidieron volver en abril. Viven en la pobreza. «Al mercado voy agradecido de poder comprar algo y hay gente que ha perdido incluso sus casas», dice Simón. «Hay que buscar la forma de no quedarse, porque vivir así no tiene sentido».

Víctor Bonilla. Las Cabreras. 51 años

El agricultor Víctor Bonilla, con fanegas de plátano en varios puntos de la isla, perdió por la lava su finca de Las Cabreras «y además le pasaron una pista por encima». Ahora intenta no perder la cosecha de este año en sus tierras de Los Llanos, La Laguna y Las Mantillas. Vive con la angustia de los días. «La planta tarda doce meses en sacar la piña», asegura Bonilla. «El tiempo de siembra se acaba en septiembre. Pero no tenemos agua. Las cisternas la pagamos de nuestro bolsillo. ¿Las vas a sembrar en invierno? ¿Para sacar un racimo chico si acaso? Vamos a destiempo».

Entre los agricultores están los que perdieron sus plataneras bajo las coladas, los que las ven morir por falta de riesgo, los que tenían estanques y recuperaron sus invernaderos, y los que encontraron las fanegas destruidas y sucias. «Vale entre 12.000 y 15.000 euros sólo limpiarlas», mantiene. «Las ayudas no han llegado y se está trabajando con dinero prestado. De cada siembra viven cuatro y sus familias: el que recoge, el que empaqueta, el que lo lleva al muelle y el agricultor. De nada sirve que suban los precios de unas pocas que queden en pie. Estos cuatro se quedan sin trabajo».

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¿Cómo están los palmeros ante la lentitud de las obras para devolver el agua a las zonas afectadas? «Aquí el palmero es muy pacífico y tranquilo», reflexiona. «A la hora de reclamar nos dicen que somos aplatanados y es verdad. Ha transcurrido un año y la gente está cada vez más desesperada y hundida. El próximo año verás a la gente babeándose toda, como en las películas de zombies».

David Calvo, portavoz de Involcán, en los días de la erupción. R. C.

David Calvo. Involcán. 46 años

En La Palma corren rumores sobre el volcán, desde que se apagara el 13 de diciembre. En días húmedos se le ve humear y se dice que corren ríos de lava que quedaron descubiertos cuando una excavadora abrió un hueco de tres metros de profundidad. «El volcán está en una etapa pos-eruptiva. Es un proceso bajo la isla que en la superficie no se ve pero sigue ahí. Continúa la desgasificación del magma que se quedó sin salir y siguen los terremotos, que indican un asentamiento del cono volcánico, ahora un edificio inestable», explica David Calvo, portavoz de Involcán, que permanece en continua monitorización científica del Cumbre Vieja.

«La principal novedad es que sucedió en un entorno urbano y los gases que se expulsan son letales si se concentran en sótanos o locales bajos. Pero desconocemos por cuánto tiempo seguirá», indica Calvo que desmiente la supuesta lava líquida que sigue fluyendo. Es un bulo. «Se ve la incandescencia (brasa en la roca) en algunas zonas, como efecto de las altísimas temperaturas. Está a más de 500 grados centígrados, pero no hay lava moviéndose en la zona del cráter».

Pasado un año desde el estallido, «existe un comportamiento habitual del volcán», dice. «No vemos una tendencia descendente en la gasificación. Los gases pueden estar en el mismo nivel durante años. Hay que tener paciencia».

Leticia García, en la casa de madera de Los Llanos de Aridane. p. Cobos

Leticia García Sánchez. Los Campitos. 34 años

Con tres hijos, el menor con una afección cardiaca de nacimiento, Leticia García Sánchez perdió su casa terrera, que había refaccionado con un «crédito personal», bajo la lava en Los Campitos. Su pareja, Alberto, había ido a salvar lo que pudiera, recuerda. «Sacó las gallinas y me dijo que se quedaba a apagar eso y se escondía de los bomberos». Apareció por la noche. Durante meses durmieron en un sótano y un «pajerito». Todos en dos camas. «Llamaba a los alquileres pero me preguntaban cuántos éramos en la unidad familiar. No lo conseguí».

