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Jóvenes conversan en el patio del instituto. AFP
Cómo preparar a la comunidad educativa para luchar contra el suicidio juvenil

Cómo preparar a la comunidad educativa para luchar contra el suicidio juvenil

En un entorno ideal, el profesorado debería estár equipado no solo para enseñar matemáticas o historia, sino también para reconocer y actuar ante signos de malestar emocional en el alumnado

Jorge-Manuel Dueñas y Fàbia Morales-Vives

Universitat Rovira i Virgili

Miércoles, 27 de marzo 2024, 09:46

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Más de 700 000 personas fallecen anualmente en todo el mundo a causa del suicidio. Aproximadamente un 7 % de las más de 3 000 muertes por suicidio ocurridas en 2022 en España fueron de personas de entre 15 y 29 años, lo que convierte el suicidio en la segunda causa de muerte en este grupo de edad.

La prevención del suicidio es un reto global que va más allá del ámbito privado y se ha convertido en un desafío social frente al que profesionales de diferentes sectores, tales como la salud y la educación, deben unir esfuerzos.

El papel del ámbito educativo

Pasamos una parte importante de los años más cruciales de nuestro desarrollo en centros educativos, entre ellos la etapa adolescente. Esto ofrece una oportunidad única para identificar y ayudar a las personas en riesgo.

Nuestra investigación ha revisado los estudios realizados en este ámbito en las últimas décadas en todo el mundo, con el fin de determinar qué papel desempeñan las instituciones y los agentes educativos en la prevención del suicidio.

De los 1 107 artículos seleccionados inicialmente, una mayoría de ellos se centraban en la identificación de factores de riesgo y de protección para la ideación y la conducta suicida, y no exploraban el posible papel de las instituciones y de los agentes educativos, ni hacían propuestas concretas y novedosas en este sentido.

De entre los 58 artículos que sí describen o evalúan acciones educativas para la prevención, intervención o postvención (tras la consumación de un suicidio) del suicidio en diferentes etapas educativas, hemos analizado las acciones educativas llevadas a cabo entre 1990 y 2023, cubriendo más de tres décadas de investigación.

La importancia del contexto sociocultural

Los programas deben tener en cuenta que los detonantes de la conducta suicida, las reacciones e interpretaciones de las mismas, y las conductas de búsqueda de ayuda pueden variar de una cultura a otra.

En algunos países el suicidio está altamente estigmatizado (algunos de religión predominantemente musulmana, como Irán o Pakistán), o incluso penalizado, lo que puede llevar a un mayor rechazo o incluso miedo de que se hable del tema, por si ello puede alentar estas conductas o por si puede dar lugar a un efecto de contagio.

En otros países con una cultura fuertemente colectivista, como Japón o Corea del Sur, los enfoques que se centran exclusivamente en la promoción del individualismo y la autonomía personal pueden no ser efectivos para la prevención del suicidio entre los jóvenes. Esto se debe a que, en estas sociedades, el sentido de pertenencia y la presión para cumplir con las expectativas familiares y sociales pueden ser factores significativos que contribuyen al estrés y la angustia emocional.

Considerando que muchos de los estudios se han llevado a cabo en Estados Unidos, hace falta más investigación en otros países, entre ellos en España y otros países del ámbito latinoamericano.

Énfasis en la prevención

La mayoría de los programas ponen el foco en la prevención, especialmente en los institutos. Pero es necesario que los programas para reducir la conducta suicida engloben también la intervención y postvención.

Los programas de prevención se centran en la promoción de la salud mental, fortaleciendo aquellos aspectos que pueden constituir factores de protección ante la conducta suicida, por lo que pueden estar dirigidos a cualquier colectivo del sector educativo.

En cambio, los programas de intervención están dirigidos específicamente a personas que ya han sido identificadas como de riesgo, por lo que son intervenciones más específicas, para evitar que se consumen este tipo de conductas. Respecto a la postvención, son programas que se llevan a cabo cuando ya se ha producido un suicidio, con el fin de atender a las personas próximas a la víctima (por ejemplo, los compañeros de clase).

Un aspecto positivo que hemos encontrado en los estudios analizados es que en los programas que se proponen intervienen muchos agentes educativos: desde profesores a otros miembros de la plantilla, pasando por familias, psicólogos y administrativos. Se observa, por tanto, que la prevención del suicidio no es responsabilidad únicamente de los profesionales de la salud.

Lo que sí echamos en falta es más evidencia sobre el impacto a largo plazo de estos programas, para determinar si dan lugar a un cambio profundo en los estudiantes y si reducen las tasas de mortalidad por suicidio.

Formación y reducción del estigma

Tras el análisis de todos estos programas de prevención en ámbitos educativos, hemos detectado las siguientes necesidades:

1. Formación de la plantilla de los centros. Debería abarcar desde la concienciación y comprensión del suicidio, incluyendo estadísticas, factores de riesgo y señales de alerta, hasta el desarrollo de habilidades prácticas para intervenir efectivamente. Aprender técnicas de comunicación específicas para dialogar sobre temas difíciles, escuchar de manera efectiva y brindar apoyo empático, conocer los protocolos de actuación y derivación a profesionales de la salud mental e incorporar estrategias de autocuidado son cuestiones cruciales.

2. Reducción del estigma. Aunque el estigma asociado al suicidio sea más elevado en unos países que en otros, sigue siendo un tema muy sensible en todo el mundo. Por ese motivo, uno de los aspectos a abordar en los programas de prevención es precisamente este estigma, aportando datos basados en la evidencia y no en ideas preconcebidas, evitando el sensacionalismo. Por ejemplo, saber que la conducta suicida no siempre implica la existencia de un trastorno mental y que muchas personas se pueden ver desbordadas en algún momento de sus vidas puede ayudar a reducir este tabú, facilitando que se hable del tema. A su vez, poder hablar de ello en estos programas puede facilitar la identificación de las personas de riesgo, pudiendo así ofrecer el apoyo necesario, al contrario de lo que implica el silencio asociado al estigma y al tabú.

3. Actualización. Las iniciativas preventivas aisladas no son eficaces. Es necesario actualizar periódicamente los conocimientos y habilidades desarrolladas en programas de formación y evaluar su impacto más allá de las actitudes de los participantes.

4. Formación de los maestros sobre estrategias vinculadas a la salud mental. Como desarrollo del primer punto, la formación de las personas que trabajan en la docencia en competencias relacionadas con el manejo de la salud mental propia y del alumnado es un aspecto que se ha de ver convertido en esencial en su formación. El impacto que tienen sobre el alumnado, cuyas personalidades están en pleno proceso de desarrollo, supone una gran responsabilidad.

5. Desarrollo de protocolos de intervención que minimicen el impacto ante el suicidio de un alumno. Aunque ningún protocolo podrá solucionar todos los problemas ni hará que las situaciones se solucionen fácilmente, sí aportan una serie de procedimientos estandarizados que pueden dotar de mayor seguridad al personal de los centros educativos.

El suicidio es una realidad actual que afecta a muchas personas en edad escolar. Por lo tanto, los centros educativos deberían ser espacios de bienestar emocional.

En un entorno ideal, el profesorado debería están equipado no solo para enseñar matemáticas o historia, sino también para reconocer y actuar ante signos de malestar emocional en el alumnado.

Esterte artículo ha sido escrito también por Janaina Minelli de Oliveira de la Universitat Rovira i Virgili y publicado en «The Conversation».

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