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Una trabajadora recoge uva durante una jornada de vendimia adelantada. EFE
Desafíos y oportunidades para superar la brecha de género en el campo

Desafíos y oportunidades para superar la brecha de género en el campo

ODS 5 | Igualdad de género ·

La desigualdad hace que la situación de las mujeres en el mundo rural sea más precaria y las expulsa a las ciudades buscando mejores oportunidades

Raquel C. Pico

Jueves, 17 de agosto 2023, 07:50

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Aunque se habla mucho de brecha de género y se han puesto en marcha muchas medidas y acciones en las últimas décadas para paliarla, esta fractura sigue existiendo y continúa teniendo un impacto elevado en la sociedad. De hecho, la pandemia ha tenido un efecto negativo: el 'II Índice ClosinGap' establecía no hace mucho que en el último año se había agrandado y que llegar a la igualdad plena en la sociedad española se alejaba hasta 2058. Esta brecha afecta a toda la sociedad, se viva donde se viva, pero en el mundo rural el problema es un tanto más grave. La brecha de género es mayor en el campo.

Explicar por qué ocurre esto implica adentrarse en algo complejo, como explica al otro lado del teléfono Verónica López Sabater, consultora senior de Economía Aplicada en AFI. López Sabater lo ha hecho: ella y su equipo están detrás del estudio 'Coste de oportunidad de la brecha de género en el medio rural', elaborado para ClosinGap hace poco más de un año. El estudio identificó cuatro vertientes de esta brecha de género rural, que ayudan a entender qué razones llevan a que la diferencia sea mayor en esas áreas.

La primera es una brecha de población. Desde hace años, el campo español pierde habitantes y se masculiniza. Esto último ocurre porque las mujeres abandonan de lo que lo hacen los hombres más esos municipios buscando mejores oportunidades. Si en las zonas urbanas por cada 100 mujeres hay 93,8 hombres de media, en las rurales el equilibrio de invierte y los hombres son 101,93.

Esta primera brecha se entiende muy bien cuando se lee cuál es la segunda conclusión del estudio: la precariedad laboral de las mujeres se agudiza en el medio rural. En el campo, la tasa de actividad y la de empleo son menores entre las mujeres que entre los hombres. Esto es, ellas están menos entre la población activa reglada y tienen más problemas para encontrar trabajo. Esto ocurre, además, a pesar de que las mujeres de la España rural están mucho más formadas que los hombres. «Hay una suerte de infracualificación», apunta López Sabater. Los hombres están poco formados, pero acceden al mercado laboral rural, mientras que las mujeres deben salir al mundo urbano a buscar oportunidades laborales.

En el estudio también se habla de la invisibilización del trabajo que las mujeres han hecho —y hacen— en el campo. Como señala la experta, «permanece esa convención social de que las mujeres ha trabajado más o lo mismo en el campo [que los hombres], pero se consideraba ayuda familiar». Y suma el dato clave: «No era un trabajo remunerado». Esta idea sigue permaneciendo en la percepción colectiva de cómo son las cosas.

Además, el techo de cristal sigue bien instalado en el campo. Por supuesto, esto no es una rareza del medio rural. «Lo hay en todos los sectores de actividad, hasta en los sectores más feminizados», recuerda López Sabater. En el medio rural, aun así, las mujeres siguen estando lejos de donde se toman las decisiones y de la gestión de esos activos. Uno de los indicadores más claros está, como apunta el estudio, en la titularidad de la tierra: ellas siguen estando por detrás como propietarias e, incluso, cuando son las dueñas no es raro que el trabajo de toma de decisiones esté en manos de un hombre.

Y, finalmente, el estudio apunta los efectos negativos que tiene para la igualdad la intensa doble jornada de la mujer rural. De media, dedican al cuidado dos horas y 7 minutos más al día que los hombres rurales. Y si la doble jornada existe para las mujeres en todas las áreas de población, lo que el estudio deja entrever es que para las habitantes rurales es más larga.

