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Alejandro Sánchez Alarcón
Maravillosamente insoportable: el turno de Lisa Simpson

Maravillosamente insoportable: el turno de Lisa Simpson

Como parte de la serie de animación más importante de todos los tiempos, Lisa es un personaje único y lúcido, asediado por la mediocridad que hace felices a todos los demás

Sábado, 4 de noviembre 2023, 00:33

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Los Simpson siguen ahí. Siguen publicando temporadas aunque ya no muchos no se enteren. Pero echar la vista atrás es volver a maravillarse con el infinito saber hacer de los guionistas, con la mirada sociológica certera y atinada, con el don del ritmo y la comedia que destilaba esta serie en sus mejores tiempos. En este artículo recordábamos grandes episodios que nos hicieron amar 'Los Simpson', desde múltiples perspectivas. Pero ahora nos centramos en Lisa. Desde luego, en el ecosistema Springfield, nadie se parece a ella.

Imagino que, pese a ser personajes más queridos, más graciosos, en realidad nadie se identifica con los cafres de la serie. Pese a tener siempre un componente humano y —normalmente al final de los capítulos— una cierta redención o aprendizaje, empatizar con Bart o Homer es francamente difícil. Sin embargo, creo que muchos nos identificamos con Lisa en muchas de sus batallas y por eso ha entrado en la lista de los 50 mejores personajes de series del siglo XXI.

Y es que, sin duda, es a través de ella donde la serie expone los más grandes juicios al sistema de valores en el que vivimos inmersos: siempre a través de los ojos de los niños es más fácil ver los sinsentidos entre los que nos movemos diariamente. Y si la niña es superdotada, más. Lisa dará mil veces la lata tratando de ser íntegra y humana, y mil veces chocará contra esa escalofriante indiferencia del mundo adulto, por supuesto acostumbrado a tolerar toda injusticia.

Apu y Paul McCartney (también estaba Linda McCartney), la luz al final del túnel cárnico. RC

Por eso es tan bello cuando va encontrando, muy de vez en cuando, algún aliado. Puede que el primero fuera el atormentado Murphy Encías Sangrantes, el legendario saxofonista de la noche, en un capítulo que es la definición del blues. Ese momento es como una ampliación del mundo, un descubrir que hay mucho que sentir más allá de la abulia generalizada. Los sentimientos que conectan a Lisa con este hombre tan diferente son la base para todo el empuje humanista que vendrá. La música —patrimonio exclusivo de Lisa en la familia— seguirá estando presente, aunque sea tangencialmente, con Paul McCartney y el vegetarianismo, otra gran bandera, igual que la crítica a la religión como se entiende en Springfield y el coqueteo con el budismo.

No todo es bello: Lisa es competitiva, a veces la vanidad le puede —recordemos aquellas elecciones para ser la representante de los alumnos, o esos corazones rotos que va dejando a su paso—. Por supuesto hay quien, dentro y fuera de la pantalla, detesta a las personas inteligentes. Un John Cleese de hace mucho tiempo, refiriéndose a los estadounidenses, decía que votarían a un corrupto o a un violento mucho antes que a alguien inteligente que les hiciera sentirse tontos.

Por otro lado, decía Raphael en el recomendable documental sobre sus giras soviéticas que él desde pequeño sabía que iba a triunfar, y claro, no se le puede quitar la razón porque lo hizo. Con Lisa quizás pasa algo parecido, si es tan indiscutiblemente inteligente, ¿por qué no iba a fardar? Pues también tendrá que aprender a no hacerlo. Aunque al final del camino, y en un planeta que no debe ser este, alguien sí acabe votándola y eligiéndola presidenta de los Estados Unidos.

Lisa en el Despacho Oval. RC

Pero conviene recordar algo: ¿cómo podemos trazar la personalidad de alguien que no envejece a lo largo de 750 episodios? No podemos analizar este personaje como si se tratase de una serie como las de ahora, tan perfectas y centradas en los arcos de transformación de sus personajes: aquí hay que mantener esa increíble estancia perenne en la misma edad. Por eso ha dado tiempo de que Lisa sea lo mejor, lo peor, y todo lo que se nos ocurra. Será presidenta, sí, pero tiene otros cuantos futuros alternativos peores—sin contar las múltiples muertes de los jugosos e innumerables episodios de terror—.

Lisa se resiste a ceder ante los imperativos sociales, pero la serie le hace aprender a base de palos que tiene que encontrar un cierto equilibrio con sus coetáneos. Y en esos encuentros hay mucha emoción y mucho mensaje. Al fin y al cabo, es Homer, su radical opuesto, el que por amor decide comprarle el saxofón en lugar de un aire acondicionado para pasar una ola de calor. Ese cariño directo y sin intelectualizar es de donde Lisa suele aprender todo lo que a veces le falta.

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