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Mikel Casal
Pequeños olvidos, palabras que no nos salen... ¿Cuándo hay que preocuparse?

Pequeños olvidos, palabras que no nos salen... ¿Cuándo hay que preocuparse?

El cerebro nos hace jugarretas que asustan a las personas sanas. Algunas tienen explicación, aunque en otros casos son señales para buscar ayuda

Miércoles, 10 de enero 2024

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Hemos oído mil veces que el cerebro es una 'máquina' alucinante y perfecta. Y sí, es todo un prodigio, pero de ahí a que sea infalible... Ni siquiera las personas sanas nos libramos de que nos haga jugarretas. Y cuando eso ocurre, nos alarmamos muchísimo, porque casi siempre consideramos que se trata de un indicio muy preocupante. Saúl Martínez-Horta, médico y uno de los mejores neuropsicólogos del país, asegura que llegan a su consulta muchas personas preocupadísimas por las diabluras que les causa su mente «y rara vez les ocurre algo malo».

«Aunque parezcan cosas rarísimas y hasta paranormales, tienen una explicación», añade, aunque a veces cuesta convencerles, «porque en torno al cerebro sigue habiendo un halo de misterio». Claro, como se dice que solo usamos el 10% de su capacidad (y algunos ni eso, con perdón por el chiste)... «Eso es una soberana estupidez», aclara el experto, quien explica en su libro 'Dónde están las llaves' (ed. geoPlaneta) verdades y mentiras de este órgano fascinante.

El coche... ¿dónde está?

Si algo nos desespera es ir hacia el coche y darnos cuenta de que no tenemos la menor idea de dónde lo hemos aparcado. O que queramos coger las llaves y no estén donde deberían. Y, por más que intentemos recordar, es imposible. «En muchos casos, la impresión de olvido es solo eso, una impresión, puesto que, en realidad, la información que creemos haber olvidado nunca se aprendió y, precisamente, no se aprendió porque no se le prestó suficiente atención», indica. Seguramente, cuando dejamos el coche o las llaves estábamos pensando en otra cosa (o en varias). «Y el cerebro tiene gran capacidad, pero no es infinita», matiza.

En la punta de la lengua

Ay, cómo fastidia que no nos salga la palabra que buscamos. O el nombre de una persona. «Es un fallo en los procesos que determinadas regiones de la corteza prefrontal desempeñan en cuanto al acceso y recuperación de la información almacenada», explica el neuropsicólogo, quien apunta que, «según nos alejamos o disminuimos la intensidad con la que buscamos la palabra, más fácil es que esta aparezca».

¡No fue así!

Algunos sucesos emocionalmente muy intensos (accidentes, muertes...) son capaces de condicionar profundamente la calidad del recuerdo que nos dejan. Estos pueden ser «prácticamente inamovibles e imborrables», sí, pero, ojo, también pueden contener detalles del todo falsos. Ejemplo: casi todas las personas que vivimos los atentados del 11-S por televisión podemos decir dónde nos encontrábamos y con quién. Pero, por más convencidos que estemos, posiblemente nuestra idea del color de la ropa que llevábamos será incorrecta. Es lo que se llama «una falsificación del recuerdo».

Sigo oliendo aquello...

Olemos algo muy fuerte y 'se nos queda en la nariz' mucho tiempo, aunque la fuente ya esté lejos. Salimos de la discoteca tras varias horas y seguimos 'oyendo' el rumor de la música hasta que poco a poco se desvanece... Da miedo, ¿no? Estos fenómenos se llaman habituación sensorial. «Sucede como consecuencia de la saturación de los sistemas sensoriales y la disminución de la tasa de respuesta por parte del sistema nervioso cuando ciertos estímulos se repiten una y otra vez».Es decir, si nos exponemos a un estímulo, su 'eco' puede tardar en irse.

¿Sonidos desde el 'más allá'?

Casi todos hemos perdido a algún ser querido de un modo repentino y, cuando esto sucede, sabemos perfectamente que esa persona ya no sigue aquí, «pero en los engranajes del conocimiento adquirido por parte de nuestro cerebro su representación sigue existiendo». Sus pasos, el ruido de sus muletas en el suelo, murmullos, canturreos... siguen en nuestra cabeza. Por eso, desvela Martínez-Horta, muchas personas oyen «los sonidos más habituales de quien ya no está, puesto que, precisamente por su ausencia, la falta de un estímulo habitual provoca que el cerebro rellene ese vacío construyendo por su cuenta la percepción de ese estímulo».

Parálisis del sueño

Se caracteriza porque quien la sufre se despierta y tiene la impresión de no poder mover ni una sola parte del cuerpo. Es aterradora... e inofensiva. «Y tan frecuente que llega a afectar a una franja de entre el 8 y el 50 % de la población sana».

Corazonadas

¿Las mejores decisiones las tomamos, en parte, con el corazón? Pues sí. Las corazonadas, desde una perspectiva neurocientífica, son consecuencia de un análisis que se produce en nuestro subconsciente. «Nuestro cuerpo manda señales a nuestro cerebro en respuesta a una activación emocional», dice el neuropsicólogo. Y con ese material se forma la corazonada, que es más racional de lo que creemos y tiene unas 'razones' detrás.

En ocasiones veo muertos

La muerte clínica no se acompaña de un cese inmediato de la actividad cerebral. Nos vamos 'desconectando'... y casi todos seguimos patrones parecidos en este proceso, de ahí que las experiencias cercanas a la muerte (ver túneles o una luz al fondo de un camino, encontrarse con seres queridos fallecidos) son compartidas por muchos afectados. Martínez-Horta señala que las regiones hiperactivas durante estos procesos se encuentran «en áreas temporoparietooccipitales», incluyendo estructuras íntimamente relacionadas con la memoria remota (de ahí que 'veamos', por ejemplo a gente difunta desde hace mucho), con la percepción del espacio y del propio cuerpo (mucha gente siente que levita sobre él) o con la percepción de la profundidad (el famoso 'túnel). «Y, aunque no se suele hablar mucho de ello, hay una buena proporción de personas que narran experiencias aterradoras», añade.

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