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Imagen del grupo musical de padres e hijos, Mayalde. Eduardo Margareto | ICAL
Los músicos del alma en Salamanca que apostaron por la cultura milenaria

Los músicos del alma en Salamanca que apostaron por la cultura milenaria

Arturo y Laura Martín conforman junto a sus padres Mayalde, un proyecto musical consagrado a investigar, recopilar, salvaguardar y popularizar la música tradicional y, con ella, nuestras raíces

Domingo, 17 de marzo 2024, 11:49

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A comienzos de los años 80, Eusebio Martín (procedente de La Maya) y Pilar Pérez (oriunda de Aldeatejada), decidieron dejar sus puestos de funcionarios en la provincia de Salamanca para consagrar su vida a la música y fundar Mayalde. No apostaron por cualquier música, sino por la del alma, la que procede de la tradición oral, aquella que nuestros abuelos cantaban cuando no tenían instrumentos entre sus manos, y se veían obligados a arrancar sonidos de las escasas pertenencias que les rodeaban con el único afán de sobrevivir.

Juntos se dedicaron a recorrer los rincones más recónditos de la provincia para escuchar y absorber como esponjas el saber de una cultura milenaria, que estaba a punto de extinguirse: la nuestra. «Cuando empezamos, los gurús de las recopilaciones nos decían que ya estaba todo recogido, que para qué nos íbamos a molestar, pero si miras los cancioneros que existían antes de este proyecto, no aparecen muñecos bailarines, ni calderos, ni platos, ni sartenes, ni la moneda en la barreña… Nos llamaron chatarreros, nos echaron de algunas casas porque pensaban que íbamos a reírnos de sus mayores, y luego nos han visto en los escenarios cantar cosas de las que ellos se habían avergonzado, mientras sus padres o abuelos presumían de guardar con mimo eso en la cabeza, con la esperanza de que alguien llegara para poner en valor aquello con lo que crecieron», resume Eusebio a ICAL.

Un camino contracorriente

Desde bien niños, mientras su padres iniciaban un proyecto contracorriente que aún hoy se expande, Laura y Arturo encontraron en la tradición oral a un compañero de viaje insustituible. «La música ha sido nuestra vida desde la cuna, en un cesto de mimbre», recalca ella, para quien seguir el camino que emprendieron sus padres «no ha sido un aparte», sino «una forma natural de continuar».

«Cuando tienes doce años y te dicen: 'Vas a salir ahí'. Todo se te hace cuesta arriba. A mí el estómago se me daba la vuelta porque es difícil, pero una vez dentro el escenario es algo que te embauca. Tiene magia y no es fácil vivir sin ello», resume Laura, que pasó la adolescencia intentando centrarse en sus estudios mientras por su casa desfilaba todo tipo de músicos en una celebración continua de la vida con cenas con amigos casi a diario y no pocos episodios «surrealistas».

En su caso, tras sacar adelante el Bachillerato con matrícula de honor, decidió empezar a estudiar Historia del Arte gracias a una beca, pero sintió que aquel no era su camino e inició ADE: «Lo odiaba y lo dejé. Luego empecé Turismo pero tampoco sentía que fuera lo mío». Fue entonces cuando reconoció lo obvio, que la música era su camino: «De niña de vez en cuando me pedían subir a cantar una canción con ellos, y en verano siempre acompañábamos a mis padres en sus giras. Mientras estudias vas compaginando todo con la música, hasta que llega un momento en que se convierte en tu profesión habitual».

Ella decidió centrar sus esfuerzos musicales en la voz. «A mi madre, muy joven, le dejaron mal la voz tras una operación y tuvo que parar de cantar, así que fue mi padre quien tuvo que asumir eso, a pesar de que lo hacía regular», bromea. «Fui tomando clases de canto, pero siempre te llevan un poco a la lírica, a engolar y a entonar de otra manera, cuando lo difícil es seguir manteniendo una voz, como si dijéramos, 'de pueblo', una voz antigua. Además, cuando tienes 28 actuaciones en el mes de agosto, en las que tu voz tiene que sonar por encima de una sartén o un caldero, es fundamental aprender a cuidarla. Tienes que intentar mantener el 'twang' sin perder la esencia de todo esto», resume esta cantadora de nanas y sueños, de charros y charradas, que en Mayalde representa el rugido y la herencia de la voz tradicional.

«Asumes la responsabilidad de que eres el hijo del chamán y de que tienes que mantener ese legado con vida»

Arturo, por su parte, empezó a tocar el piano con apenas siete años, pero lo dejó tras una mala experiencia con un profesor, hasta que con once años retomó el aprendizaje de mano de su padre, con quien vivió «un momento de guerra» en la adolescencia, que afortunadamente pudieron «solucionar». «Con 16 o 17 años hay una fase en la que te preguntas qué demonios estás haciendo con ese tipo de música, pero al final, de una manera natural, poco a poco vas cogiendo las riendas del caballo y te das cuenta de que ahí detrás hay mucha magia. Asumes la responsabilidad de que eres el hijo del chamán y de que tienes que mantener ese legado con vida», explica.

Tras ser expulsado del IES Vaguada de la Palma, recaló en el Venancio Blanco, donde experimentó «un cambio brutal» gracias a uno de sus profesores. Fue en esa etapa cuando se metió en una escuela de debate que le llevó a ganar su primer jornal, 35.000 pesetas, y después se licenció en Historia, en un proceso en el cual nunca ha dejado de formarse. «Llegué a compaginar Historia con Musicología, pero tuve que dejar la segunda. Ahora estoy estudiando Etnomúsicología en el Conservatorio Superior de Castilla y León (Coscyl), donde aprendemos no a teorizar, sino desde otro punto de vista. Está siendo una experiencia maravillosa, como volver a los veinte años otra vez», aclara.

«Anarquista musical» confeso y «autodidacta total», sin miedo a tener que aprender a tocar el rabel, la zanfona o lo que se le ponga por delante, Arturo es un músico de sangre, en el cual se encarnan su voz salvaje y alegría desgarradora, melodía del viento. Reconoce que es incapaz de dosificarse y que siempre tiene la necesidad de entregar «el 150 por ciento». «Hemos nacido en un escenario y eso se tiene que notar. Es nuestro hábitat y nuestra liturgia», resume.

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