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Pilar, tercera generación de Joyería Santiago; en el círculo, el escaparate del local. José Manuel García
Negocios de toda la vida

La joyería de Salamanca inaugurada en 1930 que puso sus pilares sobre una historia de amor

Con casi un siglo de vida, la Joyería Santiago ubicada en la Plaza Mayor sobrevive a una cuarta generación

Laura Linacero

Salamanca

Lunes, 27 de mayo 2024, 08:16

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El origen de una de las joyerías más antiguas de Salamanca va de la mano con una historia de amor que comenzó en 1913. Entonces, ni Santiago ni Pilar -los protagonistas de este romance- podrían imaginar cuando se conocieron que una cuarta generación seguiría relatando su historia entre oro y plata más de un siglo después. «Esta joyería tiene su origen en 1930 porque es cuando mi abuelo decidió trasladarse desde Béjar a la Plaza Mayor de Salamanca», comenta Pilar, nieta de aquel Santiago que dio nombre a la joyería.

A pesar de que es en ese año cuando se inaugura este negocio, el caldo de cultivo que dio vida a este sueño de Santiago comenzaba mucho antes. «Mi abuelo era viajante de joyería por Europa, pero conoce a mi abuela en Béjar y allí se asienta», explica Pilar. Convencido de querer permanecer con el que fuera el amor de su vida, montó en el municipio salmantino 'El Bazar Santiago' y formó una familia con tres hijos. Sin embargo, su mujer falleció, y decidió irse a la capital viudo con tres niños. «Él siempre había soñado con tener una joyería en la Plaza Mayor», comenta su nieta.

Eran años complicados tanto profesional como personalmente, sin embargo, él estaba decidido a perseguir su sueño. «Mi abuelo ya dominaba todo el sector porque había estado muchos años como viajante», añade Pilar. Una base que le facilitó de alguna manera meterse en el negocio. «Comenzó con oro, plata, artículos de regalo y plumas estilográficas que, en ese momento, era el gran avance de la escritura», explica. Sin embargo, a los pocos años de asentarse, la Guerra Civil sacudió al comercio y a la economía de Salamanca. «El periodo de posguerra fue muy complicado», asegura.

En esa época, la venta de joyas no pasaba por su mejor momento y tuvieron que dar la vuelta al negocio y ser ellos quienes compraban las joyas. «Mucha gente tenía necesidad de dinero y funcionaba la compra-venta de joyas. La gente necesitaba efectivo y las empeñaba», comenta Pilar. De hecho, muchas de esas joyas han pasado de generación en generación. «Nosotros a nivel personal hemos conservado alguna de esas piezas maravillosas y las hemos guardado», asegura. Santiago superó esos años de pobreza y se mantuvo al pie de cañón en la joyería: «Era su vida, como lo fue también para mi madre y ahora para mí y mi sobrino», apunta Pilar.

¿Resistir o desistir?

Ahora Joyerías Santiago sobrevive a una cuarta generación: Pilar, nieta del fundador; y David, sobrino de Pilar y bisnieto de Santiago. «Llegó un momento que mi hermano y yo, que cada uno había hecho una carrera universitaria, tuvimos que decidir cuando mi madre se jubilaba», explica. Difícil decisión: ¿Continuar su trayectoria profesional o apostar por el negocio familiar?: «Nos daba mucha pena cerrar parte de nuestra vida, nuestro esfuerzo y nuestra historia», asegura. Y así, los dos hermanos se decidieron por continuar el legado por el que su abuelo tanto había luchado.

Un legado que no sólo se cuenta por años -o ya décadas-, sino por las historias de los clientes. «Al final, formamos parte de las familias porque es aquí donde se compran la medalla de la comunión, la alianza al casarse, la joya que pasa de generación en generación», comenta Pilar. Y es que precisamente, ese valor sentimental es lo que le ha cultivado el éxito del sector, y en concreto, de esta joyería: «Tiene un valor eterno tanto personal como económico, podrá gustarte más o menos con el paso del tiempo, pero el valor siempre va a estar ahí», añade.

La filigrana charra, señal de identidad

Si algo ha definido a la Joyería Santiago ha sido la filigrana charra. «Nosotros siempre hemos dedicado en la joyería un apartado a este símbolo tan salmantino», comenta Pilar. Su abuelo ya lo comercializaba en los años 30 cuando inauguró la tienda y hoy en día, en el escaparate se puede ver la gran importancia que le dan a su seña de identidad. «Tanto en oro como en plata, somos de los pocos que siempre lo hemos tenido», asegura.

Con mayor o menor demanda, es un artículo que siempre tenía su lugar en este comercio. Gozó de un gran esplendor con el boom del turismo en los años sesenta donde los visitantes demandaban elementos típicos de la ciudad. En la actualidad, continúa siendo un emblema de Salamanca pero es además, un recuerdo que no entiende del paso del tiempo. «Vienen clientas con el anillo charro que compró aquí su abuela», comenta Pilar. Ese es, su valor incalculable.

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