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Miguel, el padre de Miguel Ángel, llegando a casa con la ropa de trabajo y el gesto desencajado. R. C.
«ETA tuvo la indecencia de llamar a casa de los Blanco para justificar el asesinato»
25 años sin Miguel Ángel Blanco

«ETA tuvo la indecencia de llamar a casa de los Blanco para justificar el asesinato»

ENTREVISTA. ALBERTO MARTÍN, ERTZAINA ·

Seis agentes de la comisaría de Eibar les protegieron y acompañaron en casa y fueron con ellos a las manifestaciones, al hospital y al sepelio

JESÚS J. HERNÁNDEZ

Lunes, 11 de julio 2022, 03:48

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En la comisaría de la Ertzaintza en Eibar estaban acostumbrados a los secuestros. El 29 de octubre de 1993, tras 116 días de cautiverio, Julio Iglesias Zamora fue liberado por ETA en el alto de Arrate, entre Eibar y Elgoibar. Cerca de allí, en el alto de Azkarate, recuperó la libertad el 14 de abril de 1996 José María Aldaya tras el secuestro más largo perpetrado por la banda hasta entonces: 341 días. Los dos caían en la demarcación que cubre la comisaría de Eibar y queda a pocos kilómetros de Elorrio, donde ETA soltó a Cosme Delclaux el 1 de julio de 1997, y de Arrasate, donde la Guardia Civil liberó a Ortega Lara pocas horas después. «Sabíamos de secuestros pero nunca habíamos tenido una fecha de ejecución sobre la mesa. Nadie estaba preparado para un secuestro así y con tan poco margen de maniobra», reconoce Alberto Martín. Es uno de los seis ertzainas que conformó el grupo que se creó de inmediato para proteger y acompañar a la familia de Miguel Ángel Blanco. Todos solían trabajar de paisano.

«Estuvimos durante las 24 horas con ellos, desde el momento en que se produce el secuestro hasta un par de semanas después», recuerda Martín. El equipo de agentes de la Ertzaintza seguía en casa de los Blanco cuando, unos diez días después, se recibió una infame llamada. «Lo sabe muy poca gente pero ETA cometió la indecencia de llamar a la casa de la familia para justificar el crimen de Miguel Ángel. Tuvieron la desgraciada idea de justificar la muerte con acusaciones sobre la política del PP y la situación penitenciaria». «Esa llamada está grabada. Estará en poder de Interior», añade.

«Trabajábamos dos o tres, por turnos. Hacíamos guardia en su casa y les acompañábamos a todas las salidas. Mañana, tarde y noche. Estuvimos en las manifestaciones para pedir la liberación, escribieron los comunicados con nosotros y luego nos tocó acompañarles a la cuarta planta del hospital Aranzazu, que estaba reservada para la familia y las instituciones. Estábamos con Chelo y Miguel y con algún cargo del PP cuando les comunican que el segundo encefalograma ha salido plano -era la comprobación, unas horas después de la primera prueba-, lo que suponía que pasaba de muerte cerebral a muerte real. Esos instantes, lo que vi allí en el hospital, los guardaré siempre en mi memoria. Me los quedo para mí. Tengo que decir que la familia Blanco Garrido ha sido siempre ejemplar, cariñosa y exquisita en el trato con todos los que participamos en la búsqueda de su hijo».

A Alberto Martín le tocó realizar parte de las numerosas llamadas que se sucedieron a continuación. «Me tocó comunicárselo al magistrado de la Audiencia Nacional. No había móviles en aquel tiempo, ni siquiera en la Ertzaintza. Tuvimos que comprar pinganillos porque en aquella época no teníamos». Guarda en un cajón recuerdos de aquellos días, como unas gafas doradas de la marca Ray-Ban que vestían todos los agentes cuando salían a la calle con la familia Blanco. «Nos habíamos quitado el verduguillo y las gafas eran útiles», admite.

Estrés sostenido

Eran seis los ertzainas que protegieron a la familia Blanco. «Uno de los compañeros se suicidó hace dos años de un tiro en la cabeza. Era un buen amigo, muy querido, un tío sano», rememora. Era el ertzaina que ayudó a entrar en casa al padre de Miguel Ángel cuando llegó aquel día del trabajo, con la ropa de faena y el gesto desencajado ante la certeza de que aquel tumulto en el portal era por su hijo mayor. Una imagen que conmocionó España.

Al igual que su compañero, Alberto Martín también intentó quitarse la vida. «Había acabado en una silla de ruedas por una lesión medular derivada de los problemas de nervios, como muchos compañeros que estuvimos en el País Vasco. Y busqué una solución definitiva a un problema temporal. Intenté acabar con mi vida», confiesa. Cambió de vida y se mudó a Sevilla. «Fui saliendo con el apoyo de mi madre y creé la Asociación Andaluza Preventiva del Suicidio Policial». En la ciudad hispalense, donde él logró volver a caminar, atienden a compañeros de todos los cuerpos en unas instalaciones cedidas por el sindicato Jupol.

Lo que les pasó factura a estos agentes no fue sólo Blanco, naturalmente. «La losa son todos estos años», resume. El estrés de la amenaza terrorista, sostenido durante años, dejó huellas en muchos agentes que trabajaron en Euskadi. Alberto Martín fue el policía más joven que aprobó la oposición para convertirse en ertzaina, recién cumplidos los 18. «Con 24 salí en la primera lista de ETA. He aparecido en tres». Tuvo que irse a vivir a Cantabria. «Los amigos se tomaron como algo normal que un chaval de esa edad se tuviera que marchar», recuerda. Cosas impensables. Él añade una más. «Nunca ha aparecido el arma del crimen de Blanco, un calibre 22 muy infrecuente, uno de los más pequeños. Estoy seguro de que alguien guarda ese arma como un trofeo».

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