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FELIP ARIZA
¿Por qué decir cuánto cobramos sigue siendo tabú?

¿Por qué decir cuánto cobramos sigue siendo tabú?

Dos psicólgos nos explican qué hay detrás de este pudor, muy propio de las culturas mediterráneas

Iratxe Bernal

Viernes, 17 de noviembre 2023, 00:23

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A priori, el salario es un tema clave en una entrevista de trabajo. Averiguar si lo que nos ofrecen se ajusta a nuestras necesidades o ambiciones es uno de los objetivos de ese primer contacto con el empleador y, sin embargo, los expertos en procesos de selección de personal suelen aconsejar no preguntar ni muy pronto ni muy incisivamente por las condiciones económicas del puesto. Cuidado, no demos la impresión de que el dinero es nuestra única motivación.

Para colmo, sabedores de que se trata de un tema delicado, en ocasiones los entrevistadores eluden abordarlo tanto como pueden precisamente para ver si nos atrevemos a sacar una cuestión tan relevante y cómo lo hacemos. En España hablar de dinero es tabú, especialmente del que ganamos. Puede que lo hagamos de forma implícita, explicando a qué nos dedicamos o dónde estamos contratados, pero de ahí a dar una cifra (o pedirla)… Nos cuesta tanto hacerlo que no son pocos los que abandonan esa entrevista sin saber cuál sería su remuneración exacta y, lo que es peor, sintiéndose tontos por no haberlo preguntado.

Es un reparo que, en buena parte, tiene su origen en nuestra tradición religiosa, en aquello de que «es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que que un rico entre en el reino de los cielos». El rico lo es por insolidario, por egoísta y acaparador –la Biblia no admite muchos matices– y, por tanto, no puede aspirar a compartir el más allá con el Creador. Ese es un privilegio reservado para quienes se mantienen puros, exentos de imperfecciones morales. Ahora, ¿es necesario ser pobre para ser puro? Pues igual no hay que llegar a tanto, pero lo que sí es obligatorio es mostrarse modesto, poco preocupado por lo pecuniario.

Mala educación

De hecho, desde pequeños nos inculcan que hablar de dinero es de mala educación, algo sólo propio de las personas materialistas, y, por consiguiente, cifrar nuestros ingresos o preguntar a alguien por los suyos está prohibidísimo. No vayamos a poner en un brete a algún rico encubierto. Tenemos tan arraigado que hay que parecer desinteresado que hay quien lo pasa mal cuando tiene que exigir el pago de un trabajo o quien no se atreve a pedir un incremento salarial, aunque sea justo y él mismo lo entienda como tal.

«Nos da miedo que otros digan que nos tenemos en demasiada estima. Es algo muy del judeocristianismo mediterráneo. En el mundo anglosajón, especialmente en Estados Unidos, se da valor a quien sabe ganar dinero. Al 'self-made-man' (o woman) que se hace rico se le reconoce por haber sabido aprovechar las oportunidades. En nuestra cultura, en cambio, resulta feo incluso hablar de ello. No te puedes vanagloriar sin que te den palos, sin que te tachen de prepotente o te digan que el dinero es tu único propósito en la vida», explica Enrique García Huete, director de Quality Psicólogos y Premio Nacional de Psicología José Luis Pinillos en 2022.

«De todas formas –matiza García Huete–, no a todo el mundo le da miedo hablar de dinero. Creo que depende de los niveles en los que te muevas. Si estás en los extremos, ese reparo tiende a desaparecer. Quien gana poco y está cabreado y frustrado sí habla de lo que le cuesta llegar a fin de mes y a quien gana muchísimo no le preocupa lo que le llamen o despertar envidias. Es más, disfruta exhibiendo signos de riqueza. El problema está en si nos quedamos en el medio y nos comparamos con lo que están en ese nivel. Y yo hablaría más de vergüenza que de miedo», añade.

En su opinión, caemos en la trampa de valorar a los demás por lo que cobran y, lo que es peor, también nos medimos a nosotros mismos por ese rasero. De modo que si nuestro salario es inferior al de las personas que nos rodean, nos sentimos inferiores. Avergonzados. Y si estamos por encima, pero no tanto como para cambiar de amistades o vecinos, vivimos preocupados por no parecer ostentosos. «Hay personas que creen que ganar diez millones en la lotería les daría más problemas que satisfacciones», resume García Huete.

Cosas de la edad

Tampoco nos comportamos igual hombres y mujeres o mayores y jóvenes. «Con la edad cambia la mentalidad. Cuando envejecemos y ya no podemos incrementar los ingresos trabajando, el dinero nos preocupa más porque no sabemos si podremos cubrir algunas necesidades, como contratar a un cuidador. Por otra parte, a hombres y mujeres se les inculcan cosas distintas. A ellas se les dice que es importante que tengan dinero propio, algo que se da por sentado con los chicos. En cambio, a ellos aún se les estigmatiza si ganan menos que sus parejas o directamente son ellas las que llevan el dinero a casa», añade.

Además, el psicólogo clínico también diferencia «los círculos en los que nos permitimos sacar el tema». «No es igual hacerlo en el trabajo, donde es inevitable que haya comparaciones, que con los familiares y los amigos más íntimos a los que sí les cuentas cuánto has pedido de hipoteca. De hecho, conviene hacerlo. Alguien que crece sabiendo cuáles son los ingresos y los gastos de su familia tiene una percepción más realista del dinero, algo muy necesario cuando en las escuelas no hay educación al respecto», señala. La última encuesta de competencias financieras del Banco de España, publicada esta semana, le da la razón: sólo un 65% de los participantes sabe qué es el IPC. El resto no es que no acierte a definirlo. Es peor: falla cuando le preguntan si podrán comprar más o menos cosas tras una subida de la inflación.

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