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Mujeres esperando en el baño. Archivo
La brecha de género invisible que explica las colas en los baños de mujeres

La brecha de género invisible que explica las colas en los baños de mujeres

ODS 5 | Igualdad de género ·

Las largas colas no se deben a que las mujeres usen «mal» los baños públicos, sino que son un problema de diseño y de no comprender cómo cambian los tiempos de uso

Raquel C. Pico

Viernes, 21 de julio 2023, 06:55

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Durante años, casi como un ritual, con la apertura de puertas del Mobile World Congress (la feria de tecnología que se celebra cada año en Barcelona), se publicaba con éxito una foto en alguna red social. Mostraba una cola en el baño masculino, frente a su ausencia en el baño femenino. Si algo así merecía que alguien se parase a fotografiarlo era porque llamaba la atención: era, por así decirlo, el mundo al revés. Un sector altamente masculinizado había logrado darle la vuelta a las colas en los baños.

De hecho, ya sea un cine, la terminal bulliciosa de un aeropuerto, un congreso o el teatro en su intermedio, lo que se espera es encontrar un tráfico fluido en la puerta del WC masculino y uno denso, con atascos dignos de una operación salida, en el del femenino. Solo el 11% de los hombres reconoce que debe esperar «bastante a menudo» o «muy a menudo» para usar los baños públicos, según un estudio británico de YouGov. Entre las mujeres, la cifra escala al 59%.

Pero ¿por qué se forman esas colas y qué hace que las mujeres tengan que esperar pacientemente para poder acceder a los baños mientras los hombres no suelen tener ese problema? Existen razones para explicarlo, que nada tienen que ver con los argumentos de cultura popular que a veces circulan. No es que las mujeres hagan «mal» las cosas o pierdan el tiempo. «Desde muy temprana edad, a las mujeres les hacen sentir que es un problema de ellas», asegura la experta Susan Cunningham en 'No place to go', de Lezlie Lowe. Pero, señala la especialista, no lo es: «Es que quienes planean [los baños públicos] exigen no ser realistas» con las necesidades de esos espacios, suma.

La clave está en los usos que se hacen de esas infraestructuras y en los medios que se precisan para hacerlo. En 'La mujer invisible', Caroline Criado-Pérez señala que las mujeres necesitan 2,3 veces más tiempo de media para usar los baños públicos que los hombres. Es también lo que indica el estudio de YouGov, que habla del doble de tiempo. «En términos estadísticos, las mujeres tienen mayor necesidad de ir al baño que los hombres, con más frecuencia y durante más tiempo», apunta también Inés Novella, profesora del departamento de Urbanismo de la Universitat Politénica de Valéncia e investigadora de la catedra UNESCO de Género de la Politécnica Madrid. Novella habla de razones culturales y fisiológicas para explicar esta fractura en tiempos de uso, «pero todas importantes».

«Hombres y mujeres tienen necesidades distintas en el acceso a los baños públicos», resume. Igualmente, Novella recuerda que los cuidados están todavía muy feminizados. Por eso, no es raro que las mujeres acompañen a otras personas a ir al baño. «Quien haya sido madre o haya cuidado a un niño pequeño sabe que lleva más tiempo que cuando vas sola. Esa cola se hace más larga», señala la investigadora. Según las cuentas de la American Restroom Associations, una madre puede bloquear un cubículo entre 5 a 10 minutos.

También, Criado-Pérez suma en su ensayo que la mayoría de la población de más edad o con discapacidades —grupos demográficos que necesitan aún más tiempo para poder ir al baño— suelen ser mujeres—. E igualmente es habitual que las mujeres vayan al baño juntas: Novella apunta que esta práctica cultural está conectada con la necesidad de sentir seguridad en el proceso.

Y no solo eso: también hay que sumar lo que supone la menstruación: si una persona está menstruando, necesitará pasar más tiempo en el cubículo del baño. Y, como recuerda Lowe, esta es una cuestión sobre la que no se puede tener control. «Y la menstruación ha sido casi perfectamente desconocida para los (en su mayoría) hombres cis que diseñan e instalan baños en los edificios y espacios públicos. Es el último tabú del baño», indica.

En resumidas cuentas, al final, todo es una cuestión de diseño, que ha ido creando una invisible brecha de género: Invisible, al menos, para la población en general, porque como señala la profesora de la Politécnica entre los estudios de género es algo que se tiene bastante presente.

El falso reparto igualitario

Cuando se planifican los baños públicos se trabaja con una suerte de división salomónica. La mitad del espacio se va a los de hombres y la otra mitad al de mujeres. «Sin embargo, si un baño para hombres tiene tanto cubículos como urinarios, el número de gente que puede aliviarse al mismo tiempo es más alta por metro cuadrado en el baño masculino que en el femenino», escribe Criado-Pérez. «La igualdad no es repartir para dar a todo el mundo lo mismo, sino dándole a todos lo que necesitan», indica Novella. «En los cuartos de baño es exactamente eso: si las mujeres lo necesitan más, igualdad no es darles el 50%», sintetiza.

Es en esta intersección entre baños públicos, diseño y reducción de las brechas de género en la que se asienta el movimiento de 'potty parity', que podría ser traducido como 'paridad en el retrete'. Ni siquiera es tampoco una idea nueva: es algo sobre lo que se lleva hablando e investigando en ámbitos universitarios desde ya los años 70. Lo que se busca es que se tenga en cuenta toda esta brecha invisible cuando se diseñan los espacios públicos y que se busque una paridad real, en lugar de reducirla a simplemente dedicar los mismos metros cuadrados a unas instalaciones y a otras.

Es también lo que señala Novella. «Hacer baños iguales no es hacerlo bien, porque no estamos respondiendo espacialmente a las necesidades de la población», apunta. La 'potty parity', como afirma en su libro Lowe, ya se ha integrado como principio en algunas normativas que se han ido aprobando en Canadá o en Estados Unidos en las últimas décadas. Novella apuesta por lograr que los servicios sean accesibles, seguros y «que no estén en un rincón perdidos».

Otra solución para acabar con la brecha de género en el acceso a los servicios podrían ser los baños neutros. Si todo el mundo puede acceder a todos los baños, la cuestión se simplificaría, o al menos eso es lo que ya defienden algunas voces. Aun así, hacer ese cambio no supone simplemente eliminar los letreros. Fue lo que hicieron en un centro artístico londinense con resultados bastante poco optimistas, como señala en su libro Criado-Pérez. El baño 'gender neutral con urinarios' solo lo usaban sus usuarios de siempre, mientras que el resto de la gente se iba al antiguo baño para mujeres donde las colas se dispararon. En realidad, ni se habían creado espacios realmente neutros ni se había reducido la brecha de género para las usuarias.

«La experiencia que recoge Criado-Pérez demuestra que esta no es la solución», indica Novella, que también echa mano de lo que ocurrió en la escuela de arquitectura donde estudió. Allí también se lanzó una experiencia con baños neutros, pero al final los usos seguían siendo segregados y una encuesta entre el alumnado mostró que las alumnas no querían compartir ese espacio. La investigadora es consciente del papel que los baños neutros tienen para la población trans, pero apunta que ahora mismo «ni funciona para la gente trans, ni funciona para la gente cis. Es un tema que hay que estudiar». Esto es, hay que encontrar una solución para hacer que los baños sean accesibles y que funcionen, pero no con un atajo rápido, sino con un análisis serio y profundo de lo que se necesita.

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