Estas conclusiones perfilan el marco del problema, uno en el que coincide también el 'Diagnóstico de la Igualdad de Género en el Medio Rural', elaborado por el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación. Este informe tomó el pulso de la situación por primera vez en 2011 y lo repitió en 2021. En su última edición insistía en que el éxodo rural estaba teniendo rostro de mujer y que, aunque la brecha salarial se había reducido, las mujeres seguían sobrerrepresentadas entre la población con los salarios más bajos. Y no menos importante: las mujeres que trabajaban en esas zonas lo hacían sobre todo en el sector servicios.

El problema español es, además, paralelo al que enfrentan las mujeres rurales de forma global. Los puntos que Naciones Unidas identifica cuando habla de la discriminación que enfrentan — en acceso a la propiedad, remuneración salarial, capacidad de decisión o el acceso a recursos y mercados— son similares a los mencionados para el caso específico español. A estos, la ONU añade otro lastre: el cómo estas mujeres rurales se han convertido en daños colaterales de la subida de los costes de la vida en los últimos años.

Pérdidas económicas

Esta desigualdad no solo afecta a las oportunidades y a las trayectorias vitales de las mujeres, sino que tiene efectos directos a la hora de agravar problemas como la despoblación y en la economía.

«Nos está costando dinero», sintetiza López Sabater. Este no es solo un problema de justicia social e igualdad —que también y no menos importante— sino igualmente uno económico. El estudio de Closingap logró convertir las estadísticas en euros. Cada año, España pierde por culpa de la brecha de género un mínimo de 38.500 millones de euros, el equivalente al 3,1% del PIB de 2019. Es importante tener presente que ese matiz de que esta no es una cifra completa, porque el cálculo solo tiene en cuenta los efectos de la brecha que genera el reparto de los cuidados. «Es una cifra parcial», indica la experta. «No nos sorprendió, porque es una parte de un todo», reconoce.

Cabe imaginar que España está perdiendo cada año mucho dinero por culpa de la brecha de género rural. Mucho más que ese 3,1% del PIB. De hecho, solo hay que pensar en lo que supone ese matiz de que el trabajo en el campo de la mujer se considere «una ayuda» y no realmente trabajo.

Las profesoras de EAE Business School, Marta González-Peláez y Carina Mellit, calculan en su estudio 'Mujeres Rurales' que el 82% de las mujeres trabaja en explotaciones agropecuarias y ganaderas familiares. El 59% no cotiza por ese trabajo. «La mujer rural sufre importantes desigualdades pues siguen existiendo hábitos y conductas discriminatorias que limitan la implicación, el acceso y la participación femenina en la economía y políticas rurales», escriben las investigadoras.

Cambios para salvar brechas

Por supuesto, nada está gravado en piedra. Pueden aparecer oportunidades para las mujeres en el medio rural —y no pocas emprendedoras lo están demostrando ya— e igualmente la brecha de género rural también puede corregirse.

Verónica López Sabater insiste en la importancia de la educación en igualdad, pero también en que se ofrezcan servicios de calidad y en cantidad en el medio rural. Por ejemplo, esto es clave para que se adopte el teletrabajo, que puede fijar población en el campo y que, como recuerda la especialista, es una modalidad de trabajo que las mujeres están adoptando más.

Igualmente, es crucial replantearse qué ocurre con los cuidados. «O los cuidados se reparten equitativamente entre los adultos del hogar o se crean servicios públicos», indica López Sabater. Si las mujeres siguen asumiendo una mayor carga de trabajo en esas áreas, la meta de cerrar la brecha se seguirá manteniendo alejada. No menos importante es ver lo que suponen esos cuidados de una forma amplia: «El tiempo de cuidados no solo implica su ejecución, es también mental», recuerda la experta. Ese pensar y plantear, esa carga mental de trabajo, hace todavía más larga esa doble jornada.

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