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CÉSAR LLAGUNO
Masacrar a distancia, ver decapitaciones y otros trabajos 'sucios' que quizá no desempeñarías

Masacrar a distancia, ver decapitaciones y otros trabajos 'sucios' que quizá no desempeñarías

Nuestra sociedad impone tareas que después mira con mala cara

Carlos Benito

Sábado, 2 de diciembre 2023

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Lleva años triunfando por las redes una lista de los trabajos más desagradables de la época victoriana. Es uno de esos textos con éxito asegurado, porque, a la vez que nos provoca un estremecimiento a medio camino entre el horror y el asco, nos brinda esa sensación reconfortante de vivir en tiempos más saneados, más civilizados: ahí están las pobres mujeres que cazaban sanguijuelas usando su propio cuerpo como cebo, los recolectores que abastecían de excrementos caninos a los curtidores o los 'resurreccionistas' que desenterraban cadáveres para vendérselos a escuelas de medicina.

Menos mal que hemos evolucionado, ¿verdad? En realidad lo hemos hecho, sobre todo, en la invisibilización de aquellos empleos que podrían incomodarnos. El periodista estadounidense Eyal Press analiza en 'Trabajo sucio', libro publicado en España por Capitán Swing, algunas ocupaciones que nos sumen en una profunda duda moral, pero que no obstante sustentan nuestro modo de vida: se atienen a la fórmula clásica de 'es un trabajo sucio, pero alguien tiene que hacerlo', a la que podríamos añadir un distanciador 'siempre que no sea yo'.

  1. Los soldados del 'joystick'

Existen lugares como el Centro de Análisis Aéreo Antiterrorista de Langley (EE UU), cuyo personal se sienta delante de paredes repletas de monitores: en sus pantallas aparecen, por ejemplo, estampas rurales de Afganistán, captadas por drones que sobrevuelan aquellos parajes situados a miles de kilómetros. De pronto, alguien identifica en la imagen a un presunto objetivo. Y, 60 segundos más tarde, un misil impacta en ese punto.

Los teóricos de la guerra sostenían que esta manera remota de combatir constituía una liberación. «La distancia y la tecnología le quitaban a la guerra su gravedad moral», explica Press haciéndose eco de esas tesis. Pero, en realidad, él ha hablado con analistas que, en sueños, «mutilan y matan a personas inocentes, sus cuerpos descuartizados, sus rostros retorcidos por la agonía».

  1. En carne viva

Muchos no estamos dispuestos a renunciar a nuestra hamburguesa o nuestro pollo..., pero quizá nos lo plantearíamos si tuviésemos que matar al animal. La industria cárnica, y más en concreto las salas de sacrificio, se ha convertido en un ejemplo evidente de actividad que consideramos esencial pero preferimos no ver.

Press relata cómo, en Estados Unidos, las granjas avícolas se han convertido en «trabajo de inmigrantes», a la vez que el consumo de pollo se ha triplicado en 60 años, y expone esa actitud hipócrita que lleva a contemplar con rechazo a los empleados de los mataderos. En el país norteamericano, solo el 19% de los trabajadores de la industria cárnica son blancos.

  1. Futuro minado

En los últimos años se ha impuesto una visión más crítica de las compañías tecnológicas, aunque sigamos alimentando su reinado con las horas que pasamos delante de nuestras pantallitas. Sin embargo, todavía prestamos poca atención al proceso de fabricación de esos aparatos que tanto nos fascinan.

Press centra su interés en el cobalto, una materia prima esencial en las baterías recargables de ordenadores, móviles y coches eléctricos: más de la mitad de este mineral se produce en la República Democrática del Congo, y el libro nos lleva a las minas de Kolwezi, donde los 'creuseurs' llevan una vida deplorable: «Tienen turnos de entre 12 y 14 horas diarias, durante los que trabajan sin guantes ni mascarillas, mientras respiran un aire lleno de sustancias químicas tóxicas». Muchos son niños y «es habitual que mueran» en derrumbes.

  1. Lo peor de las redes

Press no dedica un apartado a los moderadores de contenido de las redes sociales, pero encajan perfectamente en la categoría: «El trabajo sucio responde a un mandato tácito de la 'gente de bien', que se abstiene de hacer demasiadas preguntas porque los resultados que obtiene gracias a ese trabajo no le disgustan por completo», argumenta el periodista. El caso de los moderadores ha saltado a la actualidad por los 184 empleados de una empresa de Kenia, dedicada a eliminar publicaciones violentas de Facebook, que demandado a la firma.

«Mi primer vídeo fue un hombre suicidándose», ha relatado a AFP uno de los trabajadores, que según sus cuentas ha tenido que presenciar «más de cien decapitaciones», además de violaciones, pornografía infantil, maltrato a animales y demás atrocidades. Ni siquiera sus familias sabían a lo que estaban expuestos: «No quiero que mis hijos sepan lo que hacía –ha dicho otra exmoderadora–. No quiero ni siquiera que se imaginen lo que he visto».

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