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Hombre cogiendo papel en un baño público. Wang Zhao
La desaparición de los baños públicos

La desaparición de los baños públicos

ODS 6 | Agua limpia y saneamiento ·

Son una infraestructura olvidada pero crucial para crear espacios accesibles para todos: los baños públicos son un servicio que todo el mundo necesita, pero en el que pocos piensan

Raquel C. Pico

Lunes, 8 de mayo 2023, 07:02

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Son, quizás, cada vez más invisibles, pero aun así muy necesarios para el funcionamiento de las ciudades y para la calidad de vida de sus habitantes. Se trata de los baños públicos; espacios que dan un servicio fundamental, aunque casi siempre olvidado cuando se piensa en las grandes necesidades del espacio público, esas que crean comunidades sostenibles.

En no pocos países, como recuerda Lezlie Lowe en 'No place to go' —un ensayo que aborda, justamente, la realidad de los baños públicos en los países occidentales—, no existen normativas que regulen su acceso o incluso su existencia. En España, sí hay leyes sobre baños públicos. No es difícil encontrar en el Boletín Oficial del Estado (BOE) aquellas que regulan sus normas de accesibilidad o la calidad de las aguas. Sin embargo, más difícil es determinar qué obligación existe para crear WCs para el acceso de los ciudadanos. En cierto modo, la cuestión está fragmentada entre normas comunitarias y municipales.

No parece a primera vista un asunto tan importante y quizás por eso nadie habla mucho de los baños públicos, de dónde están o de cómo están desapareciendo.

Y, sin embargo, esta sí es una cuestión importante. Lo es cuando se piensa a nivel global — según la ONU, 3.600 millones de personas viven sin acceso al saneamiento—, pero también cuando se piensa de forma específica en los llamados «problemas del primer mundo». De entrada, siguen existiendo personas que no tienen acceso a un baño (sin ir más lejos: la población sin hogar, lo que ha hecho, como apunta Lowe, que en algunas ciudades exista un serio problema de higiene urbana). Y, para continuar, ir al baño es una necesidad fundamental, básica para todo el mundo.

Cualquier persona puede necesitarlo. Para algunos grupos de población es incluso una necesidad apremiante. Para quienes padecen enfermedades intestinales crónicas, como la colitis ulcerosa o la enfermedad de Crohn (ya el 1% de la población española), esperar a llegar a casa cuando se tienen ganas no es posible.

Como señala Guido Corradi, profesor de percepción y atención en la Universidad Camilo José Cela e investigador que ha analizado qué ocurre durante esas experiencias de uso de los baños públicos, estas personas se llegan a plantear qué pueden hacer o qué no pensando en qué acceso podrán tener a un baño público. «Se asocia con cambios en la calidad de vida de las personas e incluso el bienestar percibido», explica. «A medida que sufrían en general más eventos negativos con baños públicos aumentaban la vergüenza interiorizada sobre su propia enfermedad», apunta sobre las conclusiones de uno de sus estudios. Según calcula Corradi, las experiencias negativas pueden explicar una variabilidad del 10% en su calidad de vida.

Pero, aunque ellos son los daños colaterales más claros, no están solos. «A lo largo de nuestra vida, todos —tengamos o no enfermedades crónicas— en cualquier momento podemos ser una persona dependiente de baño público», recuerda Guido Corradi. Un «dependiente de baño» es, en estos estudios, quien, por una razón o por otra, «necesita hacer uso constante de baños para su día a día y a quien, no hacerlo, postergarlo o limitarlo, le genera un malestar o dolor».

«El último artículo que publicamos demuestra que los problemas con los baños públicos afectan no solo a las personas que hacen un gran uso de ellos, sino que todo el mundo en cierta medida sufre de esta violencia urbana de que no sean adecuados», señala. Al fin y al cabo, todo el mundo ha sufrido alguna vez un episodio de gastroenteritis, todos hemos sido pequeños —y a los niños les cuesta no ir al baño cuando lo necesitan— y todos podemos llegar a la tercera edad —cuando también aumenta la dependencia de estos servicios—. De hecho, otro estudio, publicado en 'The Lancet', también ha señalado que el cierre de baños públicos tiene efectos sobre la salud.

Los baños públicos fallan porque están sucios, les faltan cosas básicas (como papel higiénico) o no ofrecen suficiente intimidad. Y lo hacen, sobre todo, porque a veces ni siquiera están.

¿Cuántos han desparecido?

Extraer estadísticas sobre cuántos baños públicos han desaparecido no es sencillo. Sabemos que pasa porque la hemeroteca está llena de noticias sobre ciudades que los han ido clausurando y sobre protestas de algunos colectivos (para quienes trabajan en la calle, desde repartidores a taxistas, la ausencia de baños públicos es un problema claro).

Pero también da pistas lo que vivimos durante los años de pandemia, cuando las medidas de control cerraron establecimientos a los que tradicionalmente se recurre en caso de necesidad, como los bares. Eso también ha ayudado a que la población en general perciba algo que la dependiente de baño ya tenía muy presente: la cantidad de espacios en los que ya directamente no los hay es muy elevada. Solo hay que pensar en la última vez que se viajó en metro o en un autobús interurbano para percibirlo.

Quizás, los datos de Reino Unido —donde sí existen estas estadísticas— pueden ayudar a comprender el panorama. En 2011, la British Toilet Association estimó que se habían esfumado en una década el 40% de todos los baños públicos en el país. En 2019, a Lowe ya le daban una cifra del 50%. Es un número en sintonía con lo que calculaba una investigación de la BBC de 2016: la mitad de los de gestión municipal habían cerrado en los últimos diez años. Los ayuntamientos se escudaban en que mantenerlos resultaba demasiado caro.

Esa es, de hecho, una de las razones recurrentes para su cierre. Se suele hablar de que están en mal estado o que no resultan adecuados a los tiempos, pero también de que se habían convertido en focos de vandalismo y prácticas delictivas. Solo hay que pensar en qué visualizamos cuando imaginamos un baño público para entenderlo. Pero, como explica Guido Corradi, cuando se analizan estas razones con cierta pausa, estos argumentos se desmontan. «Siempre lo extrapolo a otros servicios que son difíciles de dar, pero el Estado los presta», señala. Nadie, por ejemplo, diría que se dejase de recoger las basuras porque los contenedores se llenan en algún momento del día o no huelen bien.

Incluso, existen ya experiencias que demuestran que otros baños públicos —gratuitos y accesibles a toda la población— son posibles. Para atajar los serios problemas higiénicos que suponía su ausencia, el departamento de obras públicas de San Francisco ha puesto en marcha sus Pit Stops. Es una red de baños públicos con, como explica en su libro Lowe, personal. Gracias a sus trabajadores (población, además, con dificultad para encontrar empleo), están limpios y son seguros y accesibles, tanto que se han convertido en algo que los propios barrios reclaman para sus calles. Otras urbes, como Portland, han logrado hacerlos más amigables simplemente modificado su diseño.

Mejorar los baños públicos no supone, al final, más que hacer cambios simples. Corradi habla de ampliar la red o de algo tan simple como permitir el acceso a los baños que ya existen, como los de bares y establecimientos comerciales. Como señala el investigador, con solo «mejorar lo que ya hay, garantizar el acceso y establecer unos mínimos de estándares de calidad en los baños» serviría para «tener un servicio público de calidad». Uno que no dependa de que tengas un bar abierto para que te dejen pasar.

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