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Videomapping sobre el Museo del Prado. Archivo
Museos contra el cambio climático

Día Mundial de los Museos

Museos contra el cambio climático

ODS 13 | Acción por el clima ·

Estos espacios no permanecen al margen de los retos que causa la crisis climática. Están cambiando sus estrategias y sus consumos, pero también se plantean cómo cambiarán las cosas para sus obras y sus visitantes si lo hace el clima.

Raquel C. Pico

Jueves, 18 de mayo 2023, 07:10

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Cuando la COP25 se celebró en Madrid hace un par de años, el Museo del Prado se unió a WWF para hacer algo un tanto especial. A los protagonistas de algunos de sus cuadros más icónicos les habían afectado las consecuencias que tendría el aumento de 1,5ºC de la temperatura. Así, Felipe IV se encontraba cabalgando entre las aguas, en vez de en el fondo en el que Velázquez lo había situado. Llamaba la atención y se convirtió en viral, tanto que salió en los medios de todo el mundo. «Tengo un recorte de un periódico de Vietnam», señala Carlos Chaguaceda, director de comunicación del museo. «Eso también forma parte del trabajo de un museo», recuerda.

Los museos son una parte importante de nuestras sociedades y, como tal, lo que hacen en relación con el cambio climático es también muy importante. «El reto es sobreponerse a lo que vendrá en los próximos 200 años», apunta Chaguaceda, recordando la larga historia de su museo. ¿Trabajan entonces los museos para ser más sostenibles?

«Ya hace años», responde Evelio Acevedo, director gerente del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza. Sobre todo, lo hacen desde 2017, indica, que fue cuando cambiaron su sistema de iluminación. Las bombillas led no solo ahorran, sino que también calientan menos, lo que cambia las condiciones de la sala. Trabajar en la huella de carbono «es más complejo», pero también lo están haciendo. Reutilizar materiales, calcular también la huella que aportan sus visitantes (no es lo mismo alguien que llega en metro desde otro barrio de Madrid que alguien que lo hace en avión desde más lejos) o minimizar el uso del papel son algunas de las cosas en las que trabajan.

¿Se puede eliminar los mapas de papel sin crear una brecha para sus usuarios de más edad? «Se consigue con un servicio muy próximo al visitante», indica Acevedo. Su personal de sala está formado para responder a todas sus dudas. No necesitas un mapa si alguien te puede solventar tu duda.

También en el Prado han reducido al mínimo el uso de papel. Para ellos, la sostenibilidad «viene de lejos». «No la descubrimos hoy», apunta Chaguaceda. En 2015 fueron el primer museo español en analizar su huella de carbono y, desde entonces, han puesto en marcha diferentes medidas para ser más responsables, como abordar cómo cambiar la iluminación para lograrlo. Por ejemplo, ahora están pensando en cómo podrían añadir placas solares, algo complejo en un edificio BIC.

En el Guggenheim tienen puntos de carga para vehículos eléctricos: para sus empleados pero también en la calle para quien pueda usarlos. En este museo, la sostenibilidad se ha convertido en un elemento transversal a la estrategia, explica Ana López de Munain, su coordinadora de comunicación y miembro del grupo Gu-Zero, una iniciativa interna en la que participan trabajadores de prácticamente todos los departamentos para sensibilizar sobre su plan de sostenibilidad.

Sus medidas van en la misma línea que las que mencionan los responsables de otros museos, eficiencia energética por un lado —ellos están abriendo los lucernarios, para aprovechar la luz natural— y medidas estratégicas para minimizar el impacto ambiental por el otro. De hecho, en el Guggenheim han aplicado principios de economía circular a elementos de la cotidianidad museística. Los elementos de las exposiciones —desde vitrinas a peanas— ya no se tiran: se vuelven a usar, incluso se comparten con otros museos locales según necesidades. También aplican criterios de sostenibilidad a otras áreas, como el restaurante con productos de proximidad o los uniformes de su personal de atención al público. Los acaban de renovar y los ha hecho Ecoalf con materiales reciclados.

Como apunta Chaguaceda, es imposible dejar de mover las obras al completo por avión. «Nos encantaría encontrar una manera de poder hacerlo», apunta. El 'dircom' del Prado explica que en un momento en el que a los museos les cuesta desprenderse de sus obras más importantes —y que sea por poco tiempo es por eso tan importante— esto limitaría, por ejemplo, el acceso a préstamos estrella. Los responsables de los museos sí tienen muy presente el impacto medioambiental de estos procesos a la hora de pensar en su huella. Y recuerdan que no todas vienen en avión: hay obras que llegan en barco o por transporte por carretera.

Pero el papel de los museos contra el cambio climático no se queda solo en lo que hacen, sino también en lo que cuentan, lo que sugieren. «Entendemos que también forma parte de nuestra responsabilidad estar cerca de la sociedad», indica Acevedo, lo que supone «ser pedagógico y generar debate». Por eso, los programas de actividades y hasta de exposiciones se llenan de referencias que ayudan a entender la cuestión o acceder a nuevos puntos de vista. En los museos existen hasta recorridos temáticos especializados para hablar de cambio climático.

Un cuadro de Van Gogh puede explicar qué ocurre cuando alteras el curso de un río. De hecho, ya lo hace.

Efectos en primera persona

Con todo, el cambio climático no solo afecta a los museos porque son parte de una sociedad golpeada por la crisis climática. También cabe preguntarse cómo el cambio de condiciones climáticas o la polución ambiental golpean a sus edificios y a sus obras. Ya existen estudios que demuestran que la contaminación ha dañado a esculturas en exteriores, por ejemplo, pero ¿qué pasa cuando el tiempo se vuelve más caluroso y seco con la conservación de sus obras?

«Cuando en la calle hace más calor, hay que compensar dentro», recuerda Acevedo. Esto podría afectar a su consumo de energía. Acevedo apunta otra cuestión interesante: si cambian los días de sol y lluvia y las estaciones, podría afectar también a sus flujos de visitantes. Si en invierno hace 'buen' tiempo, apetecerá menos refugiarse en un museo. Pero, quizás, en verano se conviertan en una suerte de refugios térmicos: llenándose más con quienes huyen de las altas temperaturas.

Y, por supuesto, los efectos que el cambio climático tiene en el consumo y los precios afectan a los museos igual que lo hacen con los hogares. El museo «vive en la realidad», como recuerda Chaguaceda. «Nos afecta mucho el precio de la energía, como pasa en casa», indica.

¿Y qué ocurre en un museo como el Guggenheim en el que el edificio es una parte tan importante de la experiencia y en el que tantos elementos —como el popular Puppy— están en el exterior? «Hoy por hoy no hemos notado que nos afecte en los materiales del edificio», explica López de Munain. Pero lo que sí han cambiado ya es una cuestión clave: han flexibilizado los parámetros de conservación para tener en cuenta las condiciones del exterior (por ejemplo, el grado de humedad en el ambiente). De este modo, ahorran energía adaptándose al tiempo, sin perjudicar a las obras.

Puppy, eso sí, cambia de flores en otoño y en primavera y el proceso es una ventana para hablar de sostenibilidad con los escolares, mediante talleres en los que les explican cómo funciona una obra de arte viva.

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