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Un fotograma de 'Spider-Man: cruzando el Multiverso'.
'Spider-Man: cruzando el Multiverso', más grande pero no mejor

'Spider-Man: cruzando el Multiverso', más grande pero no mejor

La nueva cinta de animación del hombre araña supera la brillantez plástica y visual de la primera entrega, pero ofrece una historia bastante más deslavazada y aburrida que sufre serios problemas de ritmo

Iker Cortés

Madrid

Miércoles, 31 de mayo 2023

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Cuando se estrenó en 2018, 'Spider-Man: un nuevo universo' supuso todo un soplo de aire fresco al trilladísimo mundo de los superhéroes. La espléndida cinta de animación de Bob Persichetti, Peter Ramsey y Rodney Rothman se ambientaba en un universo paralelo en el que Peter Parker había muerto y un joven negro de secundaria llamado Miles Morales ocupaba su puesto. La construcción y el encendido de un supercolisionador de partículas, por parte de Wilson 'Kingpin' Fisk, atraía al mundo de Miles a otras versiones alternativas de Spider-Man que debían buscar la forma de regresar a sus universos antes de que la realidad colapsar.

La genialidad de la cinta de Sony Pictures Animation no solo residía en la capacidad de sus guionistas para adaptar la marcada personalidad del hombre araña a distintas versiones del personaje, con resultados muy disfrutables y cómicos, sino en la forma en la que hacía suyos todo tipo de estilos de animación para dotar de vida a cada universo alternativo. El resultado era una película original y divertida, con una calidad artística y visual deslumbrante.

Este viernes llega a las salas de cine españolas su secuela 'Spider-Man: cruzando el Multiverso', esta vez de la mano de Joaquim Dos Santos, Kemp Powers y Justin Thompson. Ambos están inmersos a su vez en la posproducción de la tercera entrega, que llegará en 2024 y que ya deja entrever que la conclusión de la película que nos ocupa es bastante abierta.

Tres fotogramas de la película.
Imagen principal - Tres fotogramas de la película.
Imagen secundaria 1 - Tres fotogramas de la película.
Imagen secundaria 2 - Tres fotogramas de la película.

El comienzo de la secuela pone el foco en Gwen, la Spider-Woman a la que conocimos en la anterior entrega y que acaba de incorporarse a un grupo de punk en el que toca la batería. Cada golpe de baqueta, en un ejercicio brillante de narrativa audiovisual, arranca recuerdos en la joven, que voz en off mediante, va verbalizando. Y habla de una tragedia, la que vivió con otro Peter Parker, que era su amigo y que, harto de ser un don nadie en el instituto, se tomó un brevaje que acabó convirtiéndolo en un lagarto gigante.

Casi acaba con la vida de muchos estudiantes en el baile de fin de curso, afortunadamente, Spider-Woman estaba ahí para evitarlo; desafortunadamente Parker murió al desplomarse una de las paredes del gimnasio. El padre de Gwen, capitán de policía, vio huir a la superheroína del lugar y está convencido de es la culpable de su muerte, sin saber que es su hija la que se esconde detrás del traje. Con este inicio, 'Spider-Man: cruzando el Multiverso' ya señala cuál es uno de los principales asuntos que abordará a lo largo de sus 2 horas y 20 minutos: el de las complejas relaciones paternofiliales.

Gwen y Miles, en 'Spider-Man: cruzando el Multiverso'.

La introducción se corona con una espectacular secuencia de acción que da comienzo con la irrupción de una versión alternativa del Buitre, de estilo renacentista, en el Guggenheim neoyorquino, al que Gwen, con la ayuda de otras versiones de Spidey como el futurista Spider-Man 2099 de Miguel O'hara, consigue reducir, y a los que se une. Son unos primeros minutos estupendos, que vuelven a maravillar por su habilidad a la hora de fundir e integrar diversos estilos de dibujo y animación en 2D y 3D, desde el tono acuarelado que posee Gwen, hasta el toque Da Vinci del villano, pasando por el estilo moderno de Jessica Drew, toda una Spider-Woman con moto y embarazada. Juega, incluso, con el metalenguaje, preguntándose qué es y qué no es arte y aunque el factor sorpresa se ha diluido un poco, 'Spider-Man: cruzando el Multiverso' sigue teniendo mucho que decir y que mostrar en este aspecto.

Pero no, Gwen no es la protagonista de la nueva aventura del trepamuros. Ese papel sigue recayendo en Miles Morales, que en los primeros minutos de su aventura ya se encontrará, casi por casualidad, con uno de los villanos de la función, la Mancha. Es un malo algo torpón, sin carisma y aparentemente de poca entidad -buena parte de la trama se olvida incluso de su existencia-. Inicialmente, es capaz de generar pequeños portales espaciales a placer, pero irá adquiriendo poder hasta llegar a generar portales interdimensionales, poniendo en peligro el Multiverso. Una vez más el recurso permite a los creadores del largometraje mostrar todo tipo de mundos animados: desde el homenaje a la animación fotograma a fotograma de los muñequitos de Lego, hasta ese paseo fugaz por unas viñetas anteriores a los años noventa, cuando el coloreado de los cómics era con tramas y no por ordenador. Por haber hay, incluso, algo de acción real.

Todo suma a la hora de contar la nueva aventura en la que se embarca Miles que tiene a sus padres preocupados porque últimamente parece estar más ausente que de costumbre. Su futuro, lo tiene claro, está en la Universidad de Princeton, en Nueva Jersey, aunque su madre se resiste a ver que aquel niño que necesitaba de todos sus cuidados tiene ya quince años y camina hacia la madurez a una velocidad pasmosa. El mundo de Miles se pondrá patas arriba cuando su amiga Gwen reaparezca en su universo con una misión: vigilar a la Mancha para tratar de detenerlo antes de que sea demasiado tarde. Sin embargo, fallará en su empeño y ambos tendrán que viajar por distintas dimensiones para detenerlo.

Pese a la imaginación desbordante y al riesgo que toma en lo visual -esa Manhattan al estilo Nueva Delhi es deliciosa, al igual que la ciudad de los Spideys o la poderosa imagen con la que plasma que el sino de Spider-Man es perder siempre a un familiar-, el gran problema de 'Spider-Man: cruzando el Multiverso' es que su historia esta vez no está a la altura. Deslavazada, caótica y con evidentes problemas de ritmo, la película acaba resultando algo aburrida, merced a unos diálogos menos chispeantes que en la anterior entrega y a unas secuencias, las más profundas, bastante plomizas.

Es cierto que toca temas interesantes aunque trillados -la soledad del enmascarado, el destino y la posibilidad de cambiarlo o no, el camino hacia la madurez o las relaciones familiares- y tiene giros potentes - ¿quiénes son los verdaderos villanos?-, pero se hace excesivamente larga y deja claro que en esta ocasión la forma se ha impuesto al fondo en todas y cada una de las decisiones de guion. A todo ello hay que sumar un final abierto, en el que no hay ni rastro de un 'cliffhanger' y que genera en el espectador una sensación de historia inconclusa, mucho menos redonda que la que sostiene la anterior entrega.

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