Trabajadores de la fábrica de iPhone en Zhengzhou, en el centro de China, se enfrentan a la Policía antidisturbios y a personas que vestían trajes contra materiales peligrosos. / AFP

Las duras restricciones de China contra el covid no evitan una ola de casos y protestas

El número de contagios marca un máximo de toda la pandemia y supera los 31.000 diarios, provocando el confinamiento de millones de personas

ZIGOR ALDAMA

La estrategia 'covid cero' que China implementó hace casi tres años con el confinamiento de Wuhan ha salvado cientos de miles de vidas. Pero ha perdido su eficacia con la aparición de la variante ómicron: este jueves se registraron 31.527 contagios, el mayor número desde que estalló la pandemia. Ni los tests que la población tiene que hacer cada 48 horas para llevar una vida normal, ni los confinamientos que se dictan en diferentes niveles administrativos -desde urbanizaciones concretas hasta barrios enteros-, han logrado detener una ola que amenaza con derivar en tsunami. No solo sanitario, también social y político. Porque el descontento ciudadano se multiplica tanto como el virus y ha estallado ya en manifestaciones violentas que preocupan al Gobierno.

Buen ejemplo del impacto que la estrategia 'covid cero' está teniendo en los diferentes ámbitos de la vida en China es lo que sucede en la fábrica de la taiwanesa Foxconn, en la ciudad de Zhengzhou, donde el miércoles se registraron 674 infecciones. La detección de un brote en el principal centro manufacturero a nivel global del iPhone provocó hace ya un par de semanas el confinamiento de las instalaciones, que siguieron funcionando con los empleados obligados a permanecer en ellas día y noche. Fue entonces cuando algunos trabajadores decidieron escapar, por temor al virus o al propio encierro, y caminar durante días para llegar a sus hogares esquivando el control que ejerce la aplicación móvil de salud, un código QR que se escanea en todas partes y que, si se torna rojo, impide el acceso a cualquier lugar o servicio público.

El gigante tecnológico ofreció alicientes económicos a sus 200.000 empleados para evitar problemas en una producción que, a pesar de todo, no ha logrado mantener estable y afectará a las existencias de Apple de cara a la campaña de Navidad. No obstante, ahora muchos empleados están en pie de guerra porque aseguran que no reciben los pagos prometidos y que tampoco pueden salir de la fábrica. No en vano, al final las autoridades han decidido confinar durante al menos cinco días a seis millones de habitantes en Zhengzhou, más de la mitad de la población de la capital de la provincia de Henan.

Al grito de '¡queremos volver a casa!', el miércoles se vivieron en las inmediaciones de la planta escenas muy poco habituales en China: cientos de trabajadores de Foxconn se enfrentaron con barras de hierro y piedras a la Policía, que se vio forzada a pedir refuerzos y utilizar material antidisturbios. Hoy la empresa se ha disculpado, ha achacado el retraso a un error ya solucionado en su sistema de pagos, y la situación parece bajo control en Zhengzhou. Pero las manifestaciones se extienden por toda la geografía del país con chispazos de diferente magnitud.

Impacto económico

En Guangzhou, uno de los principales centros industriales de China, cientos de residentes salieron a las calles la semana pasada para denunciar el impacto económico que el confinamiento tiene en sus vidas, y llegaron a derribar las vallas que delimitan las zonas en cuarentena y volcar vehículos de Policía; en muchas otras localidades, vecinos de urbanizaciones o residentes en barrios confinados se quejan de las dificultades para adquirir alimentos o de la arbitrariedad con la que funcionan los comités vecinales, y hacen lo imposible por saltarse los confinamientos. «Soy una persona legal en todo lo posible, pero no permitiré que me encierren en un hotel porque he estado en un edificio en el que se ha detectado un caso. Es ridículo», comenta desde Shanghái un joven apellidado Jie que ve en todas las restricciones un cariz más político que sanitario. «Nos quieren tener controlados», sentencia.

A pesar de que diferentes localidades han tratado tímidamente de convivir con el virus, el experimento siempre se ha acabado cortando de raíz, y la cúpula del poder chino se ha reafirmado en varias ocasiones en su estricta implementación del 'covid cero' esgrimiendo la bandera de 'salvar vidas a toda costa'. Aunque China ha vacunado ya al 90% de la población, el 10% restante pertenece sobre todo al estrato más vulnerable, el de mayores de 60 años, que es reticente a pincharse. Y el Gobierno teme las consecuencias que eso puede tener en una sanidad aún poco sólida.

La información también está restringida

«Me he quedado boquiabierta con los estadios a rebosar de gente sin mascarilla ni restricción alguna en el Mundial». Feng, una treintañera de Shanghái, reconoce que tiene miedo al coronavirus. «Nos han hecho creer que provoca una enfermedad letal, pero cada vez tengo más dudas», afirma. En gran medida, porque se comunica con amigos en el exterior.

«Me cuentan que hacen vida completamente normal y que somos los chinos quienes mantenemos medidas ilógicas. Pensaba que los occidentales erais unos irresponsables, pero es verdad que, con las vacunas, no sé por qué tenemos cada vez más cuarentenas. Parece que volvemos a la casilla de salida», se lamenta.

En las redes sociales y los medios de comunicación de China la consigna es alabar la política de 'covid cero' y minimizar su impacto económico. Este jueves un estudio concluyó que el 20% del PIB del país está parado, un volumen similar al que estuvo parado durante el confinamiento de Shanghái, entre marzo y abril. No obstante, diferentes vídeos y mensajes críticos logran saltarse la censura y encienden los ánimos.

«Vemos muchos desmanes y abusos de autoridad. Aunque los vídeos se borran, muchos llegan y cada vez estamos más en contra de las restricciones», apunta Feng. «Me gustaría saber en qué situación se encuentran los hospitales, porque empiezo a temer que más gente muere por las medidas contra el covid que por el virus», sentencia la joven treintañera de Shanghái.

Muchos son los que piensan como ella. Aunque el temor al coronavirus perdura, la ciudadanía china cada vez se hace más preguntas incómodas para el Gobierno. «¿Vamos a vivir así para siempre? ¿Nos van a tener permanentemente controlados con el móvil? ¿Cuándo podremos volver a renovar el pasaporte para salir del país? ¿Por qué no hay ayudas para los afectados por los confinamientos como en Europa?», enumera Feng, cada vez más molesta con sus dirigentes.