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Vistas del Parque de La Florida, en Vitoria. Archivo
Ciudad verde, ¿vivo en una de ellas?

Ciudad verde, ¿vivo en una de ellas?

ODS 13 | Acción por el clima ·

Vitoria fue la gran pionera en España en una transformación que ha modificado los espacios urbanos. Los beneficios de volverse verde son claros: mejora la salud del planeta y la de las personas

Raquel C. Pico

Miércoles, 21 de junio 2023, 07:57

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Si estás en una ciudad, sitúate en el portal de tu edificio y echa un vistazo. ¿A qué distancia está la zona verde más cercana? Si la respuesta es una cifra de no muchos metros, esa será una ciudad verde.

Vitoria es, por el momento, la única ciudad de España que ha sido Capital Verde Europea (lo fue en 2012), un galardón de la Comisión Europea que reconoce el trabajo de mejora del medioambiente «y por tanto la economía y la calidad de vida en las ciudades». Valencia se sumará a ese listado con el siguiente cambio de año: en 2024 recogerá la capitalidad de manos de Tallin. Estas dos urbes son también las que apunta Joan Pino, director del CREAF, cuando se le pide que enumere ejemplos que se pueden observar en España de ciudades verdes. «Vitoria es un ejemplo histórico», apunta. A la capital vasca y a Valencia, Pino suma Barcelona, que «tiene un plan con objetivos que van más allá del verde», indica.

Vitoria encabeza también el ranking de las ciudades de España con más superficie verde por habitante, en la que también se posicionan León, Madrid, Pamplona, Sevilla, Logroño, Valladolid, Santander, Lleida o Zaragoza.

Un estudio de investigadores grupo INTERFASE del Departamento de Geografía de la Universidad Autónoma de Barcelona y de Space4Environment identificó hace un par de años a las que bautizó como «ciudades forestales» en España, aquellas que tienen una infraestructura verde similar a la de las ciudades escandinavas y en la que los parques y espacios naturales se integran en la propia localidad, marcando su organización urbana. Es el caso de Palma de Mallorca, Terrasa, Vitoria y Santiago de Compostela. Bilbao, Pamplona, Gijón, Santader, Sabadell y Mataró encajarían, según este estudio, con un modelo de ciudad con grandes áreas verdes periurbanas.

Con todo, el caso de Vitoria es el más reseñable, por su condición de pionera. Al otro lado del teléfono, Ana Oregi, teniente de alcalde, concejala de Territorio y Acción por el Clima y presidenta del Centro de Estudios Ambientales, explica las claves que han llevado hasta ahí a su ciudad. Escuchándola queda claro que es importante tener una visión a largo plazo y, también, una visión que se asiente en el espíritu de la urbe.

Oregi recuerda como el primer alcalde en democracia de la ciudad fue «un visionario» que supo ver la importancia de la sostenibilidad antes de que se hablase de ello y dio el primer empujón, pero también apunta un dato crucial, el de que «este camino ha sido mantenido por todos los alcaldes». Vitoria ha planificado pensando en qué ciudad quiere ser en el largo plazo. Al fin y al cabo, el cambio se hace «poco a poco», como indica Oregi.

Los beneficios de una ciudad verde

Por supuesto, convertir a la ciudad en un espacio verde va mucho más allá de llenar las calles de árboles. Oregi señala que se gana en calidad de vida y que ayuda a cumplir con los ODS, algo incluso más importante en este contexto de emergencia climática. Incluso, insiste, esta transformación reporta beneficios económicos.

De forma esperable, dotar a las ciudades de más masa verde tiene un efecto directo sobre la naturaleza. Un estudio reciente del Observatorio metropolitano de mariposas mBMS lo demuestra con un ejemplo concreto: la aplicación de soluciones basadas en la naturaleza a los parques de Barcelona —es decir, permitir que se conviertan en prados floridos— ha ayudado a que vuelvan las mariposas.

En general, las ciudades verdes consiguen impactos positivos de forma transversal en muchas áreas. Joan Pino las destaca como elementos de regulación local del clima y habla de su potencial como mitagadores de los efectos del cambio climático —las zonas verdes son refugios climáticos—, en compensación de las emisiones de carbono o para la eliminación de contaminantes atmosféricos y reducción del consumo energético. Y a eso suma su potencial en la mejora del bienestar y de la resiliencia humana.

Pero ¿es de verdad beneficioso también para la salud de sus habitantes humanos? «Es absolutamente real y no es un mito», apunta el psicólogo Ismael Dorado, miembro de la Junta Directiva y secretario de organización de la Sociedad Española para el Estudio de la Ansiedad y el Estrés (SEAS). La naturaleza ayuda a reducir los niveles de estrés y de ansiedad, por ejemplo, pero también a mejorar la salud física. Los estudios, recuerda el experto, recuerdan que puede beneficiar en la prevención de las enfermedades cardiovasculares o la diabetes.

Y no solo eso: como recuerdan desde la experiencia vitoriana, la transformación verde de las ciudades supone también cohesión social. Esto es, la ciudad verde es algo abierto a todas las personas que la habitan. Los parques o sus beneficios deben repartirse por todos los barrios para que lleguen a toda la ciudadanía.

Cómo se hace una ciudad verde

«Llamamos zonas vedes a cualquier cosa», concede Ismael Dorado y recuerda que no lo son. Para que tengan beneficios sobre la salud, las zonas verdes deben permitir aislarse del tráfico y del ruido, ese «estresor principal», y deben dejar escuchar la naturaleza. Para ello, resulta inevitable que tengan una cierta extensión.

Como apunta Joan Pino, para que consideremos verde a una ciudad «debe seguir la regla 3-30-300». Básicamente, este estándar de mínimos habla de 3 árboles por cada casa, 30% de cobertura verde en cada barrio y un parque o zona verde a 300 metros de cada portal.

En Vitoria, la transformación verde arrancó, en una primera etapa, con la creación de parques y la suma de zonas verdes. Su Anillo Verde —que empezó en 1993— es el ejemplo más visible e icónico, pero no es la única infraestructura natural. Después, trabajaron la movilidad sostenible como una parte «real» del espacio público. El ejemplo de Vitoria sirve también para entender que convertirse en una ciudad verde es posible. Oregi recuerda que son una localidad con un importante peso industrial en su PIB, pero esto no ha impedido reformularla.

De hecho, ahora están trabajando para conquistar para la naturaleza su centro histórico, un barrio del siglo XII con una estructura medieval de calles estrechas. «Parecía que era imposible», apunta la concejala, pero están encontrando soluciones. Trabajar con formatos más pequeños, como enredaderas o parterres, es una de ellas. Al final, como señala Oregi, en todo proceso de conversión hay que analizar los espacios y qué se puede hacer con ellos.

No sorprende, por tanto, que una de las vías para volver a introducir el verde esté en aprovechar cuando se necesita hacer obras en las vías urbanas. Esto implica no pocas veces sacar coches para recuperar espacio para peatones y zonas verdes. Y sí, se requiere «valentía», como indica la concejala, para sacar los coches de las calles, pero una vez que se hace el cambio la mayoría de los vecinos no quieren volver atrás.

¿Qué necesitan las ciudades para dar el salto verde? «El consejo es animarse, porque es una senda que tenemos que transitar todos», explica. Las oportunidades están ahí. Oregi indica que ahora mismo deben regenerar los barrios de los años 60 y 70 —algo que no solo tiene que hacer su ciudad— y que «es una oportunidad de oro para meter estos conceptos». En el marco de la Unión Europea, se está apuntalando que se trabaje en una «regeneración integral» y esto implica también trabajar en los espacios públicos.

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