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La forma de moda para combatir a los narcotraficantes: matarlos

La forma de moda para combatir a los narcotraficantes: matarlos

Los 'narcoestados' viven un preocupante auge en Latinoamérica, donde cada vez más países optan por dar plomo para combatirlos. Ecuador es el último.

Miércoles, 17 de enero 2024, 11:00

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Hay países en los que el Estado no tiene el monopolio de la violencia. Ecuador es el último ejemplo de ello: un estado fallido más en América Latina, una región en la que el narcotráfico llega a tener fuerza suficiente como para arriconar a las Fuerzas de Seguridad. Países andinos como Bolivia y Perú, antes relativamente pacíficos, ven deteriorar su seguridad a marchas forzadas, mientras que en otros anteriormente presa del crimen, como El Salvador, la solución más drástica parece la más efectiva: mano dura contra la mafia, aunque suponga violar los Derechos Humanos. Son situaciones que abren un debate tan necesario como agitado en el que los populismos se sienten como pescador en río revuelto.

Por eso, hoy nos acercamos a los efectos del negocio de la droga en los países emisores.

Estos son los tres temas que abordaremos hoy:

  • Contra el narcotráfico, plomo.

  • Estados Unidos atiza el avispero del mar Rojo.

  • Trump arrasa en Iowa y comienza a despejar dudas.

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  1. Narcoestados

    Contra el narcotráfico, plomo

Narcoestado: un país en el que los cárteles de la droga tienen un poder similar, si no superior, al que el Gobierno puede ejercer a través de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad. Es una etiqueta que ha servido para describir la realidad de lugares muy diferentes de América Latina, desde México hasta Colombia. Desafortunadamente, cada vez se puede aplicar a más países. Ecuador es el último: las bandas criminales que trafican sobre todo con la cocaína de sus vecinos andinos han demostrado su capacidad para operar desde las cárceles y librar lo que el nuevo presidente, Daniel Noboa, no ha dudado en llamar una guerra interna. «No estamos en una cacería», ha asegurado. Pero también ha dejado claro que en las operaciones se aplicarán «las reglas de la guerra», razón por la que ha aprobado el uso de fuerza letal.

No parece el mejor momento para visitar Ecuador. Reuters

En cualquier caso, es evidente que los narcos no serían capaces de operar con tanta libertad desde las prisiones que han convertido en cuarteles de su negocio si no fuese por la connivencia de quienes los recluyen en ellas: desde los propios carceleros hasta dirigentes de alto rango. Ahí reside uno de los grandes males de esta región. Y, por eso, políticos como el presidente salvadoreño Nayib Bukele logran un apoyo casi unánime cuando prometen implementar una estrategia de puño de hierro: primero a la cárcel y luego ya se verá si se ofrece un juicio justo.

El expresidente filipino Rodrigo Duterte fue uno de los adalides de esta forma de actuar. Lanzó una brutal guerra contra la droga en la que narcotraficantes (y algunos inocentes) eran acribillados a balazos por la Policía. A pesar de las constantes denuncias de organizaciones pro derechos humanos, los filipinos apoyaron esta vía que, en cinco años, logró reducir la criminalidad en torno a un 70%. «Yo también tengo derecho a vivir en paz y sin miedo», me comentó una residente de Manila durante una operación policial contra un camello de poca monta que aplaudió todo el barrio.

Nadie se fia de nadie en Ecuador. Reuters

Bukele logró en su primer año a puñetazos con las mafias reducir a la mitad la delincuencia de El Salvador. Desde Occidente nos preguntamos, «sí, ¿pero a qué precio?», olvidando que los valores de esta región, dominada por democracias poco asentadas y con una tolerancia a la violencia muy superior, son muy diferentes. Por eso, en muchos lugares no son pocos quienes creen que solo hay una cosa que puede acabar con los criminales: el plomo.

Pero las balas cuestan dinero, y los narcotraficantes a menudo cuentan con más medios para comprarlas. Eso explica que Noboa haya propuesto un incremento de tres puntos porcentuales en el IVA (que quedaría en el 15%) para financiar esta guerra contra nada menos que 22 bandas, a las que ha etiquetado de terroristas, que se atisba larga y cruenta. La lógica preocupación de los contribuyentes es si ese esfuerzo extra llegará donde debe. Porque tampoco se puede pasar por alto que algunos gobiernos, además de corruptos, son la principal mafia de los países.

Objetivo: que las cárceles no sean cuarteles de los cárteles. Reuters/AFP
Imagen principal - Objetivo: que las cárceles no sean cuarteles de los cárteles.
Imagen secundaria 1 - Objetivo: que las cárceles no sean cuarteles de los cárteles.
Imagen secundaria 2 - Objetivo: que las cárceles no sean cuarteles de los cárteles.

No obstante, hay algo que Occidente podría hacer para ayudar a erradicar esta lacra: como apuntan diferentes expertos que subrayan el fracaso constante de la guerra contra el narcotráfico, la legalización de las drogas podría servir para acabar con las mafias, asegurar la calidad de los narcóticos, y abrir una nueva vía de recaudación de impuestos, como sucede con el tabaco y el alcohol.

