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Cecilia, vecina de Palencia de Negrilla, se asoma para recoger su barra de pan. José Manuel García

El día a día de los 135 pueblos de Salamanca que sobreviven sin tienda

Más de 14.000 vecinos en la provincia no tienen ningún comercio al que acudir y recurren a los servicios de proximidad para hacerse con los bienes de primera necesidad

Laura Linacero

Salamanca

Jueves, 25 de enero 2024, 08:20

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«Con lo bien que se vive en los pueblos, y se mueren porque no hay servicios que atraigan población». Así resuena el lamento de Cayetana, alcaldesa de Negrilla de Palencia y vecina del municipio de toda la vida. Ella ha vivido la decadencia de esta localidad que, con 80 habitantes censados, no cuenta con ningún comercio abierto para atender sus necesidades. No hay panadería, no hay ultramarinos, ni pescadería, ni carnicería, tampoco hay bar ni ningún tipo de local físico, todo sus recursos son a través de servicios de proximidad.

Como este municipio hay en Salamanca otros 134 localidades que no cuentan con comercios, lo que se resume en 14.373 vecinos de la provincia que, en el mejor de los casos, esperan la llegada de una furgoneta que anuncia con pitidos su llegada para recoger una barra de pan o los productos de primera necesidad. Algo más favorecidos se encuentran el resto de localidades que sí cuentan con algún tipo de establecimiento, aunque en el caso de 105 municipios sea sólo 1 o 2. Este panorama deja a una provincia desatendida donde el 37% de los pueblos no cuenta con ningún local y el 29% sólo cuenta con un par de ellos.

Doble pitido de una furgoneta blanca y la puerta de un domicilio se abre, se despeja una cortina tupida y aparece Cecilia, que no tiene que preguntar quién es porque sabe que, como cada día sobre las 11:30 horas, es Sofía quien le trae el pan y todos los productos que necesita. Así es como funciona el aprovisionamiento en los municipios sin comercio, a través de servicios de proximidad. Aún más para las personas mayores que no tienen posibilidad de desplazarse. «Nos tenemos que concienciar que en los pueblos sigue viviendo gente que necesita unos servicios», comenta Sofía, la repartidora que a pesar de su juventud, reconoce que lleva toda la vida sirviendo a los pequeños pueblos.

Como si fuera un supermercado a domicilio, la nonagenaria le pide todo aquello que necesita. «Carne, pollo, fruta; estamos muy servidos de todo», explica. , ríe. Aunque a su edad es el único deseo que tiene y se siente afortunada por contar con esas prestaciones, es una gran testigo de la decadencia del municipio. «Antes era muy grande y ahora es muy chiquitín. Hace años tenía al menos algo de comercio», recuerda Cecilia.

La vitalidad empañada de los pequeños pueblos

La ley del «buscarse la vida» se ha asentado en estas poblaciones, mayormente envejecidas, donde el salirse de lo estrictamente necesario se ha convertido en un lujo e ir a la capital -en el caso de Negrilla de Palencia a menos de 20 kilómetros de Salamanca- todo un desafío. Tan sólo pasa un autobús para llegar a la ciudad, parte a las 9:00 horas y regresa a las 13:30. El tiempo justo para hacer una compra algo más grande y volver a una anhelada y preocupante tranquilidad. «Si hubiera más servicios, igual la gente sí que viviría aquí», comenta Cayetana.

Lo que no mejora, empeora; y aunque ha habido algunas llegadas de gente joven recientemente al municipio, los fallecimientos de los vecinos de toda la vida siguen pesando en la pirámide demográfica. «Somos como una familia, y cuando se muere alguien lo sientes muchísimo. En un mes se han muerto tres», comenta la alcaldesa. Esas bajas repercuten en el día a día de un pueblo donde cualquier falta se hace aún más evidente, sobre todo en los meses de invierno donde los pueblos sufren aún más las consecuencias de la falta de población.

«En el pueblo los niños juegan a lo que no juegan en la ciudad por estar con el móvil»

Distinto es el verano donde la magia de los pueblos inunda cada calle, las casas que yacen desocupadas los nueve meses restantes se abren y el golpeo del balón se convierte en una sintonía que, según los vecinos, ojalá fuera eterna. «Los niños se lo pasan pipa, ojalá esa sensación de los tres meses de verano tenerla todo el año», comenta Cayetana. Esa sensación consiste en que los vecinos más envejecidos vuelvan a la niñez rodeados de jóvenes que lo hacen posible. «Ves a abuelos dando la comba a los niños o sujetándoles el pañuelo para que jueguen; aquí los niños juegan a lo que no juegan en otros sitios por estar con el móvil», asegura Manoli, vecina del pueblo adyacente, Palencia de Negrilla.

Precisamente llegó hace nueve años al municipio buscando la tranquilidad que echaba en falta en Zamora después de 40 años allí asentada. A su marido le diagnosticaron una enfermedad y uno de las recomendaciones del médico fue esa paz de los pueblos. En Palencia de Negrilla tenía una casa y no se lo pensó dos veces. Hoy, tras casi una década en su pueblo natal, reconoce que fue la mejor decisión. «Para la gente mayor, el pueblo es tranquilidad y para los pequeños, alegría», concluye.

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