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Ilustración: Cristina Leal
Estos componentes químicos nos engordan (y no están en los alimentos)

Estos componentes químicos nos engordan (y no están en los alimentos)

Se llaman «compuestos obesógenos» y están presentes en el ambiente: tienen efectos sobre el desarrollo de la obesidad, según los expertos

Julia Fernández

Sábado, 17 de febrero 2024, 00:03

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Todos conocemos a alguien que dice que le engorda el aire. Y aunque la afirmación es irreal, lo cierto es que hay más cosas que contribuyen a la obesidad que la propia dieta y el sendentarismo. No vamos a quitarle importancia a estos dos factores, pero sí vamos a prestar atención a una serie de componentes que podrían estar boicoteando nuestra lucha por mantener un peso saludable en una sociedad en la que cerca de un 15% de mayores de 18 años padecen sobrepeso.

Son lo que los expertos llama «compuestos obesógenos», es decir, «sustancias químicas presentes en el ambiente que tienen efectos sobre el desarrollo de la obesidad», define Raquel Soler Blasco, investigadora postdoctoral en Salud Ambiental de la Universitat de Valencia. Están prácticamente en todas las cosas, «incluso en los tiques de la compra», precisa Antonio J. Ruiz Alcaraz, profesor de Inmunología de la Universidad de Murcia.

«Hay una lista de 50 productos químicos que han sido catalogados como potenciales obesógenos», prosigue el también investigador murciano. Algunos son muy conocidos, como el bisfenol A o BPA, una sustancia que se ha usado muchos años para revestir utensilios de cocina y hacerlos antiadherentes –ahora ya no se hace–, o los parabenos, utilizados como conservantes en la cosmética. Otros tienen nombres más complicados, como los ftalatos, presentes en muchos envases incluso alimentarios; el DDT, un pesticida; la tribultina, un preservante de la madera... Y, por supuesto, los PAH, hidrocarburos aromáticos policíclicos, que proceden de la combustión incompleta del carbón, el petróleo, la basura orgánica...

La cifra

15 %

de la población española mayor de 18 años tiene sobrepeso

El contacto con ellos es lo que 'nos hincha'. «No engordan tal cual, sino que promueven el exceso de peso mediante diferentes mecanismos», precisan los dos expertos. Uno de ellos es alterar los adipocitos, las células que acumulan la grasa: «En estudios en animales se ha visto que pueden aumentar el número y el tamaño de las mismas», explica Soler. Lo que hace que acumulemos más grasa y también genera cierta inflamación crónica en nuestro cuerpo. En otros casos, provocan que se desarrollen adipocitos 'enfermos' que tengan problemas para captar la glucosa, lo que nos hace más vulnerables a la diabetes.

Que no cunda el pánico

También atacan a nuestra microbiota intestinal, que cumple un importante papel en la salud metabólica. Es decir, nuestro cuerpo reacciona ante la presencia de estos compuestos y se genera una respuesta inmunológica que puede conllevar consecuencias muy negativas. La recomendación, por tanto, es evitarlos, pero ¿se puede?

«No hay que exagerar», pide Ruiz, «lo que hay que saber es a qué nos exponemos». Intentar vivir sin tener contacto con ninguno «es difícil», admite Soler. Vivimos rodeados de ellos, pero no debe cundir el pánico. «Podemos llevar a cabo una serie de recomendaciones para estar menos expuestos».

«Vivimos en un ambiente hostil pero ojo, lo natural también es hostil»

Antonio J. Ruiz Alcaraz

Profesor de Inmunología de la Universidad de Murcia e investigador del Grupo de Inmunidad Innata del IMIB,

Evitar el humo del tabaco activo y pasivo, disminuir el consumo de alimentos ultraprocesados y envasados, pedir el tique electrónico de las cosas... Son pequeños gestos. Por su parte, las administraciones «deben reducir los niveles de estos compuestos mediante políticas de prevención y protección de la salud», considera Soler.

– Visto así, es difícil no sentir cierto miedo...

– Estos compuestos puede aumentar el riesgo de padecer exceso de peso, pero son una pieza más del puzle de un fenómeno complejo –señala Soler.

– Vivimos en un ambiente hostil, pero ojo, lo natural también es hostil –precisa Ruiz.

Algunas de estas sustancias obesógenas son, además, necesarias para ciertos cometidos. El ejemplo lo encontramos en los parabenos, conservantes que evitan el desarrollo de microorganismos en nuestra cremas y geles. Si funcionan como un disruptor endocrino (es otro de los nombres que reciben estos compuestos), lo lógico sería no usarlo. Sin embargo, en determinadas cantidades, la afección que nos produce es segura, según los organismos encargados de analizarlos. «Como se dice popularmente, en la dosis está el veneno», calma el docente.

«Los fetos y los niños son más vulnerables a la exposición a sustancias tóxicas»

Raquel Soler

Lo que sí está claro es que hay etapas de nuestra vida en la que debemos estar más alerta y buscar otras opciones. Es el caso de las mujeres embarazadas y los niños. «Cuando hablamos de exposición a sustancias tóxicas ambientales, los fetos y los niños pequeños son más vulnerables», remarca Soler. La razón es que, entre otras cosas, «su sistema de detoxificación es más inmaduro o está en pleno desarrollo». En estos casos, no está de más extremar esos pequeños gestos.

El caso del aceite esencial de árbol de té

Los endocrinos llevan años alertando de que el uso continuado de forma tópica de algunos aceites esenciales, como el de árbol de té, supuestamente eficaz para evitar los piojos, tiene riesgos. Al parecer, algunos de sus componente son disruptores endocrinos. En Estados Unidos, hace cinco años, se dieron tres casos de niños de 4, 7 y 10 años a los que les crecieron las mamas. En cuanto dejaron de usarlo, volvieron a la normalidad.

Hace ya 14 años, un estudio planteó que los disruptores endocrinos de los aceites esenciales tienen dos compuestos químicos que imitan los estrógenos (hormonas femeninas) e inhiben la testosterona (hormona masculina). Investigaciones posteriores lo han confirmado, pero el asunto sigue aún en estudio.

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