Esgrimen, por ejemplo, que la prohibición de sustancias como el cannabis no reduce su consumo: no en vano, en España la prevalencia entre ciudadanos de 15 a 64 años es superior a la de Países Bajos -10,6% frente a 10,4%-. Y, mientras en nuestro país un 40,9% afirma haberlo consumido en alguna ocasión, en Países Bajos ese porcentaje queda en el 29,8%, a pesar de que su venta es legal en diferentes negocios.

Y ningún país refleja mejor el fiasco de la lucha contra el narcotráfico que Estados Unidos, donde la cocaína y la heroína han dejado de ser el principal problema porque sus propias farmacéuticas impulsaron el consumo de fentanilo, provocando una epidemia de proporciones colosales que deja más de cien mil muertos al año. Todo por la pasta, claro.

  1. Oriente Medio

    Estados Unidos atiza el avispero del mar Rojo

Es curioso analizar cómo Estados Unidos elige sus guerras. Y la contundencia con la que responde a enemigos de poca entidad. Los hutíes son los últimos a los que ha puesto en su punto de mira, porque, aparentemente, son presa fácil. Tras los ataques contra buques mercantes en el mar Rojo, Washington no ha dudado en desplegar dos grupos de navíos liderados por sendos portaaviones para golpear duro a estos rebeldes que controlan parte de Yemen desde hace una década. A los americanos les guía, dicen, el noble objetivo de proteger una de las principales vías marítimas del comercio mundial. Porque los buques se ven obligados a circunnavegar África, con el retraso y encarecimiento que ello supone.

Estados Unidos ha desplegado un enorme potencial de fuego en el mar Rojo. EP

El problema radica en que Estados Unidos es especialista en atizar avisperos que provocan conflictos tan largos como letales. Irak o Afganistán son buenos ejemplos de ello. De cómo operaciones militares aparentemente contenidas, y siempre justificadas por valores democráticos y de derechos humanos que Washington se salta a la torera cuando le conviene, pueden acabar provocando un desequilibrio de fuerzas regional y un caos que se ceba con la población civil. Ahora habrá que esperar a ver cómo responde Irán, el gran rival en Oriente Medio.

En cualquier caso, esta actitud de matón contrasta con cómo agacha la cabeza cuando quien le planta cara tiene mucho más músculo. Porque da igual que uno de sus principales enemigos deje en evidencia que ha desarrollado armas nucleares y la capacidad para lanzárselas. Contra Corea del Norte no mueve un dedo. No vaya a ser que contraríe a China: y si a punto estuvo de perder la guerra de Corea (1950-53) cuando el gigante asiático se moría de hambre, ahora se podría llevar una buena paliza.

De momento, Irán se conforma con quemar banderas de EE UU y de sus aliados. AFP

Con esta actitud, Estados Unidos da alas a quienes, como Pyongyang, están convencidos de que la única forma de prevenir un ataque del 'policía del mundo' es lograr el poder disuasorio suficiente. El arma nuclear es, sin duda, el más contundente. De ahí que Irán persiga su desarrollo. Para el resto, como los hutíes, lo que queda es el terrorismo. Conociendo bien el impacto que puede tener ese, habrá que agradecer que España se haya mantenido al margen en esta ocasión.

  1. La carrera a la Casa Blanca

    Trump arrasa en Iowa y comienza a despejar dudas

Y, hablando de Estados Unidos, es evidente que la carrera hacia la Casa Blanca, que culminará el próximo 5 de noviembre, va a acaparar multitud de titulares de ahora en adelante. No solo por los obstáculos que Trump tendrá que ir superando dentro de su partido y de los tribunales para plantarle cara de nuevo a Joe Biden, sino también por las posibles ingerencias en el proceso y las consecuencias que tendrá alrededor del mundo.

Donald Trump vuelve a la carga. Reuters

De momento, ayer el expresidente se llevó un apoyo sin fisuras de sus correligionarios en Iowa: obtuvo más votos que la suma del resto de sus contrincantes y la victoria en 98 de 99 condados. Vamos, que no hay quien le tosa. Pero, claro, Iowa representa solo el 1% de todos los delegados que acudirán a la convención republicana nacional del 15 de julio, cuando el candidato será oficialmente elegido. En cualquier caso, es una primera victoria importante a nivel emocional, un espaldarazo que envalentonará a Trump. Desafortunadamente para él, también puede alentar una respuesta más contundente por parte de los tribunales, que podrían echar por tierra sus aspiraciones presidenciales. Por eso es tan relevante saber quién queda en segunda posición: en Iowa ha sido Ron DeSantis, con 8 delegados (Trump ha logrado 20; hacen falta 1.215 para ser nominado), seguido de Nikki Haley con 7.

Esta es la edición número 30 de esta newsletter, que hoy se toma un descanso. Regresará a su cita semanal con los lectores a partir del miércoles 28 de febrero.

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