A principios de abril, a esta mujer de 34 años que trabaja con personas dependientes mientras deja a sus dos hijas mayores al cuidado de Sonrisas, le entregaron una de las cinco casas de madera del Cabildo, con un contrato de alquiler de tres años. Una de las pocas construcciones que se han levantado en estos meses para los damnificados. Una veintena de viviendas hechas con contenedores todavía están en obras. Sus vecinos son de Todoque y La Laguna, que también perdieron sus propiedades. «Vivo en la negación. Pienso que voy a volver a mi casa. ¿Soy caprichosa por querer lo que tenía?».

Miguel Ángel Morcuende, en Santa Cruz de La Palma. P. Cobos

Miguel Ángel Morcuende. Santa Cruz de La Palma. 67 años

Fue director técnico del Pevolca durante la emergencia que acabó el 25 de diciembre y se convirtió en el rostro conocido por los teleespectadores de la erupción volcánica. Sentado en una terraza de Santa Cruz, donde vive, repasa aquellos días, mientras los vecinos de esta ciudad le saludan con respeto al pasar y él bebe una cerveza muy fría. «Yo tenía el libro de cabecera del protección civil, pero la pos-emergencia es totalmente distinta e involucra a más gente, como economistas, ingenieros, abogados... Hay que tener en cuenta que es la primera vez que hay un volcán en Europa en una conurbación y con población tan elevada».

De aquella hora cero recuerda que las primeras preguntas que se hizo fueron: «Qué hacer con las personas evacuadas? ¿Qué hacer para garantizar su calidad de vida?», rememora. «Los llevamos al 'fuerte' y comenzamos a buscar alojamiento en hoteles. Pero nunca iban a estar como en su casa. Después hubo que preocuparse por la comida para todo el que trabajaba en la emergencia. El primer objetivo siempre es que no haya víctimas mortales».

Silenciado el volcán, Morcuende tiene grabados en la memoria los cambios de dirección de las coladas por la ruptura del cono volcánico. «Se ha destruido y construido casi cada día, con diversidad de lavas muy fluidas que podían llegar a las poblaciones muy pronto».

Carmen Castro, frente a su local en Puerto Naos, todavía en zona de exclusión. p. Cobos

Carmen Castro. Puerto Naos. 48 años

Tenía una heladería y un bar con mesa de billar en el Paseo Marítimo de Puerto Naos. No se los llevó la lava pero están secuestrados por los gases tóxicos. Carmen Castro, de 48 años, es hija de un restaurador también de ese centro turístico vital para La Palma, que tenía en la calle de al lado un restaurante llamado Orinoco. Ella planeaba abrir otro local, pero ahora se plantea llevar sus negocios a los Llanos de Aridane. «Cuando comenzábamos a salir de la pandemia y teníamos turistas, llegó el volcán y nos mandaron a desalojar, el mismo primer día», rememora. «Estábamos aquí pero lo vimos por la tele».

Ella es una de las comerciantes que no puede reabrir debido a las medidas de seguridad que aún están vigentes en la zona de exclusión. «Yo intento no estar mal. Nos apoyamos entre los hermanos. La vida sigue», asegura frente a su local, a donde ha ido a recoger algunos muebles. «Se están estropeando y hemos tenido que poner veneno para ratones porque ya se habían comenzado a comer los cables eléctricos».

José Luis Rodríguez Arias. Todoque. 56 años

Perdió la casa terrera, su huerto, su coche y la vecindad con sus hermanos cuando las coladas sepultaron Todoque, y fue el primero en recibir un piso del cabildo en alquiler, de dos habitaciones y un baño en Tazacorte, cerca de la anterior, construida por su abuela, y que se había engrandecido para al independizarse los nietos. Un año después de la erupción, se le escucha mejor que en diciembre, cuando lamentaba su situación y no se hallaba en su nueva vivienda. «Yo me he adaptado bastante bien», confiesa. «Es diferente vivir aquí, pero mi vida sigue muy parecida a la de antes, porque ya estoy medio jubilado. El problema es el cambio de ambiente».

Con un bajo precio de alquiler por tres años, espera aún la indemnización prometida por su casa, a veinte metros bajo la lava. «A mí no me quedó terreno y ahora están muy caros. La gente se ha aprovechado de la situación. Con la indemnización no me alcanza para construir. Mi casa valía cinco veces más. Pero estoy esperando a ver si tengo posibilidades de quedarme con este piso para hacerle una reformita, ponerle unas lámparas», dice. ¿El futuro? «Yo siempre he sido optimista, siempre pensando en salir adelante».

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